entados ya a la mesa, puso el servicio la cena, que entrando ya el calor del verano, cambiaba un poco y era más ligera. Desta forma, sirvieron a Marino en su plato un apetitoso gazpacho no muy espeso, e viendo el crío la color de la sopa, dijo:“Aquesto que ponéis, tío, no me gusta”.
“¿Qué cosas decís? – le dije - ¿Cuándo habéis probado el gazpacho que en esta casa se hace?”.
Y quedó el pequeño mirando el plato e percibiendo era sopa fría sin decir palabra alguna. E con esto, le dije con ternura:
“¿Qué cosa no os gusta del gazpacho? Tal vez lo notéis fuerte o prefiráis una sopa caliente, mas debéis comprender que con estas temperaturas que ya tenemos no es de razón comer sopas de ajo. Decid, ¿qué os disgusta deste plato?”.
“Su color – contestó con timidez –. Paréceme, e no quiero ser desatinado, algo que en vez de entrar por la boca, por ella sale”.
Rióse don Juan sonoramente e dijo entre dientes o como para sí: “¡Cosas veredes!”.
“Un favor os pido, uno sólo – le dije tomándole por la barbilla e mirándole a los sus ojos –, que ni tan siquiera favor me parece. Si esta sopa no habéis probado ¿cómo podéis decir que no es de vuestro gusto? ¿Acaso no hay otras cosas que se coman en Extremadura y que tengan la color poco… vistosa? Probadlo aunque sea con los ojos cerrados y luego me diréis cuánto más queréis se os sirva”.
Obediente, como siempre, tomó el pequeño la cuchara, mas intervino don Juan:
“Esperad, esperad, que aún no se han bendecido aquestos alimentos”.
E todos rezamos las oraciones; y en acabando éstas, tomó Marino la cuchara sin que nada se le dijese y, llenándola sólo un poco de su plato, probó el gazpacho.
“¡Tío Marino! – dijo entonces - ¿Cómo está hecha esta sopa? Pues es deliciosa de comer y refresca”.
“Otro día – le respondí – os enseñará la cocinera la receta por si vos mesmo queréis hacerla; pues es muy fácil. Y la color es del tomate, no tengáis cuidado”.
“Así es – dijo desatinado don Marcos –, que si negruzca fuera, yo no la comería”.
Y por cambiar el tema e viendo la premura con que los días pasaban, propuse viajar a Grazalema al día siguiente dejando de descanso al niño en sus estudios e por ver cómo manteníanse ciertos lugares y, al oír esto y con la boca casi llena de gazpacho, dijo Marino:
“¡Oh, tío, llevadme allí que vea ese lugar que decís es tan bello!”
“La escalera al Cielo – comentó don Juan sin alzar la vista de su plato –, dice don Manuel, el joyero. En algo ha de tener razón, pues el corazón llena de gozo subir por aquella serpenteante carretera hasta la fuente, y luego, pasando el llamado Puerto Chico, la vista de la villa asombra aún a sus propios habitantes”.
“Sea pues así – espeté - y sea también un nuevo regalo para Marino por su bautismo renovado”.
Y estos planes quedaron pendientes para después de la misa matutina.
En Ronda y a veinte y cinco del año de dos mil e seis.


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