23 mayo, 2006

De la casa con problemas nocturnos

cercóse por la mañana don Marcos e pidióme hablásemos en lugar apartado. Así, pidiendo excusas a Su Ilustrísima y a Marino, subimos a la estancia e vi cerraba con sumo cuidado la puerta. Ya sentados a la mesa que queda más cercana a la ventana, me miró con preocupación e dijo:

“Nadie comenta en esta casa las cosas que pasan, sino que ha sido una mujer del servicio la que me ha dicho que Marino ha tenido… una micción nocturna”.

“Sé a qué os referís y supongo que el propio niño, por vergüenza, tal cosa no va a citar”.

“Así lo creo yo – respondió don Marcos – mas, aunque de ciencias no soy, sé que estas cosas suceden por algún motivo; y ese motivo ha de ser sabido por poner remedio”.

“No os preocupéis – le dije – de esto he de saber y también el motivo y el remedio se pondrá aunque necesitemos del ayuda de un físico”.

Quedóse don Marcos pensativo e con la vista en la mesa y, pasada una pieza, dijo:

“Pensar no quiero que el niño tenga miedo de dormir solo, pues no paréceme apropiado duerma con nosotros en la misma cama, sino que la suya propia tenga y en su propia estancia”.

“Muy lejos lleváis esto – repuse –. No le deis tanta importancia a lo que no la tiene, que esta misma mañana he de saber lo ocurrido y poner el remedio, pues si avanzado es el niño para otras cosas, para estas también ha de serlo. Algo especial habrále ocurrido sin importancia. Todo se remediará; y no penséis en tener que dormir con el niño todos los días, pues cosa así no puedo permitir”.

Hablado esto, volvimos al salón e pedí a don Juan me concediese unos minutos con el pequeño, y éste, ya sabía de qué cosa íbamos a tratar. Salimos de espacio al patio pequeño, donde entraba ya el sol del medio día y, observando las flores, le dije:

“Un pajarito me ha dicho que os habéis hecho pis en la cama. Sabed que ni es cosa que me asuste ni importancia le doy ni por ello voy a reñiros, mas, ¿sabéis vos por qué os pasado esto?”.

Con la cabeza muy baja y casi en llantos, respondió:

“Sí, capitán. Sé muy bien debería haberos dicho algo mas tal vez penséis que estoy loco”.

“¿Loco, decís? – pregunté sin dar importancia al asunto - ¿De qué cosa habláis? ¡Acaso será la primera vez que oigo que alguien se hace pis en la cama! Por Dios, Marino, digamos que ha sido esto un accidente, pero prometedme comentármelo en secreto si os vuelve a ocurrir y, si algún problema tenéis que os impida aguantar, con claridad me lo decís, que yo lo he de remediar”.

Y levantando su vista levemente, dijo a media voz:

“Un problema hay, capitán”.

“¿Qué decís? – pregunté al punto - ¿Sabéis entonces el motivo deste pequeño accidente?”.

“Puede que el accidente sea pequeño – dijo – mas no así me lo parece lo que lo produce”.

“Decidme pues cuál es el motivo – apunté - y pondremos el remedio ¿Qué os parece?”.

Y tras unos momentos de duda, abrazóse a mí con ternura e dijo estas palabras:

“Mi habitación no tiene baño e quise salir a orinar sin poder aguantar más las ganas, pero, en la obscuridad del pasillo, vi andaba un fantasma que vestía como vos e volví corriendo a la cama”.

Perdí la respiración en un momento y por no darle importancia a lo oído, le dije:

“Bajo vuestra cama tenéis un orinal; no tenéis por qué salir e imaginar esas cosas. Usadlo”.

“Os aseguro, tío – respondió sollozando – que no lo he imaginado y lo he visto andando por los pasillos y cubierto de luz blanca”.

En Ronda y a veinte y tres de mayo del año de dos mil e seis.

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