asados muchos días en el parador disfrutando de la bellísima ciudad de Plasencia con el pequeño Marino, paseando a diario, dejándole jugar cuantas horas le apetecía con sus amigos, jamás negándole cosa alguna que pidiese e pudiese ser dada e introduciéndolo poco a poco en nuestras creencias cristianas, apareció un día un inspector que preguntó por mí, e desta forma, vi conveniente bajar a una sala a recibillo como creí se merecía.Sentados ya en sendos cómodos sillones y sin prólogo alguno, insinuó estaba el niño con dos hombres adultos y que tal cosa no le parecía «conveniente». Así pues, levantéme de mi asiento al instante e, mirándole desde arriba con gravedad le dije estas palabras:
“Es el niño el que quiere mi compañía; y si así es, por la Caridad cristiana que profeso, jamás he de negársela, mas si acaso pensáis que no es adecuada tal situación, exijo ahora que antes del anochecer se le dé el asilo digno y en el plazo más breve posible, se le busque matrimonio de hombre y mujer que sean como su padre y madre, en un plazo breve y padre e madre, repito, pues con estas leyes nuevas de falsos matrimonios entre hombres y «parejas de hecho», no comulgo. Exijo así, que desde este mismo instante, se haga cargo vuesa merced, o quien fuere necesario, de esta criatura. Mas sabed, señor inspector, que si a mis oídos llega que una sola cosa le falta, seréis denunciado por mí mesmo por faltar al compromiso que os exijo y por insinuar cosas tales que en otros tiempos hubiese solucionado yo mesmo desenvainando mi espada”.
Ninguna palabra dio por respuesta, sino que hizo un gesto con la mano e aparecieron dos guardias que me pidieron les acompañara a mi habitación. Esto hice con sumo placer y, llegados que fuimos a la estancia, abrió la puerta don Marcos, despertaron al pequeño de su descanso y lo llevaron con ellos tras hacerme firmar un documento.
Muchos días han pasado y del pequeño nada sé, sino que “se encuentra bien”.
En Ronda y a doce de mayo del año de dos mil e seis.


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