razóse un plan para bajar a buscar por la tarde el sello. Conoce don Juan a dos señores que, dedicándose a buscar objetos antiguos, han dos artefactos a los que llaman «detectores de metales» e son éstos como zapas, e tapándose los oídos con sendos cascos pequeños decían podrían encontrar cualquier metal enterrado. Así, les aclaré que no habría que buscar bajo la tierra, sino bajo unas piedras.Tomado el coche, hicimos un corto viaje hasta el sitio que me fue indicado y era difícil el acceso. Por los alrededores los vi rozar las palas de las zapas balanceándose a un lado e a otro, mas al poco, díjele a don Juan:
“Paréceme no han entendido estos señores lo que les he dicho, pues veo que pasan esas palas por el terreno e por las piedras deberían buscar”.
“Deje vuesa merced – comentó Su Ilustrísima - hagan lo que crean apropiado, aunque en lo que decís tenéis razón; mas no sé yo si estos artilugios encuentran metales bajo grandes rocas. Esperemos busquen primero por las partes llanas y ya veremos los resultados”.
Pasaron así más de una hora buscando algo por debajo de la tierra y no encontrando más que piezas sin valor alguno y, preguntando uno dellos qué deberíamos hacer, manifesté:
“Buscaría yo muy cerca y alrededor de las piedras, pues no sé si podría hacerse por encima dellas. Si mal no os parece, buscad primero junto a las piedras más altas e luego id bajando a estas otras. No olvidéis, es la pieza de oro puro y de gran tamaño”.
Así, volvieron a la búsqueda y en ello estuvieron otra hora. Hablaba yo con don Marcos de la necesidad de encontrar aquello por evitar apariciones y porque pudiere ser algo de interés para nuestros menesteres, cuando oí la llamada a gritos de uno dellos:
“¡Algo parece debe haber aquí!, mas debe haber sido enterrado con sumo cuidado e pericia o lleva en este lugar mucho tiempo y el agua lo ha ido cubriendo bajo esta roca”.
“¡Buscad ahí! – le grité –. Paréceme habéis dado con algo que bien pudiere ser lo buscado”.
Y acercándome a él dióme algunas razones, pues para sacar aquella pieza habría de traerse a algún obrero que descubriese el terreno. Al oír esto, envió don Juan a llamar a un hombre de campo que conocía e que tenía las herramientas apropiadas.
Dentro de media hora, apareció un señor de nombre Nemesio, de baja estatura, sencillo y siempre sonriente. Saludónos a todos al llegar e, hablando luego con el hombre de la zapa, comenzó a cavar muy a priesa mas con sumo cuidado. Fuese descubriendo la parte más alta de la roca y, bajo esta, observábase estaba dividida en dos partes dejando una grieta de más de tres dedos de ancho y que también estaba llena de tierra. Tomó luego un pequeño pico y fue retirando, ya casi al anochecer, la tierra que llenaba tal grieta. Al cabo, con algo duro topó e, haciéndonos gesto de no movernos, avisó al buscador de metales. Y pasando la pala por el lugar indicado, miróme con asombro y dijo a Nemesio cavase de espacio un poco más. Desta forma, y ante los ojos atónitos e incrédulos de los que miraban, apareció una pieza brillante amarilla.
En Ronda y a veinte y cinco de mayo del año de dos mil e seis.


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