02 mayo, 2006

De conversación con Marino y la visita que por sorpresa llegó

e la estancia salieron al punto todos y, al llegar a la puerta, volvióse don Marcos a mirarnos y en su cara se reflejaba claramente la tristeza cual en espejo. Sentados ya ambos a una pequeña mesa, pasó sobre nosotros un manto de silencio mientras nuestros ojos se clavaban unos en otros; los suyos con la felicidad del tenerme a su lado; y los míos, por la inquietud de lo que fuere a pasarle de seguido, pues las leyes en estos asuntos son rígidas ahora. Y rompiendo el silencio, le dije:

“¿Veis ese grande espejo que en la pared se halla? Pues en él no veis sino una ilusión, pues interior no tiene y lo que veis dentro, no es más que una copia de lo que hay fuera. No podéis cambiar, Marino, lo que en él se ve, si no cambiáis lo que aquí hay. Así pues, sois vos ahora como ese espejo, mas si no decís lo que dentro hay, nada claro se verá. Y eso que se verá cuando habléis será la realidad. Depositad en mí vuestra confianza y reflejad vuestro interior, que si no es así, de nada os ha de servir mi ayuda”.

“Eso que decís entiendo, tío Marino – respondió el muchacho –, pues hay dentro de mi cabeza mucha imagen y mucho sufrimiento; mas no quiero sufráis vos también lo por mí sufrido, sino que mi vida venidera a vuestro lado esté y seáis vos quien me cuide, que en eso duda alguna tengo lo haréis bien. A mi llamada habéis acudido presto y desde muy lejos y, según sé, a salvarme habéis venido. Vasallo y servidor de vuestra Casa soy tal como os dije y mi palabra quisiera cumplir”.

Viendo dificultoso arrancar de aquella cabecita (más sabia que otra cosa) dato alguno y, sabiendo éramos escuchados, le dije al pequeño Marino estas palabras:

“Con vos estoy, vasallo e sobrino. Decid pues lo que necesario creáis tenga que oíros, que, si en vuestra voluntad está, he de transmitirlo también a la guardia y Su Majestad el Rey don Juan Carlos, pues hasta lo más alto han de llegar vuestros deseos e propósitos, si ello os place y deseáis así sea hecho”.

Levantando con seguridad su rostro y mirando (no sé por qué motivo) al gran espejo que en la pared se encontraba, dijo con firme manifestación:

“Nadie me toque; nadie me vigile; nadie ose oír tras las paredes lo que yo no quiero sea oído y todos escuchen ahora lo que decir tengo, pues ha de ser mi tío don Marino, el Capitán Alacaída y González Cabeza de Vaca aquí presente, mi tutor de por vida, que después de salvar o enmendar otras muchas, esto hará con la mía, e si así no fuere, cuando hombre sea, los que detrás de los reflejos escuchan, habrán de sentir la humillación de quien pide lo razonable”.

Tal respuesta, por Dios Nuestro Señor, no esperaba de criatura tan joven y, al punto, abrióse lentamente la puerta y tras ella apareció don Fernando, mi sobrino, que de Madrid llegó con urgencia.

En Cáceres y a veinte y seis de abril del año de dos mil e seis.

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