20 mayo, 2006

De cómo llegaron los artilugios e de lo que fui aprehendiendo

alía alguien del servicio a abrir la puerta por el jardincillo donde observaba yo los rosales que sembrara don Miguel de Mañara, que comenzaban ya a florecer, cuando apareció en la puerta un joven sirviente muy gallardo que traía grandes cajones. Asombrada la sirvienta de la casa, acerquéme por saber qué cosa era aquella e dije al joven:

“Sin duda erráis, que tal cosa aquí no debéis entregar. Acaso sea en otra casapuerta”.

“Perdonad, señor – respondió con agrado – mas es sin duda esta la casa, que no hay otra en este callejón donde viva un obispo que todos conocemos”.

“Sea pues así – respondíle – que no sabía que don Juan esperase tal mercancía”.

“A nombre de Su Ilustrísima no vienen estos bultos, sino que ha de recebillos en persona don Marino García y González Cabeza de Vaca, si es posible, o cualquiera otro en su poder”.

Y en oyendo esto y en viendo la pila de cajones que allí esperaban, volvíme hacia la casa e a gritos llamé al niño:

“¡Marino, Marino, venid; que ha llegado un barco cargado con vuestras máquinas!”.

E al punto apareció como si detrás de la puerta esperase y, acercándose al joven sirviente, le dijo aquestas palabras:

“¿Viene todo? ¿«El escáner, la impresora, el módem, la webcam, los cables»…? (estas palabras me transcribió más tarde). Ponedlo aquí a este lado que hay escaleras y ya lo subiré yo a mi estancia e lo instalaré en el lugar adecuado”.

“No, señor – respondió el sirviente –, que a estos menesteres tengo costumbre y, por estar obligado, yo mesmo he de hacerlo. Firmad aquí la entrega, si no os es molestia, y sentaos mientras os lo dejo en funcionamiento”.

Acercóse el pequeño al sirviente e, tomando la pluma, estampó allí una rúbrica de abogado. Pasó luego el joven las cajas al interior de la casa y, por vigilar que todo se hiciera correctamente, sentéme a observar en la estancia de Marino.

“«Conexión a Internet» necesitáis, señor – aclaró el sirviente –. Una «línea de teléfono» habréis de contratar”.

“¿Qué cosa es esa? – pregunté - ¿Falta acaso algo de lo pedido?”.

“No es aqueso, tío Marino – dijo el pequeño – sino algo más que hay que poner; eso con lo que escribís vuestro diario”.

“Decid a don Marcos – repuse – que otra cualquiera cosa que fuere necesaria, sea comprada, contratada o puesta, que no ha de faltaros nada; así os lo dije”.

“Perdonad, señor, que os interrumpa – aclaró el sirviente – mas si ya vos escribís un diario en «Internet» más fácil e pronta será la conexión instalando un «router»”.

E no entendiendo de esto más que lo que luego aclaróme Marino, le dije seguro:

“Sin duda el niño os dirá lo que necesita y si hubiere que hacer algún otro pago, a mí me lo decís. Nada debe faltar”.

En Ronda y a veinte de mayo del año de dos mil e seis.

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