sí pues, cayendo ya la tarde de este día tan largo, salieron de la sala todos y a solas otra vez con el pequeño Marino me dejaron. E hubimos larga plática e le vi era feliz, mas pasados algunos minutos, volvió a entrar el inspector con una de aquellas señoras y se llevó ésta al pequeño en contra de su voluntad; e aconsejéle yo con ella fuese.Sentóse el inspector junto a mí e dijo muchas palabras de leyes que no entendí con claridad, sino que terminada su larga perorata, dijo estaría el niño conmigo, bajo mi responsabilidad, en los días siguientes y si a tal tarea yo accedía, que don Fernando en ello me avalaba. Con esto, prometíle vestirle decentemente, darle asilo y comida como pocos tienen y notificar su estado cada día como se me pidió; e desta forma dije estaríamos en el parador de Plasencia por si fuere menester.
“¿En Plasencia? – preguntó el inspector –. ¿Acaso pensáis llevar allí otra vez a este crío?”.
“En el parador ha de estar y a todo lujo – respondíle – e con buena compaña, pues conmigo viene de Sevilla el abogado don Marcos para solucionar estos entuertos. Así, si quisiere ver a sus amigos e con ellos jugar un rato, desto estaré al tanto, que no creo su madre ande mucho por las calles estos días”.
“Poco va andar – contestó – e bien decís, que aquí mesmo está en la cárcel de mujeres por este y otros delitos que narraros no me está permitido”.
“Más seguro estará allí – le razoné – algo alejado de su madre y bien controlado por vuesas mercedes, que el lugar de su estancia ya saben y quiénes le acompañan”.
Poco más se habló, sino que poniéndose en pie y golpeando el canto de los papeles con la mesa por ponerlos parejos, invitóme a salir con él con harta amabilidad.
Así, hicimos viaje de vuelta a Plasencia e pidióse cama para el niño (que es llamada «suplemento») en la mesma habitación.
Entrada ya la noche y a punto de entrar en los sueños, sentimos la cama moverse como si hubiese un sismo, e mirando yo a Marcos y él a mí, encontramos al pequeño entre ambos metiéndose en nuestra cama y, viendo el pequeño mi extrañeza en la penumbra, me dijo:
“Os dije que quería estar con vos, tío Marino”.
En Plasencia y a veinte y seis de abril del año de dos mil e seis.


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