02 mayo, 2006

De cómo cada uno por su lado partió

etiró la guardia a Nicolasa tras obligarla a ponerse prendas que tapasen sus pudores, o los nuestros, según se entienda, que pudor daba ver a aquella mujer con tan poca cosa puesta encima que no fuese por el cigarrillo y, quitando la mugrienta bata, diríase iba con lo sucinto para seguir viva.

Llevado fue el pequeño a unas dependencias que para menores había al efecto en Cáceres y, allí, junto a don Marcos y otras guardias, fuimos nosotros por saber qué cosas le habían pasado; mas antes de partir la comitiva, pedí se me llevara a hacer visita a Isabel, la señora de la cocina del mesón que nos dio la pista para dar con este despropósito. Y miles gracias nos proveyó, y tantas fueron, que hubimos de dejarla en la mesma puerta del mesón haciéndonos reverencias. “¡Mi niño! ¡Mi pobre criatura al fin salvo! – decía -; ¡Dios Todopoderoso ha de pagaros tal merced concedida, pues más me dolía su llanto que el mío propio! ”.

Desta forma, llegamos a un lugar apartado de la ciudad que parecía mezcla de cuerpo de guardia y de colegio de párvulos. Así, en una habitación llena de dibujos infantiles y de juguetes colgados, aparecieron dos señoras y dos señores que saludaron al niño con harta ternura y, tras hablar con él de otras muchas cosas, comenzaron a preguntarle (con grande disimulo) qué cosas le habían pasado; mas no estaba Marino por abrir su boca y, viendo las incesantes cuestiones que le planteaban, levantóse de su asiento e vino a mí con presteza diciendo:

“Nada he de hablar con nadie, sino con mi tío Marino, que prometió a Sevilla llevarme y tenerme grande sorpresa”.

Confusos aquellos señores (y más las señoras si cabe), creyeron era yo hermano de su padre, mas no queriendo hablar tales temas ante el pequeño, les dije:

“A salvo está ya este niño de lo que le amenazaba. Mejor sería hablásemos con él las cosas que con los niños se hablan y, aparte, las cosas que los mayores hablamos”.

Así, una de las señoras que preguntaba, miróme con un tanto de asombro y, dirigiéndose después al pequeño, le dijo:

“¿De cosa alguna os apetece hablar, pequeño? Todos estamos aquí para ayudarte y para que nunca jamás vuelva a ocurrirte cosa que no desees”.

“Con mi tío Marino – respondió el crío ya sosegado – es con quien hablar quisiera si vuesas mercedes permiso me concedieran, que nadie más que él sabe lo que quiero”.

Y a respuesta tan segura y tan bien manifestada, concedióse permiso para que hubiéramos unas pláticas solos entrambos, mas advirtióseme todo sería oído por ellos desde otra estancia. Y a tal cosa asentí e así se fizo.

En Cáceres y a veinte y seis de abril del año de dos mil e seis.

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