30 mayo, 2006

De la corta estancia en Sevilla y la vuelta a Ronda (y 2)

alíamos ya de Sevilla, a medio día, cuando recordé que quedóse atrás, en casa, el muñeco de Marino, mas aconsejóme Ildefonso no dar la vuelta por recogerlo e llegar a buena hora a Ronda. Así, seguimos el camino (al que ya me iba acostumbrando a recorrer a tales velocidades) e hicimos alto en la venta que llaman de El Tikutín, que a Algodonales pertenece e frente a Zahara de la Sierra se halla y donde amistades tengo, aunque sobre ellas he visto pasar inexorables los años. Fue la parada por haber un corto descanso e tomar algo que nos refrescase, que estando el día poco caluroso, calores siento ahora en vez de vértigos.

Seguimos luego hacia nuestro destino e, tomando el móvil, di aviso a Marcos de que a medio camino nos hallábamos e oí a Marino gritar del contento y a don Juan dar órdenes de preparar las cosas.

Pasado el lugar que llaman El Hondón – más allá de Montejaque – pedí a Ildefonso hiciese otra parada por tomar aire fresco e moverme un poco sobre mis propias piernas, que es llamado estirar las piernas, e un poco más tarde llegamos aunque con holgura para el almuerzo.

Salieron todos a recebirnos a la esquina del callejón, e aunque insistimos, no quiso Ildefonso quedarse a comer en casa, pues también él tiene la suya e de descanso andaba mermado. Fueron los saludos en la calle un tanto serios e salió el servicio a recoger los bultos que traía. E luego desto, entramos en la casa donde se notaba el fresco sano de la Serranía. E allí sí hubo fiesta, que hasta don Juan besóme e todos hablaban al mesmo tiempo e a todos quería yo atender.

Fueron mis primeras palabras el saludo que traía de Su Eminentísima el Cardenal para don Juan, e luego, empujando con fuerzas a mis otros compañeros, dejélos caer sobre el grande asiento que en el salón se halla y allí les prometí contarles cosas del viaje e de lo visto en Sevilla.

Con más sosiego desde la llegada, hubimos muchas pláticas e, acercándose la hora del yantar, el propio don Juan nos dio aviso. Con esto, tomóme Marino por el cuello con sus brazos e díjome quedo:

“Una sorpresa os guardo. No decid nada agora e luego ya todos la sabrán”.

“Así ha de ser si lo pedís – le contesté – que ya sabéis que guardo bien los secretos”.

Y ya sentados a la mesa, bendijo Su Ilustrísima los alimentos y, abriendo la sopera que en el centro se hallaba, dijo Cristina:

“He aquí una sorpresa que os espera, capitán, pues este gazpacho lo ha hecho vuestro ahijado Marino para vos”.

En Ronda y a treinta de mayo del año de dos mil e seis.

De la corta estancia en Sevilla y la vuelta a Ronda (1)

ormía solo y entre un gran silencio, cuando comenzaron a llenarse los aires de los sonidos de las campanas de la Giralda, que ya muy de temprano, daban aviso de la festividad del patrón San Fernando, conquistador de Sevilla e cuya muerte en los Reales Alcázares de la ciudad, el treinta de mayo del año de mil dos cientos e cincuenta y dos, celébrase todos los años.

Aprovechando que vendría don Ildefonso a recogerme a hora más tardía, dí un pequeño paseo hasta la Magna Catedrad, que a pocos metros de mi casa se halla. Acudía ya la gente bajando por la calle Placentínes, para ver el cuerpo incorrupto del santo, que desde las ocho y media puede venerarse. Llegando a tiempo al templo, acérqueme a saludar a Su Eminencia el Cardenal don Carlos Amigo, que recibióme con grande amabilidad y estrechó mis manos, mas, viendo yo no húbome conocido vestido de aquella guisa, le dije:

“Eminentísimo Cardenal, bien paréceme que, aún habiendo sido tan amable conmigo, no os habéis apercibido de quien soy”.

Y, aunque vallisoletano, con la gracia de Sevilla, acercó su rostro al mío por reconocerme, e descubriendo quién era, dijo entre risas:

“¡Capitán, Dios os guarde, que por perdido os daba ya del tanto tiempo que no nos vemos! E con estas ropas nunca os esperaba ver. Decidme ¿sabéis de Su Ilustrísima? Pues pronto he hablar con él, que alguna misión le tengo”.

“Más de lo que pensáis sé ahora dél – respondí -, que en Ronda vivo por un tiempo y en su casa como huésped, e ¡no sabéis lo bien que se halla!”.

“Alégrame oír tal cosa – aclaró – e si es así lo que decís de que a diario lo veis, dadle recuerdos míos personales e decidle que habremos de vernos muy pronto”.

Y así hablamos – casi a gritos por el estruendo de las campanas – hasta pasar a la Capilla Real. E abrióse la tapa de la magnífica urna barroca que regaló Su Majestad don Felipe V en el año de mil e setecientos e veinte y nueve, conservándose el ataúd original en la cripta.

Luego, a la hora establecida, concelebróse misa solemne por Su Eminentísisma el Cardenal e por los Canónigos Capellanes Reales. Y antes de la procesión que por el interior del templo celebróse, bajé con don Carlos Amigo a la cripta a hacer una visita e seguimos en pláticas muy interesantes.

Siendo ya que era la hora pasada en la que había cita con Ildefonso, despedíme con gran cariño de hombre de tal simpatía e acogimiento e fuime en paseo de espacio por la calle Alemanes, e subiendo luego por la estrecha calle de Placentines, tomé por Argote de Molina hasta la puerta del apeadero de mi casa. E allí estaba ya el coche esperándome y don Ildefonso desayunado alguna cosa y en pláticas muy divertidas con Chuti.

En Sevilla y a treinta de mayo del año de dos mil e seis.

Epitafio en la lápida del primitivo sepulcro de San Fernando:

29 mayo, 2006

Del mensaje del capitán

Tal cual he recibido el texto que hoy debía publicarse en el diario del capitán, lo he copiado y lo he publicado como se me ha dicho.
D. Marcos Ruiz y Pareja

o es el viaje de Ronda a Madrid, esto es cierto, cual lo era antaño, que varias jornadas de cansancio se vivían y eran muy duras. Mas es ahora el viaje precipitado y, aunque corto, obliga luego – el mesmo día – a llevar a cabo los menesteres que a uno lo traen a la capital.

Don Ildefonso, a Santa Justa de Sevilla llevóme e luego acompañóme hasta que emprendí el viaje; e llegado a Madrid, que no me espanta la Estación de Atocha ni la ciudad como hace pocos meses, un ¡taxi! destos tomé e a la dirección escrita acudí.

Hasta tres horas (e sin almuerzo) hube de esperar a ser recebido, que cosa tal, según entiendo, de poca formalidad me parece, pues tras la espera, se me comunicó la prohibición de andar por las calles “a mi antojo” e con armas; e “amablemente” se me dijo me adaptase a los tiempos que agora corren so pena de castigo. Estas son las libertades que agora vivimos.

Salido del lugar de la cita, tomé otro ¡taxi! hasta Atocha, pues a ningún otro sitio quería ir, que sabiendo había pendiente una recepción con Don Juan Carlos e no habiendo sido avisado siquiera de su cancelación, mejor preferí volver cuanto antes a la hospitalaria tierra que todavía es el Andalucía. Con mi gente prefiero estar, aún vestido con ropas modernas e sin mis armas, que entre infames e mentirosos.

Un sitio apartado de la gente pedí en el «ave», si ello fuese posible, e se me aconsejó viajara en «Clase Club», que de clase poco tiene y de club nada. Dormí casi todo el tiempo de la vuelta e tomé otro coche hasta mi casa de la Calle Estrella en Sevilla.

Allí di órdenes también de guardar en esas bolsas sin aire toda mi ropa, e me fue preparada la otra moderna que compróse en los viajes anteriores.

Mañana, sin falta y a primera hora, volveré con mis más entrañables compañeros.

En Sevilla y a veinte y nueve de mayo del año de dos mil e seis.

28 mayo, 2006

De la despedida primera de Marino

legó la noche e subimos a nuestras estancias e, desaparecidos los temores y hecha la mudanza de un dormitorio a otro, fui a dar gracias con Marino junto a su cama. Y ya preparado para el descanso, así le dije:

“Un hombrecito sois ya; y con vuestros tíos Marcos e Juan, el cura, estaréis sólo dos días, que siempre habréis de tenerme a vuestro lado”.

E resté luego quedo pensando en algunas palabras de gran parecido que un día dije a Su Ilustrísima siendo un niño como este, hasta que dijo Marino:

“¿No es posible vaya yo con vos a Madrid mañana? Me gustaría hacer ese viaje e sentir la velocidad del «ave», e acompañaros a donde vayáis. Os esperaría, si fuere necesario, en algún jardín o en casa de don Fernando. ¿Por qué no me dejáis acompañaros?”.

Y tras una pieza de meditación, respondíle:

“Tampoco tío Marcos, que nunca de mí se ha separado, podría venir, pues este asunto he de resolver yo solo, que así ocurre algunas veces cuando uno ya es un adulto. No se puede ir siempre con alguna compañía e mañana es uno de esos días en que he de acudir solo a cierta visita; y en las calles del Madrid de agora no os dejaría esperando un instante, que es ciudad peligrosa. Dormid agora, disfrutad estos días, tomad vuestras liciones e jugad con vuestros nuevos amigos, que pronto papá estará de vuelta con quienes quiere estar”.

“Así he de hacerlo – respondió obediente - pues así me lo pedís; mas quisiera supierais que no quedo aquí con gran contento”.

Y despidiéndome dél, apagué las luces e abrí la puerta; y volviéndome luego hacia él, le dije a media voz:

“No olvidéis que Cristina os enseñará cómo hacer el gazpacho. Uno hecho por vos mesmo quiero catar en volviendo. Descansad”.

En Ronda y a veinte y ocho de mayo del año de dos mil e seis.

De la importancia de un uniforme

entados estábamos en el salón y escuchaban don Marcos e don Juan cuanto tenían que saber de lo que estaba ocurriendo, cuando entró corriendo Marino diciendo:

“¡Papá, papá! Tengo amigos que me esperan en la calle para ir a jugar a la plaza ¿Me dais vuestro permiso?”.

“¿Qué es esto de llamar papá al capitán aunque vuestro padrino sea? – preguntó don Juan reprimiéndole – Ciertas distancias e cierto respeto le debéis”.

Así, quedó el pequeño suspenso e mirábame confuso e miraba luego a su tío Marcos, e dije a Su Ilustrísima:

“Esta confusión habéis de perdonarme, pues yo mesmo permiso le he dado para que me llame como quiera, que no me parece de razón obligarle a decirme lo que no siente”.

“Falta de respeto me parece – dijo don Juan – mas no soy yo el que ha de decidir tales cosas. Si os place os llame padre (papá, dijo el pequeño)… o papá, será que tanto vos como Dios Nuestro Señor así lo deseáis. Mirando esto de otra forma, tampoco creo sea poco respetuoso, que peor me suena os diga tío, pues úsase ahora esa palabra en otra forma”.

Acercóse entonces Marino a mí e me dijo quedo si podía salir a jugar y, pensando yo en que ningún niño encerrado aprende buenas cosas, tomé un pellizco en su nariz e le dije:

“Cuantos más amigos tengáis, más cosas aprenderéis y no he deciros que habéis de tener cuidado con lo que hacéis y con los coches que cruzan por las calles, pues aunque os lo diga, vos mesmo habéis de aprenderlo. Respetad a las personas como a mí mesmo, e con tal cosa que hagáis, quedaré conforme”.

“Eso haré – contestó con gran contento –. No tened cuidado, que he de respetar como decís a las personas”.

Díjele luego no estuviese más de una hora, e así, fuése corriendo.

“Mas me preocupa ahora – proseguí - que estos cambios afecten a los que me acompañan, pues mi vida ha sido larga e nadie me asegura si aún lo será más”.

“Demasiada importancia - dijo don Marcos – dais a lo que ahora cambia. Disfrutaría yo de lo que habéis a vuestro en derredor y dejaría que las cosas viniesen”.

En esto estábamos, cuando entró Cristina a tomar algunas cosas del aparador, e viendo las caras allí reunidas, dirigióse a mí en diciendo:
“Tal vez no sea atinado que yo os dé un consejo, mas paréceme que esta novedad no ha de durar mucho, capitán, e yo mesma pondría vuestras ropas en unas bolsas a las que se les saca el aire e así se mantienen como intactas. Además, es opinión mía que no quiero toméis a mal, ¡bien gallardo se os ve con estas ropas modernas! Dejar la espada en espera un tiempo tampoco me parece un problema. Ya veréis como volverán a cambiar las cosas”.

“Agradecido os quedo por lo dicho – manifesté – que a veces ve la mujer cosas que hombre alguno vería. Haced eso que decís de las bolsas sin aire e dejad que yo ponga a buen recaudo mis armas, que en esto, prefiero poner yo la mano”.

Resté luego mudo, como Cristina, mirando al suelo e con gesto grave e, viéndome así, manifestó don Juan:

“¿No sé yo qué importancia le dais a un uniforme? Que no es más que eso, capitán”.

Y levantando con respeto la vista a los ojos de Su Ilustrísima, le contesté:

“La misma que vos dais al vuestro, padre. Ojalá no nunca llegue el día en el que os lo prohiban”.

En Ronda y a veinte y ocho de mayo del año dos mil e seis.

De mi nuevo nombre

legó la noche y acabáronse los festejos y, ya sentados en el salón, hablábamos cosas sobre el viaje a Grazalema. Así, casi en sueños, preguntó Marino:

“Tío – miró a don Juan e volvió a mirarme otra vez –. Padrino, ¿tardaremos mucho en volver a aquellos sitios tan bonitos? Algún remedio debe haber ahora para ponerse de forma que no piquen los coquitos”.

“Sin duda – le dije – debe haber remedios destos, que también con poco esfuerzo se espantan los mosquitos en la noche”.

Y viendo Marcos la mirada feliz de Marino, dijo estas palabras que dejaron un tanto confuso a don Juan:

“Con nosotros habréis de dormir esta noche, que mucho hemos vivido y mucho hay que comentar hasta que el sueño nos venza, pues pasado el día de mañana, cambiarán un poco las cosas”.

“Dejad los cambios para otros momentos – repuse -, que no es de razón, en día de tal felicidad, hablar dellos”.

E poco después, subimos al dormitorio y, entre bromas e risas, nos preparamos para el descanso. Quedóse el pequeño con nosotros tal como comentó Marcos y, hablando de lo tanto vivido, dijo el pequeño:

“Tío, ¿tengo que llamaros padrino como dice don Juan? Larga me parece la palabra e mi padrino no me parecéis”.

E oyendo esto, le manifestó Marcos:

“Nadie os obliga a llamarle tío o capitán o señor o padrino. Si bien os parece, decidiría yo agora cómo llamarle, que muchas maneras hay y todas me parecen buenas. Pensad, sin embargo, que el capitán es para vos tanto un amigo como un padre; y decidid luego. ¡Vamos! ¿Qué nombre os gustaría darle?”.

Hubo una pieza de grande silencio e miraba el pequeño al techo e luego a Marcos e luego a mí; e pasado este tiempo, preguntó el pequeño casi asustado:

“¿Os podría llamar papá? Trabajo me cuesta evitar deciros tal cosa”.

En Ronda y a veinte y ocho del año de dos mil e seis.

27 mayo, 2006

De la renovación del bautismo de Marino y otros hechos

ra el acto a media mañana, pues en la Iglesia Colegiata de Santa María la Mayor celebrábase también la primera comunión de hasta diez niños. E todos llegaron allí vestidos con sus galas (más humildes o menos), e podía yo presumir de que mi ahijado iba como tal ocasión se merecía mas sin llegar al lujo ni a las ricas ropas. Emocionante, sin duda, fue la ceremonia, oficiada por un sacerdote joven que bien entendía el sentir de los pequeños. Y a mi lado, hasta el momento del bautismo, permaneció atento don Juan, que parecía en sus ojos reflejar la ilusión de que algún día éste fuese también sacerdote.

El mismo día, y sobre las once de la mañana, celebróse en el Ayuntamiento de la ciudad un pleno extraordinario para nombrar Hijo Adoptivo de Ronda al Tercio de la Legión, que más tarde, hizo parada militar en la Alameda del Tajo, e vimos, pasado el medio día, un hermoso desfile por las calles de Jerez y de la Virgen de la Paz. Observando enarbolada la bandera de España, vi a don Marcos mirarme de reojo y, acercando su cabeza, comentó:

“Las pocas lágrimas que decís os quedan me parece ver aflorar agora en vuestros ojos. Disfrutad desto, que tiempos peores vendrán”.

Y en oyendo tal cosa, le dije:

“Valientes como pocos son estos, que defienden tal cual yo lo hago los colores que nos representan, que en otros países la gente da su vida por ellos y en este, sienten vergüenza o los guardan a escondidas”.

“Dejad ahora, capitán – dijo Marcos –, esos pesares, que es día de celebración grande para nosotros”.

E viendo la mirada entusiasmada del niño al ver pasar a aquellos hombres valerosos, di órdenes a don Juan de cuidar dél e fuíme paseando con grande pesar por la Calle de la Bola arriba para volver a la casa más tarde.

“¡Tío! – dijo el pequeño pesaroso al recebirme –, ¿dónde os habéis metido? Pues no quería pasar este día sin vos e habéis desaparecido”.

“Una sorpresa os traigo – respondí – que prometida estaba. Abrid estas cajas, que lo que en su interior hay, es vuestro regalo”.

“¡Jo, papá! – dijo sin pensar Marino – ¡En todo estáis, pues estos regalos no los esperaba!”.

Y en oyendo estas palabras sinceras don Juan, manifestóle a Marino con los ojos húmedos:

“Padrino podéis llamarle, que ya no es vuestro tío como don Marcos o como yo, pues toda su carne ha puesto en el asador porque lleguéis a lo más alto. Y en esto, tal como yo lo estoy, agradecido le estaréis de por vida. Besadle y pasemos al comedor, que más sorpresas tenemos”.

Con esto, tiró el pequeño de mi capa porque me agachase y, echando su brazo por encima de mis hombros, dióme un largo beso en la mejilla.

“¡Vamos, vamos! – insistió don Juan – que hay más cosas pendientes”.

Y al pasar al comedor, encontramos al servicio vestido de gala e todos ellos a nuestra mesa se sentaron. E preguntéme yo quién serviría el almuerzo. Mas, al punto, aparecieron otros sirvientes que don Juan había buscado e sirvieron éstos un exquisito almuerzo a todos, como pidió Marino.

Y el primer plato que se le puso, fue un fresco y delicioso gazpacho con huevo duro (según dicen aquí al huevo cocido). E algunas manchas hubo que quitar más tarde de su ropa nueva.

En Ronda y a veinte y siete de mayo del año de dos mil e seis.

De la expedición a Grazalema (y 4)

lena la tripa, descargada la lengua y tomado el café, volvimos a dar un paseo por la villa. Cerradas estaban todas las iglesias, pues un solo párroco hay para dos mil almas, aunque en total, según la importancia que tuvo Grazalema, hasta seis iglesias pueden contarse: Santa María, La Aurora en la plaza, San Juan, San José y las ermitas del Calvario y Nuestra Señora de los Ángeles. Paróse don Juan a mirar la magna fachada de La Aurora, que al fondo de la plaza se levanta en piedra e, haciendo un gesto de pesar, dijo:

“Nuestro Señor permitió en su momento fuesen estas iglesias expoliadas. Y así como lo fueron, cayó esta villa en un grande abandono. Ahora parece recuperada”.

“Eso creo, tío Juan – dijo Marino – pues el gazpacho y las costillitas no estaban hechas para los muertos”.

“No para los muertos – respondió don Juan solemnemente – pero sí para los muertos de hambre. O ¿no habéis resucitado con tales manjares?”.

Luego, entre risas, subimos a asomarnos al Tajo de Grazalema, que aunque no es como el de Ronda, también corta la respiración, e viendo el pequeño había al lado una piscina donde nadar, pidiónos le dejásemos refrescarse. Y, dejando pasase un poco de tiempo por hacer bien su digestión, le concedimos un baño con don Marcos e reposamos allí don Juan y yo un buen rato.

“¿Qué cosa pensáis? – manifestó don Juan –. Tal vez no sea esto lo que esperábais de Grazalema tantos años pasados, pero todo cambia”.

“Así lo creo yo – respondí -, y afortunadamente no quedan como estaban. La fuente recuerdo y ahora sé cómo está; el lugar exacto de la casa, el lugar de mi temazcal, el lugar de los sembrados… Volvamos a Ronda si no es estorbo para vuesas mercedes”.

De la expedición a Grazalema (3)

ncontramos a Marino y a don Marcos refrescando sus cabezas en la fuente después de haber subido a los riscos y, según apuntó don Juan, era ya hora de ir a Grazalema, que no habría de esperar el almuerzo.

Pasamos el Puerto Chico y ante nuestros ojos apareció la villa que parece suspensa de la las rocas. La ermita que a la diestra queda me pareció muy cambiada y los que llamábanse Los siete pinos [torcidos], más parecían un panteón que un jardín para solaz. Subimos hasta el puente que cruza el Guadalete, casi en su nacimiento, y quedó también a mano diestra la capilla de la Santísima Virgen de Lourdes. Desde ese momento, nada me pareció igual. No era ya Grazalema un pueblo de la Serranía, sino una ciudad pequeña y manipulada. Así, en el pueblo entramos hasta la Plaza de España, a la que siempre se ha llamado “La Alameda” y, dando una vuelta, pasamos al llamado “Asomadero”, donde podíase dejar el coche.

Miré la plaza con nostalgia, pues no era ya aquella la que conocí en los años de la villa industrial que dedicábase al buen paño y a los buenos quesos e otras salazones. Entrando por la calleja que al asomadero lleva, encontramos un pequeño restaurante donde saciar nuestra sed e nuestra hambre. Así, dijo don Juan al ver la puerta de tal establecimiento:

“Dios nos guía, que a buen lugar hanos traído porque el cuerpo necesita tanto cuidado como el alma; e paréceme que aquí hay buena bebida e buenas viandas. Entremos”.

E así nos pareció sitio apropiado para el yantar y el descanso e, sentados ya a una mesa, vino un mozo e preguntó qué deseábamos.

“De momento – dijo don Juan – traíganos vuesa merced algún refresco, que el campo agota con el calor; luego, díganos, si no os importa, qué cosa habéis para llenar la tripa, que también el campo abre el apetito”.

“Cosas sabrosas podréis tomar aquí, padre – díjole el mozo observando su sotana – que unas costillitas de cordero empanadas tenemos, que quitan el sueño de una semana”.

Y marchándose el sirviente, observé a Marino balancear sus piernas en la silla un tanto expectante, e dirigiéndome a él, preguntéle:

“¿Acaso tampoco os gustan estas costillitas que este hombre ofrece? ¡Pues bien ricas que están! Y, vive Dios, que como se comen en Grazalema, no se comen en sitio alguno”.

En oyendo esto, espetó Su Ilustrísima:

“Ayyyyy, he de dar órdenes en casa a Cristina para que estos manjares ponga más a menudo, que siendo bueno el solomillo, unas costillas adobadas levantan el espíritu”.

Y seguía Marino un tanto asustado mirando a un lado e a otro e, al cabo, dijo:

“Tío, no creáis de vuestra amabilidad quiero abusar, mas, ¿en este lugar ponen gazpacho?”.

Oyéronse risas, mas con respeto a lo dicho. E así, le dije a mi ahijado:

“Si no lo hay, otro lugar buscaremos donde lo sirvan, pues comedor donde no se sirve este plato en verano, no es comedor”.

“Sabed – dijo en baja voz – tengo en la cintura picores que han de estorbar el almuerzo. Tal vez, tío, algún bicho me haya picado a la altura del cinto”.

Y en oyendo esto, reíme un tanto conteniendo mi conocimiento de su ignorancia e le dije:

“¡Coquitos! Sin duda son coquitos lo que os estorban, que destos muchos hay entre el pasto. Con un vaso de vinagre aliviaremos los picores”.

“¿Vinagre? – preguntó el pequeño – ¿Y he de beber eso para quitar los picores? Deje vuesa merced los picores donde están y probemos esas costillitas o ese gazpacho, que ya se irán los coquitos con el tiempo”.

Entre risas, pedí al chico me mostrase su cintura, que roja estaba de los picores y de arrascarse, e viendo esto, le dije:

“No es el vinagre para beberlo, sino para untarlo en la piel, que estos coquitos se van con su olor”.

Poco después vino el mozo con algunas cervezas frescas y un refresco para el pequeño y así, le dije al chico preguntase si había lo que él quería tomar, e con gran esfuerzo, le dijo al mozo:

“Cosa que llaman gazpacho ¿tenéis?”.

De la expedición a Grazalema (2)

aró el coche a mano diestra del camino en un pequeño rellano que allí se conserva y, bajo la sombra del sauce, acudimos en paseo hasta la fuente e, como si de un rito se tratase, bebí primero yo della, luego Marino y luego don Marcos y don Juan, que observando tal ritual, la fuente bendijo en diciendo:

“Estas aguas benditas sean por los siglos de los siglos (un amén se escapó de alguien) y que Dios nos guíe en el camino certero hacia el encuentro de esa «escalera al cielo» que aquí parece encontrarse”.

Tras un pequeño silencio, contestamos todos: “Amén”.

Así, tomando entre sus manos un poco de aquellas aguas, las puso sobre la cabeza de mi pequeño Marino e dijo entre dientes algunos latines. E sintiendo el pequeño el frío de aquel manantial, dijo:

“Mejor preferiría el bautizo con agua del tiempo, que esta ¡helada está!”.

Y tomándole de la mano y acercándome a su altura, le dije:

“Ninguna agua como esta, aunque tan fría esté, ha de purificaros el cuerpo y el alma. Sabe bien don Juan lo que hace y sentiréis luego grande alivio del calor. Ha de ser mañana vuestro bautizo un rito que éste confirme, pues con agua pura y manos expertas se os ha bendecido. Dad gracias a Dios”.

“Así será si vos lo decís, tío, - respondió - que en vuestras palabras sabéis pongo toda mi confianza, como en las de don Juan y las de don Marcos”.

“¡Mirad esos riscos! – le dije - ¿Acaso no sentís las ganas de subir hasta ellos con tío Marcos? Don Juan e yo mesmo, miraremos los alrededores por encontrar alguna cosa”.

E desta forma, llevóse don Marcos al pequeño a las rocas y bajamos al otro lado de la carretera don Juan y yo. Y, viendo las nuevas edificaciones hechas, tomamos el camino hacia la izquierda donde me parecía había tenido construida la casa y el temazcal. Observé cuidadosamente el terreno y, tras rememorar ciertos momentos de mi vida pasada, dije a don Juan:

“No hay aquí ya nada que pueda indicarnos el camino que venimos buscando”.

De la expedición a Grazalema (1)

ntes de la hora al uso fuimos llamados por preparar lo poco que íbamos a llevar en nuestra visita a Fuentefría y Grazalema. Íbamos todos como en uniforme con la ropa que compró don Marcos como la adecuada para ir al campo, mas estos pantalones a los que llaman «vaqueros» no son de mi agrado, pues es su tela recia y demasiado fuerte y mucho aprietan todo el cuerpo en bajando la cintura. Son los calzados, sin embargo, las llamadas «zapatillas de deporte», que, de colores llamativos, hacen que parezca flotan los pies por los caminos. Y como camisa llevamos una muy ancha que deja transpirar la piel y tiene cortadas las mangas e dibujos sobre el pecho (que no me parecen escudos) e no va abotonada, sino que siendo de una pieza, por encima de la cabeza se pone.

“¡Tio Marino! ¡Qué chuli! – exclamó el pequeño –. No parecéis ahora un capitán, sino hombre moderno”.

“Callad, niño – respondíle – que como desnudo me siento si no fuese por lo apretado de estos pantalones y porque la blanca me falta. Pero escondida bajo el cinto, como en una faldriquera, llevo mi pequeña daga, que sin algo que me proteja, me siento como perdido”.

“Pues mejor la llevéis siempre encima – dijo al punto – que no es de razón perderse por los montes”.

Terminada la misa y dado buen cumplimiento al desayuno, al coche de don Marcos subimos sin convencer a don Juan dejase la sotana en el armario. Y fue ameno el viaje, pues al pequeño Marino fuíle mostrando cada parte que conocía e contándole las historias por allí vividas. Desta forma, ni siquiera aparecieron las náuseas de la retorcida carretera. Ordené a don Marcos no tomase por el camino del monte (que del alto de Montejaque parte y en donde encuéntrase el que llaman “El Dolmen del Gigante”, en la finca de Buendía). La bajada del puerto comenzamos y hasta un gran lago artificial que hoy allí se encuentra llegamos y que es llamado “El Pantano de Zahara”. En este punto y tomando el camino hacia la izquierda en el llamado cruce de Los Perales, pasamos cerca del Peñón de Audita, cuya historia no quiero comentar aquí por ser luenga e densa, y comenzamos la subida serpenteante de la Ribera del Gaidóvar.

Iba Marino – y a veces don Marcos - preguntando cosas sobre lo que veíamos y don Juan, de cuando en cuando, alguna oración decía, no sé si por haber buen viaje o por la vista que ante sus ojos se iba presentando. A la diestra, quedaba una gran pared de montañas que el Puerto de las Palomas tiene como alto y en sus faldas se ven unos a modo de agujeros, que son llamados Las ventanillas y que nadie sabe por qué están allí. Al otro lado, queda la bajada del río y, más allá un monte de encinas moteado. Algo más tarde pasamos por La Batana, el lugar donde las aguas cantan y crecen los frutales. Después, La Borreguilla, con su otra fuente, y llegando casi a lo más alto de la subida, la Fuentefría, que llama agora mucha gente “El agua fría” («aguanfría», dicen). Cruzando el puente que a poco antes se encuentra, dije a don Marcos hubiese cuidado con el camino, pues pronto encontraríamos el lugar de mi infancia. Y allí, junto a un sauce centenario, manaba el agua mágica que casi vióme nacer.

25 mayo, 2006

De la cena y los planes del primer viaje a Fuentefría

entados ya a la mesa, puso el servicio la cena, que entrando ya el calor del verano, cambiaba un poco y era más ligera. Desta forma, sirvieron a Marino en su plato un apetitoso gazpacho no muy espeso, e viendo el crío la color de la sopa, dijo:

“Aquesto que ponéis, tío, no me gusta”.

“¿Qué cosas decís? – le dije - ¿Cuándo habéis probado el gazpacho que en esta casa se hace?”.

Y quedó el pequeño mirando el plato e percibiendo era sopa fría sin decir palabra alguna. E con esto, le dije con ternura:

“¿Qué cosa no os gusta del gazpacho? Tal vez lo notéis fuerte o prefiráis una sopa caliente, mas debéis comprender que con estas temperaturas que ya tenemos no es de razón comer sopas de ajo. Decid, ¿qué os disgusta deste plato?”.

“Su color – contestó con timidez –. Paréceme, e no quiero ser desatinado, algo que en vez de entrar por la boca, por ella sale”.

Rióse don Juan sonoramente e dijo entre dientes o como para sí: “¡Cosas veredes!”.

“Un favor os pido, uno sólo – le dije tomándole por la barbilla e mirándole a los sus ojos –, que ni tan siquiera favor me parece. Si esta sopa no habéis probado ¿cómo podéis decir que no es de vuestro gusto? ¿Acaso no hay otras cosas que se coman en Extremadura y que tengan la color poco… vistosa? Probadlo aunque sea con los ojos cerrados y luego me diréis cuánto más queréis se os sirva”.

Obediente, como siempre, tomó el pequeño la cuchara, mas intervino don Juan:

“Esperad, esperad, que aún no se han bendecido aquestos alimentos”.

E todos rezamos las oraciones; y en acabando éstas, tomó Marino la cuchara sin que nada se le dijese y, llenándola sólo un poco de su plato, probó el gazpacho.

“¡Tío Marino! – dijo entonces - ¿Cómo está hecha esta sopa? Pues es deliciosa de comer y refresca”.

“Otro día – le respondí – os enseñará la cocinera la receta por si vos mesmo queréis hacerla; pues es muy fácil. Y la color es del tomate, no tengáis cuidado”.

“Así es – dijo desatinado don Marcos –, que si negruzca fuera, yo no la comería”.

Y por cambiar el tema e viendo la premura con que los días pasaban, propuse viajar a Grazalema al día siguiente dejando de descanso al niño en sus estudios e por ver cómo manteníanse ciertos lugares y, al oír esto y con la boca casi llena de gazpacho, dijo Marino:

“¡Oh, tío, llevadme allí que vea ese lugar que decís es tan bello!”

“La escalera al Cielo – comentó don Juan sin alzar la vista de su plato –, dice don Manuel, el joyero. En algo ha de tener razón, pues el corazón llena de gozo subir por aquella serpenteante carretera hasta la fuente, y luego, pasando el llamado Puerto Chico, la vista de la villa asombra aún a sus propios habitantes”.

“Sea pues así – espeté - y sea también un nuevo regalo para Marino por su bautismo renovado”.

Y estos planes quedaron pendientes para después de la misa matutina.

En Ronda y a veinte y cinco del año de dos mil e seis.

De lo descubierto en el sello y el asombro del joyero (y 2)

iré quedo a don Juan con un mensaje en mis ojos e dije luego a don Manuel el joyero:

“No preocupaos, señor, que desto entiendo e yo mesmo le daré razones más tarde. Sólo quisiera decirle que sin duda se trata del escudo de mi Casa, e muy detallado. Todo ha quedado claro, mas, si he de seros sincero, el significado de ese almendro se me escapa”.

“No preguntéis tanto, capitán – dijo al punto don Juan – que vais a aturdir a don Manuel”.

“No es ello molestia – prosiguió -, ni largo de razón, pues es el almendro símbolo del adelantado, que antes de la primavera florece e, por ende, símbolo del amor duradero, de la constante vigilia; y lo del adelantado, refiérese al que siempre llega cuando aún no se le espera”.

“Interesante parece todo esto – quiso acabar don Juan – mas nos espera la cena y adelantado soy a la hora del yantar, don Manuel. Agradecidos os estamos por vuestra visita y aquí tenéis vuestra casa, ya lo sabéis”.

“Sin duda – contestó – y agradecido os quedo por contar con mi trabajo, que no he de ser gravoso, pues ver estas cosas todos los días no es corriente. Dadme cien euros sólo y en paz estamos, que prometió el capitán mostrarme el sello que a su diestra lleva”.

Miróme don Juan con asombro e, antes de que fuese a buscar el papel moneda, entréguele al joyero doscientos euros y, buscándose éste en la chaqueta dijo temíase no traer cambio. E así, le contesté:

“Nadie os ha pedido la vuelta, que quiero me digáis ahora qué cosa llevo al dedo”.

“No tengáis cuidado por llegar tarde a vuestra cena – dijo don Manuel -, pues sólo quería de cerca echarle la vista”.

Con esto, lo saqué de mi dedo y entreguéselo por debajo de la lámpara entre destellos. Tomándolo en sus manos y poniéndose las lentes, lo miró y sobre la mesa dejólo caer:

“¡Dios Santo Bendito! ¿De dónde habéis sacado tal presea? ¿No será acaso robada de museo alguno? ¡No saquéis tal joya a la calle!”.

“No, no es robada – respondíle –, pues su mesmo dueño en persona entregómelo en el Monasterio de Yuste hace ya algún tiempo”.

Visiblemente asustado, recogió sus utensilios, mostróse amable (aunque nervioso) e con agrado despidióse.

“¡Marinooooooo! – gritó don Juan –. Bajad a la cena, que ya no hay moros en la costa”.

En Ronda y a veinte y cinco del año de dos mil e seis.

De lo descubierto en el sello y el asombro del joyero (1)

unque apenas perdí de vista lo encontrado y allí miré por hallar cosa de importancia, fue al llegar a casa cuando escudriñamos en los detalles que el sello tenía grabados. Algo tosco (quizá de su uso) e muy pesado, conservaba muchos detalles que no veíanse a simple vista.

Buscamos cosas en él de las formas que pudimos, mas nada podíamos hallar. Con esto, mandó don Juan llamar a un platero que por nombre tenía Manuel e llevó mientras don Marcos a Marino a su nueva estancia porque se distrajese en sus juegos, e dijo se encontraba a buen recaudo e ya no temía de aparecidos.

Caía la noche e pidió don Juan ese bocado que le hacía aguantar hasta la cena, cuando llegó don Manuel, hombre rechoncho, muy calvo e muy bien vestido; de edad de hasta sesenta e cinco años. En su mano traía un maletín, pues suele hacer estas cosas en su taller y, dada la importancia del hallazgo, traía sus utensilios.

Sentados en una pequeña mesa del despacho y con una luz fuerte, miró por debajo de ésta mis manos, que sobre ella estaban, e dijo:

“Disculpad, señor capitán, si mi comentario es desatinado, pero de mucho más valor paréceme el que lleváis al dedo. O mi mente comienza a fallar o es una muy buena imitación de joya antigüa que no cualquiera puede tener”.

“¿Cómo sabéis eso – le pregunté – si de lejos la miráis?”.

“Porque sin duda alguna – respondió con amabilidad – cada uno sabe lo que lleva entre manos. En este caso, diría yo, sé lo que lleváis en la mano; y tal cosa, si no os es estorbo, me gustaría conocer más de cerca, que no se ven todos los días sellos reales”.

Impresionado por su respuesta, prometíle dejarle examinar con todo detalle el que portaba una vez visto el encontrado e mostróse muy agradecido. Sacó luego una pequeña escobilla y unas lentes y mirando por ellas, fue quitando (tal vez) algunos restos de arena e dijo:

“Es oro puro sin duda; pieza de mucho valor sólo por la materia y la forma, que paréceme del siglo diez y seis. Corregidme si yerro, pues esto es importante”.

Don Juan e yo mesmo quedamos suspensos e siguió él mirándolo:

“Tiene detalles muy precisos e otros más toscos; es sin duda un sello de noble, mas quizá vuesa merced pueda ayudarme a comprender lo en él escrito, pues es cosa que desconozco”.

“Id diciendo – apuntéle – y yo os comentaré los detalles”.

“Hmmm – dijo confuso –. Tanto parece sello de noble como de sacerdote, pues dice arriba Scala Coeli y debajo De la Fuentefría”.

“Es el lema de mi Casa, señor, mas no sabemos bien su significado”.

“¿Es vuestro? – preguntó y se contestó -. Así me lo parece, mas un buen tiempo debe haber estado oculto. Un sello de oro como este es, valga la mala comparación, tan fuerte y resistente como las muelas o un cráneo; pasa el tiempo, pero se mantienen como intactos”.

“Y, decid – pregunté con intriga –, ¿qué cosas hay en él grabadas?”.

“Iba a decíroslo, sin duda – respondió – pues nunca he visto un escudo con símbolos tan dispares, que si bien se entiende por el lema que esta Fuentefría es una escalera al Cielo, son los símbolos muy de la tierra”.

No esperó don Juan con su asombro a hacer una pregunta:

“¿Cómo traducís el lema así estando una parte en latín e otra en español? Bien pueden ser dos lemas distintos en un mesmo escudo”.

“Bien decís, padre – respondió don Manuel – mas tal cual están dispuestas estas palabras, más parécenme un latinazo que otra cosa. Traduzcamos el latín e leamos todo seguido: La escalera al Cielo de la Fuentefría. Es extraño, ciertamente. Por alto he de pasar algunos términos heráldicos, que así hemos de entendernos mejor pues esmaltes no tenemos aquí. Es el escudo de un solo campo de oro y mal ordenado en el centro, que lleva bordura, y destacan sobre él una nao (o habillado) flotante sobre mar encrespado y cimada por extraño tocado de plumas, a la derecha; un árbol radiante (almendro florado, diría yo) y arrancado y desmochado y algo superpuesto al jefe en el centro; al otro lado una fuente manante surmontada por ocho estrellas, que parece mazonada y bajo la cual aparece serpes apuntada. Y, finalmente, adivínase azur el campo original”.

Y mirando don Juan con paciencia al joyero, espetó:

“¿Traduciríais tales palabras al cristiano?”.

De la búsqueda del sello de oro

razóse un plan para bajar a buscar por la tarde el sello. Conoce don Juan a dos señores que, dedicándose a buscar objetos antiguos, han dos artefactos a los que llaman «detectores de metales» e son éstos como zapas, e tapándose los oídos con sendos cascos pequeños decían podrían encontrar cualquier metal enterrado. Así, les aclaré que no habría que buscar bajo la tierra, sino bajo unas piedras.

Tomado el coche, hicimos un corto viaje hasta el sitio que me fue indicado y era difícil el acceso. Por los alrededores los vi rozar las palas de las zapas balanceándose a un lado e a otro, mas al poco, díjele a don Juan:

“Paréceme no han entendido estos señores lo que les he dicho, pues veo que pasan esas palas por el terreno e por las piedras deberían buscar”.

“Deje vuesa merced – comentó Su Ilustrísima - hagan lo que crean apropiado, aunque en lo que decís tenéis razón; mas no sé yo si estos artilugios encuentran metales bajo grandes rocas. Esperemos busquen primero por las partes llanas y ya veremos los resultados”.

Pasaron así más de una hora buscando algo por debajo de la tierra y no encontrando más que piezas sin valor alguno y, preguntando uno dellos qué deberíamos hacer, manifesté:

“Buscaría yo muy cerca y alrededor de las piedras, pues no sé si podría hacerse por encima dellas. Si mal no os parece, buscad primero junto a las piedras más altas e luego id bajando a estas otras. No olvidéis, es la pieza de oro puro y de gran tamaño”.

Así, volvieron a la búsqueda y en ello estuvieron otra hora. Hablaba yo con don Marcos de la necesidad de encontrar aquello por evitar apariciones y porque pudiere ser algo de interés para nuestros menesteres, cuando oí la llamada a gritos de uno dellos:

“¡Algo parece debe haber aquí!, mas debe haber sido enterrado con sumo cuidado e pericia o lleva en este lugar mucho tiempo y el agua lo ha ido cubriendo bajo esta roca”.

“¡Buscad ahí! – le grité –. Paréceme habéis dado con algo que bien pudiere ser lo buscado”.

Y acercándome a él dióme algunas razones, pues para sacar aquella pieza habría de traerse a algún obrero que descubriese el terreno. Al oír esto, envió don Juan a llamar a un hombre de campo que conocía e que tenía las herramientas apropiadas.

Dentro de media hora, apareció un señor de nombre Nemesio, de baja estatura, sencillo y siempre sonriente. Saludónos a todos al llegar e, hablando luego con el hombre de la zapa, comenzó a cavar muy a priesa mas con sumo cuidado. Fuese descubriendo la parte más alta de la roca y, bajo esta, observábase estaba dividida en dos partes dejando una grieta de más de tres dedos de ancho y que también estaba llena de tierra. Tomó luego un pequeño pico y fue retirando, ya casi al anochecer, la tierra que llenaba tal grieta. Al cabo, con algo duro topó e, haciéndonos gesto de no movernos, avisó al buscador de metales. Y pasando la pala por el lugar indicado, miróme con asombro y dijo a Nemesio cavase de espacio un poco más. Desta forma, y ante los ojos atónitos e incrédulos de los que miraban, apareció una pieza brillante amarilla.

En Ronda y a veinte y cinco de mayo del año de dos mil e seis.

De la mañana de las compras

ormíase en pie en misa, agarrado a mi capa, el pequeño Marino por la noche pasada, mas los paseos que luego dimos por la ciudad parecieron despertarle un poco.

Me entré unos momentos en el bufete de don Juan, sabiéndonos a solas, e preguntéle si en aquella casa nadie comentaba cosa alguna anormal, e no obteniendo respuesta, sino oyéndole preguntar sobre las cosas anormales a que me refería, le dije sin rodeos:

“En casa tenéis un fantasma que pasea libremente todas las noches por los pasillos y ¿nadie lo ha visto?”.

Se echó atrás, tenso, en su sillón y abrió los ojos con espanto:

“¿Qué cosa decís de fantasmas, capitán? En esta casa llevo viviendo más de veinte años y nada extraño he visto ni oído y vos mesmo habéis estado en ella, día y noche, muchas jornadas ya. ¿Queréis decirme qué cosa habéis visto ahora que de una aparición me habláis?”.

“Bien sabéis – comenté - que soy persona de cabeza sobre los hombros, mas he deciros que anoche casi la pierdo al encontrarme de frente el espectro de mi propio hermano. Don Marcos y Marino también lo han visto, no penséis ando inventando historias”.

“Nada de eso he dicho, capitán – contestó ya más sereno – mas sí que me temo que no se me ha presentado a mí y, de haberlo hecho a alguno de los sirvientes, ¡toda Ronda lo sabría ahora mesmo, vive Dios!”.

“Algunas cosas nuevas – terminé - he de comentaros entonces con más calma, que no me parece el momento apropiado. Vayamos ahora a comprar los preparativos para el acto del sábado y ya os daré detalles de lo ocurrido. No lo creeréis, pero es cierto”.

Así, subiendo por la Calle de la Bola, fuimos mirando cuanto de interés nos parecía, pues está esta calle toda llena de tiendas e bazares e por allí no pasan los coches, haciendo el paseo más seguro e placentero. Y a Marino vi pegado al cristal de una de aquellas tiendas observando lo que allí había y, agachándome a su lado e tomándole por la cintura, le dije:

“¿Mira el señor algún otro espectro? Pues así paréceme, que no apartáis la vista de no sé qué cosa que haya ahí, en el interior”.

E riendo el pequeño, me dijo un poco retraído:

“Ningún espectro observo, tío, sino un «emepetrés» de color azul que tiene «radio» y otras cosas”.

E no entendiendo yo muy bien de estos aparatos, quise me explicase su funcionamiento y su uso. Así le pedí entrásemos en la tienda por preguntar y, tomándome de la mano, llevóme al interior e por él preguntó. E mostróme luego artefacto tan pequeño que en un puño cabía y, según las razones que me dio, en su interior podía meter música para oír durante días. Gustóme el tal invento del «emepetrés» (MP3, me corrigió Marino luego) y, preguntando al tendero si había más dellos, dos compré. Y la cara del pequeño mudó y restó quedo:

“¿Es alguno dellos para mí, por ventura?” – preguntó con timidez -.

¿Qui lo sá? - respondí encogiendo los hombros –. Como regalo por vuestra renovación del bautizo no sería baladí, ¿no es así?”.

Eligió además don Marcos la ropa apropiada, zapatos y una cruz quise yo llevase al cuello y en estos menesteres fue de gran ayuda Su Ilustrísima, que conociendo a los tenderos dedicóse al regateo.

En Ronda y a veinte y cinco de mayo del año de dos mil e seis.

De la luz y las luces

iendo al poco que caía Marino rendido por el cansancio y entraba en un sueño profundo, avisóme Marcos dando unos golpes en mi hombro por ver si estaba dormido (que despierto estaba y recordando lo vivido):

“Marino, Marino; ¿estáis despierto?”

Y mirándole en la penumbra y cuidando de que el niño no despertara, le dije en susurros:

“¿Qué creéis vos, que después de noche tan movida podré dormirme con facilidad?”.

“Salgamos al pasillo – dijo muy quedo – que alguna cosa quiero deciros”.

Así pues, nos levantamos ambos de la cama con sumo cuidado y muy de espacio dejando a Marino dormido y salimos al pasillo sin encender luz alguna. Ya allí y cerrada la puerta, miró éste a un lado y a otro con atención y, no viendo espectro alguno, preguntó:

“¿Por qué mentís?”

“No sé de qué mentira habláis – contesté – mas si me dais más datos, pudiera yo aclararos alguna confusión que debe haber”.

“¡Vamos, capitán! ¿Por ventura pensáis que voy a creer lo de las luces de la calle y las celosías? Esas luces que alumbran ahora las calles son amarillentas, anaranjadas, diría yo; y las luces que hemos visto Marino y yo eran blanquecinas; tal vez con un tinte suave verdoso o azulado; pero no es sólo eso, sino que esas luces se movían con silueta de hombre vestido a vuestro estilo y, lo más importante, diría yo que tenía vuestros mesmos andares. Tal era el parecido”.

Reste en silencio una pieza e dije al cabo:

“No os he mentido, amigo; nunca miento. He inventado un cuento porque ciertas cosas no sepa Marino. Sabed que lo que tomasteis por fantasma o espectro, lo era. No sé cómo, no me pidáis muchas razones porque ni yo mesmo lo entiendo, mas parecióme el espectro de mi hermano”.

“¡Santo Dios! – exclamó - ¿Y no huisteis del espanto? ¿Qué cosa habéis hecho?”.

“De lo hecho no tengo razones, sino que he recebido mensaje de buscar un sello de oro que en cierto lugar se halla. Si esto hago mañana mesmo, no volverá a verse el espíritu de mi hermano esperar por estos pasillos a encontrarse conmigo”.
“¿Por qué con vos? – levantó un poco la voz - ¿Acaso no podría haber dado tal aviso a otra persona?”.

“Mucho tiempo ha esperado para que esto ocurra – razoné -, aunque el tiempo para él no pasa como para nosotros; mas ¿no os dais cuenta de que siempre lo habéis visto de espaldas? Pues de frente e bien cerca lo he visto, su saludo me ha dado y el mensaje; habrá que saber ahora cómo se encuentra un sello de oro enterrado entre las piedras”.

“Creeros es dificultoso – dijo asustado -, pero esta explicación no me parece una mentira. No tened cuidado, que hay artilugios para buscar metales escondidos. Os ayudaré, mas espero sea cierto lo que decís”.

“Tan cierto, querido, como que Marino hase despertado y a vuestro lado lo tenéis”.

En Ronda y a veinticinco de mayo del año de dos mil e seis.

Del espectro y la luz de la celosía

uy entrada la noche, desperté e parecióme dormía don Marcos placenteramente; y el pequeño a mí estaba pegado. No quise moverme por no interrumpir sus sueños, mas pensé que la mejor manera de descubrir lo que ocurría no era otra sino salir al pasillo a buscar al aparente espectro que caminaba por los pasillos en las noches.

Hice un leve movimiento por intentar bajar de la cama y abrió Marino los ojos pareciéndome no estaba dormido:

“¿Adónde vais, tío?” – dijo en susurros - .

“¿Acaso creéis que sois vos el único que se levanta por las noches a hacer pis? No tened cuidado que no he de tardar y restáis con tío Marcos”.

Y al decir esto, volvióse Marcos hacia nosotros e puso su brazo sobre el niño diciendo:

“Despierto estoy, Marino, no creáis que esas ideas sólo a vos os quitan el sueño”.

E viendo ya con claridad que habría de resolver aquel asunto, salí de la cama sólo con la camisa, mas tomé mi blanca, que aún no sé si esto intimida también a los aparecidos. E oí una curiosa conversación entre Marino y tío Marcos, pues decía el primero: “De espaldas le vi vestido como el capitán y oyendo sus pasos le vi alejarse de espaldas y tenía el cuerpo envuelto en luz blanca”. Y continuó don Marcos: “De espaldas le vi yo también y como decís, mas tan asustado estaba, que no oí cosa alguna y, sintiendo mucho frío por no llevar la bata, volví enseguida al dormitorio y vi que el capitán seguía durmiendo”.

Y en oyendo tales cosas e pareciéndome debía restar importancia al asunto, les dije:

“¿Qué es esto de poneros ahora a hablar de aparecidos? Vive Dios, que si existe algo parecido he de encontrarlo y, si así fuera, desta casa he de echarlo y prometo no volverá. Conversad mejor, si os parece atinado, de los planes que para mañana hay trazados, que son muchos e importantes; y dejad ya de inventar cosas que no harán sino quitaros el sueño, pues en esta casa hemos dormido muchos días ya y vivos seguimos. No veo yo peligro alguno como para perder el tiempo del descanso en comentar tales cosas baladíes”.

Y con la camisa y mi espada salí, no sin cierto reparo, al pasillo que lleva desde las escaleras hasta una gran pared con balcón a la calle. Andando quedo por él, fui poniendo oído en cada puerta que pasaba sin querer ser indiscreto, mas nada oí. Llegado al balcón que al fondo está, miré por entre la celosía la calle desierta durante una pieza y, al poco, volví a oír los pasos que hacían crujir el suelo y el ruido de la espada. En guardia me puse al punto mas nada veía, pues se acostumbraron mis ojos a la luz de las farolas de la calle. Al poco, cuando la vista se fue acomodando, encontré frente a mí una figura esbelta de hombre joven vestido y tocado a mi usanza y parecióme tocar el ala de su sombrero como saludo. No yendo yo tocado, con la mano fice un gesto, mas temblaba ésta un tanto por lo que veía y otro por el helor que sentía. Sacando el valor de donde no lo tenía, díle las buenas noches e preguntéle que hacía por los pasillos a la hora del sueño; mas no hubo respuesta alguna, sino que su aura blanquecina titilaba un poco. Así, haciendo un esfuerzo, quise ver bajo aquel sombrero la cara de mi difunto hermano, e turbado por tales figuraciones, le hablé en muy baja voz:

“Don Pedro mi hermano me parecéis y bien veo no queréis o no podéis comunicaros conmigo. Bien me parecería que a estas horas siguierais vuestro descanso, pues hay otra gente que no os conoce y, al veros así, asústanse en gran manera; más de lo que yo lo estoy. Si algo tenéis que decir, decidlo y si no es así, descansad”.

Y no oí palabras, sino que a mi mente vinieron ciertas imágenes y ciertas explicaciones, pues vi un sitio, al fondo del Tajo y debajo de los llamados Jardines de Cuenca, donde se encontraba bajo tierra un sello de oro; e parecióme oír (o algo parecido) que debería ir a buscarlo.

No sabiendo si aquello era una comunicación, díjele estas palabras:

“Descansad pues en paz, hermano, que mañana mesmo buscaré en aquella zona lo que decís y sobre aquella mesilla que tras vos se encuentra os lo dejaré si lo hallo; mas os pido la merced de no andar a estas horas por la casa. Prometedlo si podéis”.

Y al punto sentí en mi cabeza un razonamiento, pues si yo buscaba el tal sello e lo hallaba, podría quedármelo e no dejarlo en la mesilla y, al mismo tiempo, parecí entender que no volvería a vérsele si tal cosa llevaba a cabo. Al punto, la blanquecina luz fuése atenuando e sentí el calor de la noche rondeña.

“Nada hay de importancia – dije al entrar en el dormitorio - sino que la tenue luz que de la calle entra, produce reflejos que, ¡vive Dios!, buen susto me han dado. Mas ya he cambiado la posición de las celosías y el efecto ya no se ve”.

En Ronda y a veinte y cinco de mayo del año de dos mil e seis.

24 mayo, 2006

De cómo se me ha pedido auxilio

l retirarnos ya para el descanso, arropé al pequeño tras mostrarle el orinal que podría usar si fuere menester y, cuando sentéme junto a él por contarle alguna cosa que fuese de su agrado, asió apretada mi capa e dijo:

“Pienso que aquí no ha de entrar, pues por el pasillo se le ve, pero ¿no podríamos poner una cama pequeña en vuestra habitación? Dormir solo aquí no puedo y vuestra estancia tiene baño”.

“Por tales cosas no debéis preocuparos – le respondí acercándome a él – pues hay más habitaciones en esta casa y seréis mudado a una con baño que junto a la mía se encuentra. Dormid ahora y descansad, que mucho habéis estudiado y jugado y pocos días quedan ya para celebrar vuestro bautizo. Compraremos mañana ropa adecuada para ocasión tan solemne y algunos regalos y, ya por la noche, os prometo dormiréis en habitación con baño; os ayudará don Marcos a mudar todas estas máquinas. Aquí, como ya sabéis, tenéis también la campanilla; por si lo creyerais oportuno. Nada ocurre; no preocuparos, dad las gracias e pedid a María Auxiliadora, que hoy habéis visto en la calle, os ayude a conciliar el sueño y dormid tranquilo, que a un capitán y a mucha más gente tenéis cerca”.

“Así haré, tío Marino – concluyó –; os lo prometo”.

Y descubriéndome, beselo en la frente e dile las buenas noches partiendo luego hacia mi habitación donde me esperaba don Marcos, que, al verme de entrar, dijo a media voz:

“¿Hase quedado conforme? Pues si es por una noche antes de la mudanza, no quisiera yo la pasara en vela, que tal como me habéis contado las cosas hoy, yo mesmo me haría pis en la cama… o ¡quién sabe qué! Oíd agora algo importante que he de deciros y, si os complace e lo creéis apropiado, dejadlo dormir esta noche en nuestra compaña; no quisiera yo verme a solas si ha visto, o imaginado siquiera, tales cosas”.

“En serio me parece proponéis que no duerma el niño solo - le dije – mas debería ir acostumbrándose a no haber tales fantasías. Si miedo siente, le he indicado toque la campanilla. Si esto hiciese, aquí lo traeré”.

Y respirando profundamente, dijo al punto:

“Más tranquilo me dejáis, pues también yo he creído veros una noche paseando por los pasillos e iluminado de blanco como dice el pequeño, mas creyendo eran mis ilusiones por haber visto lo que llamáis el aura y viéndoos al momento dormir donde estabais, al asunto resté importancia”.

“Acaso – apunté – pensáis ahora lo que yo pienso e, ya que lo proponéis, he de traer al niño esta noche con nosotros hasta descubrir esta rara fantasía”.

Y no hube terminado la frase, cuando siguió hablando:

“¡Esperad, esperad, os lo ruego! Que antes de traerlo otra cosa he de referiros que sé no os va a complacer”.

E así, me dio ciertas nuevas que iban a cambiar el rumbo que todas nuestras cosas llevaban; mas desto no puedo escribir hasta pasado el domingo. Con esto, atravesé el pasillo de espacio y en silencio a por el niño e parecióme oír con meridiana claridad, al otro lado, el crujir de las tablas bajo unos pasos y un sonido que nadie más que yo podría producir: el de una espada colgando del cinto.

En Ronda y a veinte y cuatro de mayo del año de dos mil e seis.

23 mayo, 2006

De la casa con problemas nocturnos

cercóse por la mañana don Marcos e pidióme hablásemos en lugar apartado. Así, pidiendo excusas a Su Ilustrísima y a Marino, subimos a la estancia e vi cerraba con sumo cuidado la puerta. Ya sentados a la mesa que queda más cercana a la ventana, me miró con preocupación e dijo:

“Nadie comenta en esta casa las cosas que pasan, sino que ha sido una mujer del servicio la que me ha dicho que Marino ha tenido… una micción nocturna”.

“Sé a qué os referís y supongo que el propio niño, por vergüenza, tal cosa no va a citar”.

“Así lo creo yo – respondió don Marcos – mas, aunque de ciencias no soy, sé que estas cosas suceden por algún motivo; y ese motivo ha de ser sabido por poner remedio”.

“No os preocupéis – le dije – de esto he de saber y también el motivo y el remedio se pondrá aunque necesitemos del ayuda de un físico”.

Quedóse don Marcos pensativo e con la vista en la mesa y, pasada una pieza, dijo:

“Pensar no quiero que el niño tenga miedo de dormir solo, pues no paréceme apropiado duerma con nosotros en la misma cama, sino que la suya propia tenga y en su propia estancia”.

“Muy lejos lleváis esto – repuse –. No le deis tanta importancia a lo que no la tiene, que esta misma mañana he de saber lo ocurrido y poner el remedio, pues si avanzado es el niño para otras cosas, para estas también ha de serlo. Algo especial habrále ocurrido sin importancia. Todo se remediará; y no penséis en tener que dormir con el niño todos los días, pues cosa así no puedo permitir”.

Hablado esto, volvimos al salón e pedí a don Juan me concediese unos minutos con el pequeño, y éste, ya sabía de qué cosa íbamos a tratar. Salimos de espacio al patio pequeño, donde entraba ya el sol del medio día y, observando las flores, le dije:

“Un pajarito me ha dicho que os habéis hecho pis en la cama. Sabed que ni es cosa que me asuste ni importancia le doy ni por ello voy a reñiros, mas, ¿sabéis vos por qué os pasado esto?”.

Con la cabeza muy baja y casi en llantos, respondió:

“Sí, capitán. Sé muy bien debería haberos dicho algo mas tal vez penséis que estoy loco”.

“¿Loco, decís? – pregunté sin dar importancia al asunto - ¿De qué cosa habláis? ¡Acaso será la primera vez que oigo que alguien se hace pis en la cama! Por Dios, Marino, digamos que ha sido esto un accidente, pero prometedme comentármelo en secreto si os vuelve a ocurrir y, si algún problema tenéis que os impida aguantar, con claridad me lo decís, que yo lo he de remediar”.

Y levantando su vista levemente, dijo a media voz:

“Un problema hay, capitán”.

“¿Qué decís? – pregunté al punto - ¿Sabéis entonces el motivo deste pequeño accidente?”.

“Puede que el accidente sea pequeño – dijo – mas no así me lo parece lo que lo produce”.

“Decidme pues cuál es el motivo – apunté - y pondremos el remedio ¿Qué os parece?”.

Y tras unos momentos de duda, abrazóse a mí con ternura e dijo estas palabras:

“Mi habitación no tiene baño e quise salir a orinar sin poder aguantar más las ganas, pero, en la obscuridad del pasillo, vi andaba un fantasma que vestía como vos e volví corriendo a la cama”.

Perdí la respiración en un momento y por no darle importancia a lo oído, le dije:

“Bajo vuestra cama tenéis un orinal; no tenéis por qué salir e imaginar esas cosas. Usadlo”.

“Os aseguro, tío – respondió sollozando – que no lo he imaginado y lo he visto andando por los pasillos y cubierto de luz blanca”.

En Ronda y a veinte y tres de mayo del año de dos mil e seis.

22 mayo, 2006

De la fe de Marino

entados en el salón estábamos don Juan y yo con Marino, que recebía sus clases en aquesta primera mañana e, saliendo un poco del tema que tocaba, pedí la merced de hacer una pregunta al pequeño y a ello su consentimiento dio Su Ilustrísima. Así, cerró Marino su libro y, apoyando los codos sobre la mesa, dejó descansar su cara en la palma de sus manos:

“Decidme, tío. ¿Qué cosa queréis saber? Pues de buen grado os daré razón si ésta sé, que aún no todo he aprendido”.

“Pensad ahora que de un nuevo dios llamado Tenoch os hablo. ¿Creeríais en él?”.

“No tal – respondió -, pues su historia ni sus hechos ni su mensaje conozco”.

“¿De qué os sirve entonces la fe? – insistí -. Pues en asegurándoos yo que Tenoch es el único y verdadero dios, la fe debería haceros creer en él”.

“Cierto sería eso si pudiese ver sus templos repartidos por el mundo y sus obras – aclaró -. Pudiera ser también que este dios que decís, sea el mismo que conozco, mas, la fe me lleva a Jesús y, si me apuráis, puedo deciros que no sólo por la fe creo en él, sino que poco le he pedido y mucho me ha concedido. Así pues, a Jesucristo Nuestro Señor tengo como mi guía y a vuesas mercedes como mis acompañantes”.

Hízose tal silencio en la sala, que oíase el respirar acelerado de don Juan, que al cabo dijo:

“¿Queréis entonces voluntariamente ser bautizado y entrar a formar parte de la Iglesia y cumplir con vuestras obligaciones?”.

“Nada me obliga – respondió – sino que es ese mi deseo”.

“Sea pues; que el sábado venidero haremos el bautizo y visitaremos luego a ciertos señores que quieren conoceros y al medio día un almuerzo especial preparemos aquí porque vuestra entrada en la comunidad cristiana quede con buena memoria”.

“Así sea – respondió con candidez – mas sería de mi agrado acudiese el servicio tal como acude la familia, que necesito ver que todos somos iguales”.

Y con esto (y nuestro asombro) siguió don Juan dándole las liciones que quedaron incompletas.

En Ronda y a veinte y dos de mayo del año de dos mil e seis.

21 mayo, 2006

De la tarde que pasamos tras la comida campestre

entados en el salón, ya cayendo la noche y cansados de tanto campo y tanto llenar la tripa, estábamos don Marcos, don Juan, Marino e yo, leyendo cada uno el libro que tenía pendiente y esperando la hora de la cena. Acercóse entonces Cristina al aparador quizá para tomar los servicios de la mesa y, estando de espaldas, tomó don Juan la mesa por un lado, levantóla y dejóla caer con fuerza e con grande estruendo. Los lectores dejamos la lectura y Cristina volvióse sonriendo hacia don Juan. Desta forma, dijo Su Ilustrísima a la sirvienta:

“De tomar la cena no es hora aún, mas de abrir boca con algún vino (no para el niño) y de algún bocado sería momento apropiado”.

Y así salió la mujer del salón después de asentir con la cabeza. Y en viendo esto Marino, miró a don Juan confuso e riendo e le dijo:

“¿Acaso tenéis costumbre de dar tales sustos al servicio? ¡Pues más heme asustado yo que ella mesma!”.

“No es aquesto – le dije –. Habéis de saber que Cristina es sorda y, estando de espaldas o en caso de urgencia que os surja, ruido debéis hacer para que os mire, pues los labios lee”.

“Bien me parece – respondió el pequeño – mas quizá sería más de razón avisar antes a los que sí oímos, que tales estruendos hanme asustado”.

“No lo toméis – aclaró don Juan – como algo que a diario se haga pues, como bien dijo una vez don Marcos, sería esta casa una ruina por los destrozos en los muebles. Ahora ya sabéis qué hacer si os es necesario llamarla; si no lo es, llamad con la campanilla a cualquiera otro dellos, que mejor será para todos”.

Y a esto, con un tanto de güasa, repuso Marino:

“A la campanilla que hay en la mesita de la estancia supongo os referís, que no a la mía propia, que a gritos despertaremos a todo el barrio”.

Y haciendo este y otros comentarios, tomamos algo de entrante y esperamos la cena, que estando aún ahítos, trabajo nos costó tomar.

En Ronda y a veinte y uno de mayo del año de dos mil e seis.

De la invitación a una comida campestre del domingo

speramos un poco a la salida de la misa mientras Su Ilustrísima daba cumplimiento a los muchos saludos que la gente le hace y, hablando estaba yo con Marino sobre la renovación de su bautismo, cuando vi aparecer a don Diego de Monteliz que vino hacia mí con grande contento:

“Capitán – me dijo –, de veros otra vez por Ronda mucho me alegro, que acabará ésta siendo la ciudad que vuesa merced elija al cabo para vivir el resto de su vida. ¿Esperáis a don Juan?”.

“Así es - respondíle – que ya sabéis cuánto se entretiene pues a todos saluda, cosa que tengo a bien, pues es señal de que el pueblo lo quiere”.

“Bien lo sabéis, amigo – repuso – que no hay mano ni anillo más besados en todo el sur de España. Aquí esperaba yo su aparición, pues con él y con los presentes por ende, quería yo haber unas palabras ahora”.

Y en oyendo aquello e viendo miraba a don Marcos y a Marino, comprendí sería oportuno presentarlos y esto hice:

“Me complace conozcáis a mi valido, don Marcos (tanto gusto, respondió éste) y a Marino, mi pequeño ahijado y al cual pronto queremos bautizar”.

Y dirigiéndose al pequeño poniéndose algo a su altura, espetó:

“¡Mirad qué hombrecito! Buen vasallo será habiendo el señor que tiene, valido tan gallardo, y a buen seguro de grande saber, y tío obispo como pocos hay. Decidme, pequeño, ¿os gustaría venir al campo a ver mis animales, jugar en el río y comer entre los árboles al fresco?”.

“Sin duda, señor – contestó Marino – mas debería antes a mi tío pedir se me concediese para ir tal merced”.

¡Dios Santo! – repuso don Diego – . A fe que aparenta más años de los que tiene por su respuesta o menos, según se mire. Claro está que la invitación es para todos, como lo fue no ha mucho para don Juan y vos mesmo, capitán”.

Y ya sabiendo de su insistencia en las invitaciones y la ilusión que al pequeño haría pasar el día en el campo, le dije:

“Sin duda será para todos de gran contento vuestra invitación; esperemos la respuesta de don Juan”.

Y riendo don Diego sonoramente, espetó:

“¡Ay, ay, ay, que en ese aspecto me parece no conocéis bien a vuestro tío don Juan, pues en oyendo hablar del yantar campestre nunca se niega”.

Y así, esperando a que saliese del templo Su Ilustrísima abrazóse Marino a mis piernas y mirándome levantando la su vista, dijo a media voz:

“Tío, decid a tío Juan que este señor buenas viandas e salazones tiene”.

En Ronda y a veinte y uno de mayo del año de dos mil e seis.

20 mayo, 2006

De las enseñanzas de mi compañero y de mi ahijado

ino pronto don Marcos por ver si todo estaba como se había pedido y, viendo la pila de artilugios allí preparada y en funcionamiento, ocurriósele hacer unas pruebas y él mismo hizo los preparativos. Desta forma, podía hacerse conferencia de una estancia a la otra. E fue de mi gusto.

“Los mejores juegos – dijo don Marcos - le han regalado por estas compras y sin duda sabe él sin dudar cómo tiene que ponerlos”.

“Una duda tengo que he de aclararos, pues fueme dicho que esta compra para sus estudios también serviría. Espero sea eso cierto”.

“Sin duda lo es, capitán - respondió orgulloso don Marcos –, que esta cosa de los juegos no es más que para uso cuando no haya estudios. Descuidad, que yo mesmo me encargaré desde el lunes de sus clases y observaré juegue sólo cuando haya acabado sus deberes”.

“E ¿?cuales serán esos deberes que ha de cumplir?”.

“Los que yo mesmo le ordene, capitán – respondió seguro – pues cada día habrá nuevas enseñanzas y éstas deberá aprender luego para poder continuar las liciones del siguiente día”.
“Bien me parece todo esto – aclaré – que no quiero sea el juego el que estorbe su aprendizaje”.

Echóse entonces don Marcos a reír e puso su mano sobre mi hombro en diciendo:

“No sé qué pensamientos me vienen, mas he de confesaros que de él mesmo voy yo a aprender cosas que no sé a mis años”.

En Ronda y a veinte de mayo del año de dos mil e seis.

De cómo llegaron los artilugios e de lo que fui aprehendiendo

alía alguien del servicio a abrir la puerta por el jardincillo donde observaba yo los rosales que sembrara don Miguel de Mañara, que comenzaban ya a florecer, cuando apareció en la puerta un joven sirviente muy gallardo que traía grandes cajones. Asombrada la sirvienta de la casa, acerquéme por saber qué cosa era aquella e dije al joven:

“Sin duda erráis, que tal cosa aquí no debéis entregar. Acaso sea en otra casapuerta”.

“Perdonad, señor – respondió con agrado – mas es sin duda esta la casa, que no hay otra en este callejón donde viva un obispo que todos conocemos”.

“Sea pues así – respondíle – que no sabía que don Juan esperase tal mercancía”.

“A nombre de Su Ilustrísima no vienen estos bultos, sino que ha de recebillos en persona don Marino García y González Cabeza de Vaca, si es posible, o cualquiera otro en su poder”.

Y en oyendo esto y en viendo la pila de cajones que allí esperaban, volvíme hacia la casa e a gritos llamé al niño:

“¡Marino, Marino, venid; que ha llegado un barco cargado con vuestras máquinas!”.

E al punto apareció como si detrás de la puerta esperase y, acercándose al joven sirviente, le dijo aquestas palabras:

“¿Viene todo? ¿«El escáner, la impresora, el módem, la webcam, los cables»…? (estas palabras me transcribió más tarde). Ponedlo aquí a este lado que hay escaleras y ya lo subiré yo a mi estancia e lo instalaré en el lugar adecuado”.

“No, señor – respondió el sirviente –, que a estos menesteres tengo costumbre y, por estar obligado, yo mesmo he de hacerlo. Firmad aquí la entrega, si no os es molestia, y sentaos mientras os lo dejo en funcionamiento”.

Acercóse el pequeño al sirviente e, tomando la pluma, estampó allí una rúbrica de abogado. Pasó luego el joven las cajas al interior de la casa y, por vigilar que todo se hiciera correctamente, sentéme a observar en la estancia de Marino.

“«Conexión a Internet» necesitáis, señor – aclaró el sirviente –. Una «línea de teléfono» habréis de contratar”.

“¿Qué cosa es esa? – pregunté - ¿Falta acaso algo de lo pedido?”.

“No es aqueso, tío Marino – dijo el pequeño – sino algo más que hay que poner; eso con lo que escribís vuestro diario”.

“Decid a don Marcos – repuse – que otra cualquiera cosa que fuere necesaria, sea comprada, contratada o puesta, que no ha de faltaros nada; así os lo dije”.

“Perdonad, señor, que os interrumpa – aclaró el sirviente – mas si ya vos escribís un diario en «Internet» más fácil e pronta será la conexión instalando un «router»”.

E no entendiendo de esto más que lo que luego aclaróme Marino, le dije seguro:

“Sin duda el niño os dirá lo que necesita y si hubiere que hacer algún otro pago, a mí me lo decís. Nada debe faltar”.

En Ronda y a veinte de mayo del año de dos mil e seis.

19 mayo, 2006

De los cálculos de don Marcos y los de Marino

omó don Marcos a Marino aparte (este hecho comentóme luego) y, preguntándole por el método de cálculo que usaba, respondió el pequeño:

“¡Es fácil, tío Marcos! Trátase de multiplicar por un solo número cada vez e ir sumando. Calculo primero los millares multiplicando por su valor en pesetas; calculo luego las centenas y hago la suma con lo anterior; y así hago luego con las decenas y las unidades. ¿Qué método usáis vos?”.

“Ehhh, bueno – respondió don Marcos asustado –, otro método uso, mas me parece acertado el vuestro; y más rápido, sin duda”.

Acudió luego don Marcos a buscarme y traía su cara descompuesta:

“¡Adivinad lo que dice vuestro ahijado! Parécele baladí convertir cualquier cantidad de euros en pesetas; el método me ha mostrado, mas, si he de seros sincero, este niño tiene dones que habrá que descubrir, pues lo que para él parece razonable y fácil, a mí me parece incomprensible e bien dificultoso”.

Y viéndole la color y los sudores por lo visto y escuchado, así le dije:

“Preocúpese vuesa merced de averiguar su talento, si no le es estorbo, pues destas cosas poco sé; mas paréceme tenemos en casa a una «personilla» con grandes dotes ¿Qué decís?”.

“Cosa igual jamás he visto ni oído – respondió -, que siendo de letras, las ciencias no desconozco y el cálculo no me supone gran esfuerzo. Quisiera, además, deciros que en la tienda su comportamiento era de adulto. Oíle describir ciertas cosas sobre esa máquina al tendero y, éste, le respondía con lenguaje que no entiendo. Así mesmo, escribió ciertas cosas en un papel y, ¡vive Dios!, que su letra es como la de letrado”.

“Su madre me dijo – apunté – que si su carta enviada venía llena de faltas de ortografía, suya era sin dudas; mas paréceme que en otros asuntos nos han engañado”.

“Puedo deciros, capitán – puntualizó don Marcos - y con ello acabo, que en esta casa vive un niño cuyas dotes mentales sobrepasan lo usual. Dejadme, como decís, estudie su sabiduría y sus conocimientos con el ayuda de un especialista en tales menesteres. Tenéis, capitán, en casa, a un dotado de mente poderosa, bondadosa y emprendedora. Luchemos ambos, si vuesa merced lo pide, por llevar a buen puerto a este Marino”.

En Ronda y a diez y nueve de mayo del año de dos mil e seis.

De las facultades de Marino

legaron a media tarde Marino y tío Marcos encontrándonos en el salón a Su Ilustrísima, a don Ildefonso Gallardo y a mí mesmo en plena reunión. Y, al abrirse la puerta, entró mi pequeño vasallo con respeto y retirado esperando acabase lo por nosotros hablado. Viéndole rezagado, preguntéle:

“¿Habéis visto ya y comprado la máquina esa que os ha de servir para vuestros estudios y vuestros juegos?”.

“Con permiso de vuesas mercedes: capitán, y sin querer abusar, he elegido el que hame parecido mejor, mas ha cambiado tío Marcos algunas cosas por otras de más calidad e muy contento vengo”.

“Bien me parece lo hecho, un acierto, pues no quiero os falle en ningún momento y os sea útil para cuanto necesitéis. Y… si no es mucho preguntar, don Marcos, ¿qué valor tiene tal artilugio?”.

Y pensando un poco la respuesta, respondió mi compañero:

“El mejor de los allí presentes y de los existentes he elegido, pues así creo que era vuestra voluntad, que no ha de faltarle al niño cosa alguna, según entiendo. Y siendo este «artilugio», como decís, el mejor que se encuentra, hasta mil ochocientos e cuarenta y siete euros he pagado”.

“Bien está lo que hayáis decidido – le dije -, mas, si no es estorbo para vos, preferiría lo dijerais en pesetas, que aún tengo mis dudas sobre los precios en euros”.

Sin espera alguna, contestó al punto Marino:

“Tres cientas e siete mil y tres cientas e quince pesetas, tío Marino. Tal vez os parezca abuso de vuestra amabilidad y eso no quisiera, pues con alguno de menos precio podría conformarme”.

“¡Repetid lo dicho! – apuntó don Marcos - ¿Cómo sabéis el valor en pesetas de lo comprado?”.

“Ni es caro – dije – ni es barato. Es lo que yo pedí se le comprase”.

“En duda no pongo vuestra palabra, capitán – aclaró don Marcos – mas, ¿cómo sabe el niño su valor en moneda que nunca ha usado?

“Bien fácil resulta saberlo – contestó Marino ingenuo –, pues basta multiplicar tal valor por las ciento e sesenta y seis pesetas que cada euro vale”.

Cruzáronse las miradas entre los presentes y preguntó mientras tanto don Marcos:

“E ¿cuándo habéis hecho tal cálculo, si de la tienda a casa hemos venido?”.

“Agora mesmo, tío Marcos – respondió - ¿Acaso os resulta dificultoso calcular?”.

Las miradas se trocaron entre profundas y confusas.

En Ronda y a diez y nueve de mayo del año de dos mil e seis.

De la visita e manifestaciones del pequeño

staba yo solo en el dormitorio esta misma tarde, cuando golpearon suavemente la puerta:

“¡Pasad, abierto está!”.

“Buenas tardes – dijo Marino asomando su cara por la puerta entreabierta - ¿Puedo pasar un momento para preguntaros una cosa?”.

“Sin duda – le respondí – que para tal estoy, para daros respuesta a cuanta pregunta tengáis. Pasad y sentaos aquí, en este catrecillo a hacer esas cuestiones mientras, si me lo permitís, continúo mi labor”.

Entró en la estancia mirando a un lado y a otro y, sentándose a mi diestra, comenzó sus preguntas:

“Esta casa es de mi gusto tanto como la de Sevilla, ¿viviremos aquí mucho tiempo?”.

“No tal – le respondí – pues es ésta la casa de tío Juan y en ella estamos por hacer esos estudios que don Marcos mencionó sobre mis orígenes. Un día no muy lejano, vendréis con nosotros al lugar donde nací, Fuentefría, que pertenece a Grazalema de la Sierra. ¡No veréis en vuestra vida lugar como aquel! Pues es fresco, frondoso, lleno de ríos y de riscos por donde jugar. Pronto tendréis que hacer amiguitos tanto aquí, en Ronda, como allí. En vuestros ratos libres podréis jugar y saltar cual cabra por aquellos montes”.

Levantóse de su asiento y acercóse a ver lo que escribía en mi estuche portátil diciendo:

“¡Jo, papá! ¿También vos usáis esto?”.

Quedé suspenso por lo oído; más por lo primero que por lo segundo y, para quitar importancia al momento, prometíle habría uno en su propia habitación para sus estudios. Y así me contestó:

“Si pudiera ser destos que se ponen sobre la mesa, aunque más grandes y más baratos son, podría yo también usarlo para mis juegos”.

“¿También sabéis jugar con ellos? – respondí con intriga – Decid pues ahora a tío Marcos os he dado la orden de que se os ponga el que decís en vuestra estancia, de la mejor calidad y los menos fallos; sin escatimar en gasto alguno y lo antes que posible fuere”.

“¿Lo decís en serio? – preguntó casi asustado - ¿Puedo tener uno destos para mí solo?”.

“De mentir ni hacer falsas promesas he costumbre. ¡Vamos! ¿A qué perder el tiempo? Buscad a vuestro tío y acompañadlo a la compra. Elegid el que os plazca, mas aseguraos de que es de la mejor calidad y de los que no fallan, aunque en esto de que no fallen mis dudas tengo”.

Corriendo salió de la estancia quedándome agradecido y cerrando la puerta (cosa extraña en niño alguno).

En Ronda y a diez y nueve de mayo del año de dos mil e seis.

De la educación de Marino

ispuse todo para la educación y tutela de Marino, pues estando ahora un tiempo en Ronda y, quizá, otro tiempo en Sevilla, necesitaría un gran ayuda para ello.

Propuse así buscarle profesor porque no dejase sus estudios, mas al punto ofrecióse don Marcos, que ha examinado en estudios muy dificultosos y quiso Su Ilustrísima en otras materias entrar y darle la educación religiosa que no iba a tener (de esto estaba yo seguro) de la mano de cualquier otro sacerdote. Quise también hubiese una ama, que nodriza ya no necesitaba a mi parecer, que le diese el cariño de madre que no hubo e le mostrase algunas cosas desta vida que no tenía más remedio que vivir. Mencionó don Juan a Cristina, que aunque sorda, es cariñosa, educada y ha criado a seis niños y, aunque la idea no me pareció mala, pensé que en algún momento habríamos de volver a mi casa de Sevilla y sería conveniente hiciera estas labores Catalina, la mujer que de cocinera tengo y también es buena madre, pues pasado el verano quería yo volver a seguir mis labores y obligaciones en casa y en la ciudad.

“¿Qué cosa haremos – preguntó don Marcos – en estos días que hemos de investigar los orígenes de vuestra vida?”.

Y antes de darle respuesta, vino otra pregunta al aire del pequeño:

“¿Orígenes? ¿Sois acaso extraterrestre? Perdón – añadió taciturno – pues en conversaciones de adultos sé no debo entrar”.

Y agachándome de espacio frente a él y tomándole de las manos, mirélo a sus ojos y le dije:

“Extraterrestre soy si tomamos esto como que mis raíces no son de esta tierra, pues era mi padre del Nuevo Continente; y lo único que queremos averiguar tío Marcos, «el cura» y yo mesmo, son esas raíces. Y en tocando a aquesto que decís de no entrar en conversaciones de mayores, dejad que yo mesmo os indique si debéis o no entrar en ellas, que mudo no os quiero y entre adultos habréis de andar”.

Y como casi con cierto tono de disgusto, acercóse también a Marino Su Ilustrísima y tomando a éste por la cabeza con grande cariño, espetó:

“¿Y si también a mí me llamarais tío Juan? Pues eso de «el cura» me resulta distante si tan cerca hemos de estar”.

“Si permiso me dais para ello – respondió Marino – sepa vuesa merced tal cosa quería llamaros, mas no todos los días se le llama a hombre de sotana «tío»”.

Reímos todos más bien por la colección de tíos que se estaba reuniendo que por la buena intención del niño, que al oír tal respuesta de don Juan, echóse a sus brazos, y éste, viéndose ya mejorado de sus achaques, elevólo en el aire, que cosa tal no pudo nunca hacer antes.

En Ronda y a diez y nueve del año de dos mil e seis.

16 mayo, 2006

De la vuelta de dos ángeles (y 2)

bandonando con sumo cuidado la habitación, bajamos de espacio y con sigilo hasta el salón y allí encontramos a don Juan sentado tomando una taza de té y esperándonos:

“Sabía pronto bajaríais, que más cansado viene el niño que yo, pues poco ha dormido desde que a su lado no os tiene, capitán. Sentaos”.

No esperé para hacer preguntas:

“Rodeos no voy a dar, sino que a deciros vengo resumáis en poco cómo tal cosa habéis conseguido y en tan corto tiempo”.

“Rodeos no voy a dar, capitán – contestó Su Ilustrísima – que ni vos me parecéis preparado para largos sermones ni yo para sermonear y, siendo de gran contento para todos lo llevado a cabo he de resumir mis palabras, pues también yo necesito descanso y no es menester decir mucho, que a buen entendedor…”.

“Buenos entendedores somos - dijo al punto don Marcos –. Diga vuesa merced las cosas como conveniente las crea decir”.

Y sorbiendo un poco de té comenzó a hablar:

“Tengamos presente la mano de Dios Nuestro Señor siempre detrás deste asunto; sepan vuesas mercedes mi amistad con el obispo de Cáceres; no perdamos de vista la documentación que obra en poder de don Fernando; no olvidemos la clara voluntad del niño. Sumemos estos factores y… añadamos si acaso que hube una larga plática con el inspector que, en su momento, alguna cosa no muy agradable os insinuó. Y pensando yo en aquello de que cree el ladrón que todos son de su propia condición, díjele saber cosas de su vida que mejor no fuesen sabidas; e desta forma, mudó su rostro e firmó los papeles”.

Tomó otro sorbo de té e hubo una pieza de silencio. Tras ella, el abogado, que para resolver ese tipo de entuertos ha estudiado, preguntó a don Juan:

“¿Y cómo sabíais vos que el inspector alguna cosa de estas tenía que guardar?”.

E dejando la taza sobre la mesa con sumo cuidado, le respondió Su Ilustrísima:

“Nada sabía; mas siendo ya hombre entrado en años, ¿quién me asegura que algo tiene no confesable?”.

En Ronda y a diez y seis de mayo del año de dos mil e seis.

De la vuelta de dos ángeles (1)

or la puerta entró cual lagartija y a mis brazos vino e no supe cómo reaccionar e hube de contener las lágrimas mientras a mí se abrazaba repitiendo “tío Marino, tío Marino, sabía lo conseguiríais”.

Entró solemnemente Su Ilustrísima, viéndole por primera, vez en muchos años, vestido de paisano; y tras él entró don Marcos y el servicio. En un sillón dejóse caer y sus zapatos quitó empujándolos con los pies:

“Mucho tiempo ha sido sin salir de casa y demasiado lejos he ido para ser la primera vez, mas, gracias a que mis dolamas son menos y la causa era más que justa, esta pena pequeña merecía”.

“¿Un solo día y conseguís vos solo lo que imposible parecía? – le dije –. No quito mérito al ayuda de don Fernando, pero esa mesma tuve yo”.

“Solo decís y erráis – continuó hablando don Juan –, pues además del ayuda de don Fernando, a quien siempre deberemos estar agradecidos, la mano de Dios me ha acompañó tal cual os dije; mas dejemos estos temas para cuando el pequeño haya tomado la cena y tome su descanso. Sírvaseme agora una copa de vino con algún bocado que la acompañe, que el cuerpo también necesita su cumplimiento”.

Y en oyendo esto el pequeño, miróme un punto con extraño y dijo:

“Cenar sí que quisiera, tío, mas no quisiera me dejarais dormir solo esta noche y en esta casa que desconozco. ¿Me haréis compañía? Os prometo dormir en la habitación que digáis el resto de la estancia”.

“Así será si es lo que mi pequeño vasallo pide – le dije -, que han de invertirse los papeles hoy siendo vos el señor y yo el lacayo”.

E poco después nos sentamos todos a la mesa, bendijo Su Ilustrísima los alimentos (con un cansancio que asomaba en sus ojos y resonaba en su voz) y subimos a la estancia con el pequeño, don Marcos y yo. Y preparado para el descanso, mientras le hablaba, quedóse dormido como ángel en una nube. E desta forma pudimos bajar al salón para conocer algo sobre lo llevado a cabo.

En Ronda y a diez y seis de mayo del año de dos mil e seis.

Del largo día por la espera

a orden dimos de ser llamados para la misa matutina como si en casa estuviese Su Ilustrísima, e así fuimos llamados de mañana. Un cura viejo y torpe hizo la liturgia muy de menos echamos la voz y los consejos de don Juan, que en aquellas horas, ya debería estar resolviendo entuertos, que no trataba de poner a salvo a cualquier menesteroso.

Con poca palabra y poco ánimo recorrimos primero la parte más antigüa de la ciudad y, bajando luego por la Calle de Armiñán, cruzamos el Puente Nuevo. Mirando a lo lejos el paisaje, los montes recortados sobre el cielo azulado de la mañana, dijo don Marcos:

“Mucho tiempo pasa y noticias no hay. Señal me parece esto de haber ya solución o de no haberla ni con esas mil manos que don Juan menciona”.

“Esas mil manos y la forma de su partida – le respondí – hácenme pensar que muy claro debe tener el método. A don Juan conozco mejor que a vuesa merced y a don Fernando, que aunque no siempre hemos estado compartiendo nuestras vidas, es de hablar tan sincero y claro, que se llegan a leer sus pensamientos. No tengáis cuidado por tanto de un fracaso, pues si la solución ha visto, a ella llegará”.

Pasó así un día largo y fuese el sol bajando tras las casas y la Serranía trayendo la tarde. De la casa no quisimos salir por evitar el calor que ya se acerca por estas tierras y por estar entrambos pensado en que pudiere haber noticia alguna.

Y las nueve menos un cuarto serían cuando fue avisado el servicio por recoger a Su Ilustrísima y compaña, que en la misma esquina del callejón esperaban. Con esto, salió don Marcos como una exhalación por ver quién venía y viendo se retrasaba un punto, pensé: “Los sabía; ahí están”.

En Ronda y a diez y seis del año de dos mil e seis.