03 diciembre, 2005

Del primer ataque y de cómo se cumplió lo obligado (1)

hora, que el tiempo me lo permite por ser más pausado ya todo, escribo lo ocurrido en estos días pasados, que de movidos, hacen a los coches estatuas de piedra.

Llegó don Marcos la tarde de su primera reunión con la cara descompuesta e ninguna razón quería darme de lo ocurrido, mas cuando no me las dan, las tomo yo mesmo. Así lo dejé en la estancia sentado con la mirada perdida e ordené le sirviesen alguna cosa de tomar que le hiciera bien. Cuando víle más sosegado e puso su cabeza recostada en los asientos del fondo, tomé la puerta sin otro aviso e pedí a una guardia secreta fuese don Marcos atendido e vigilado por tener yo que ausentarme; e así mesmo ordené no viniese guardia alguna conmigo como protección.

Salí al aire frío del atardecer de la Plaza de San Marcos bien embozado, con paso ligero y firme, y cruzando la dicha plaza, tomé la llamada Gran Vía de San Marcos que hasta la Calle Ancha lleva e a poco de allí se encuentra la casa que ocupa Pérez del Olmo. Me entré en el zaguán e di varios golpes por que me abriesen, mas nadie apareció a la puerta, e así usé mis brazos e piernas y en dos patadas puse la puerta en el suelo e vi correr a una sirvienta con espanto. Entrando luego por una puerta más grande que a la derecha se halla, encontré un bufete donde estaba el vil hombre, que al oír e ver cómo entraba alguien, guardaba a priesa algunas cosas en un cajón. Y, en cuatro pasos, tenía el filo de mi acero en su cuello y su cuerpo tan frío como la hoja. E le dije:

No voy a preguntaros qué habéis hecho a don Marcos, pues no se puede deshacer lo hecho, sino que vais a entregarme ahora lo prometido o bien os prometo que nunca lo haréis, sino que será otro, por estar vos bajo tierra”.

No pueden ser firmados ni entregados esos documentos sin mi consentimiento completo – dijo severo -. ¿Pensáis matarme acaso como si anduvierais por el León de hace quinientos años? ¡Vamos, capitán!”.

Bien decís – contesté apretando un poco más el filo de la hoja a su cuello – que no pienso mataros, pues sería merced que no merecéis, que paréceme poco acertado ahorraros sufrimientos con la muerte pudiendo dejaros mal vivo. E voto a tal, que vais a firmar antes de que salga desta casa este que os escucha, pues por cada minuto que pase sin obtener la firma, echaréis a faltar algún trozo de vuestro descompuesto cuerpo”.

Siguió mirándome si manifestar nada, pues creyó no oía más que palabras amenazantes, mas al poco, vio como sacaba de espacio mi puñal de bajo la capa, e mirólo bajando los ojos, pues la espada le apretaba el cuello, de forma, que un movimiento de su cabeza, lo dejaría maltrecho. Así, fue siguiendo el lento movimiento del puñal por encima de la mesa donde tenía entrambas manos – palma abajo - sujetando una carpeta.

A lo que vi – le dije – el día que aquí mesmo estuve vestido con ropas modernas e desarmado y apenado por vuestras dolorosas lágrimas, sois diestro; necesitaréis pues la mano diestra para la firma que os exijo, mas, ¿para qué necesitaréis luego la zurda?”.

Se abrieron entonces un poco sus ojos con pavor y, antes de que pudiera hacer otro movimiento viéndose retenido por la espada, clavé el puñal junto a su mano diestra, e no hizo movimiento alguno, e tirando con fuerza del puño, volví a levantarlo apuntando esta vez a la otra mano. No habiendo respuesta alguna por su parte, en un movimiento rápido, clavé el puñal al madero atravesando, sin contemplación, su mano izquierda. Aguantó el gesto de dolor e ninguna palabra dijo e miraba cómo era verdad que su mano estaba cosida a la mesa.

En León y a tres de diciembre del año de dos mil e cinco.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario