20 diciembre, 2005

Del orgullo y la soberbia

legó anoche don Fernando a hora tardía e con gesto grave, diónos saludo e pasó a sus estancias. Al poco, déllas salió e sentóse junto a don Marcos; e no decía palabra ni mirábanos. E viendo yo y pensando que sintiérase molesto por lo ocurrido por la tarde, oblíguele a dar razones, diciéndole:

A lo que veo, don Fernando, o poco habéis que decir o mucho que no es de vuestro gusto”.

Pidió al servicio algo caliente de tomar por aliviar el frío, mas también por haber tiempo de pensar cuál sería la respuesta; mas tan claro era lo que tenía que decir, que hasta don Marcos sabía qué razones dar:

A fe, don Fernando, que médicos y abogados pecamos de cosa tan triste como son el orgullo y la soberbia, pues es claro – no nos engañemos – que no permitimos que quien no ha estudiado ni examinado materia alguna, pueda darnos liciones de cómo deben hacerse las cosas; e colijo no admitís que ni capitán ni médico principiante puedan saber más que vos. Por tales cosas he pasado y así he obrado; equivocadamente, desde luego. Mas dello habéis de sacar lición, que no ha ido el capitán pregonando mercancía alguna a buen precio, sino que se le ha pedido la done; y esto ha hecho”.

Inmediata fue la respuesta de don Fernando:

Más que orgullo – y sin duda soberbia – es tristeza lo que siento, pues hubiese sido de mi gusto poder usar yo mesmo tales conocimientos para bien de los demás”.

Puse entonces mis palabras por si ello aclarase algo de lo sucedido:

El nombre científico de lo que en el doctor Pineda habéis descubierto me es desconocido; para eso están los doctores que son los que todo esto han estudiado, e nunca he de poner en duda salvan vidas. Mas no las salvan por saber el nombre del mal, que no sé cuál es el que dais a esa piedra que en el riñón se esconde e tanto adolora al que la padece, que quiere antes morirse que volver a sentir tanta fatiga. Este mal podéis curar, pues duda alguna me cabe de que sabéis e podéis hacerlo”.

Así, me miró don Fernando sonriendo, mas con sorpresa, sorbió un poco de caldo caliente e dijo:

Orgullo, sí; debe ser eso, pues nadie os ha dicho que lo que tiene este doctor es algo parecido a una piedra que en el riñón se forma; mas llamamos nosotros a esto «cálculo renal»; e será curado. Ahora he de reconocer el valor de vuestra ciencia como vos reconocéis el de la mía e admitir que no se aprehenden las artes, sino las técnicas que han de usarse, pues quien no nace con el don de crear, a otras cosas debe dedicarse. Con esto, os doy mi agradecimiento por la ayuda prestada e os manifiesto mi admiración por el don que tenéis y habéis despertado en el doctor Menéndez”.

Lástima – concluí – que tengamos que partir a pasar las fiestas en Sevilla y poco vayamos a volver luego a Madrid, mas fe tengo en que Menéndez sabrá cuidar lo descubierto en sí, hacerlo crecer e darle buen fin. Dediquémonos pues cada uno a nuestros menesteres, que así Dios lo ha dispuesto”.

En Madrid y a veinte de diciembre del año de dos mil e cinco.

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