13 diciembre, 2005

Del día de la mala ventura

artes y trece. Casi todo está dicho en diciendo lo acontecido en uno destos días; segundo de la semana y decimotercero del duodécimo mes. No sé si escribo hoy diario o sentencia; e si siendo sentencia, fuere de muerte, que no habría peor dictamen que el hecho en tan señalado día.

Estuvimos sentados en silencio toda la noche anterior, pues no quise yo arrancar palabras, sino que éstas manaran como de natural lo hace el agua de una fuente. E no hubo una gota con la que calmar la sed que me desazonaba antes del sueño. Mas, apagadas las luces, oíle hablar:

“Perdón no he de pediros – dijo -, pues tal merced no merezco. Dormid ahora que bien sabréis mañana todo lo acontecido”.

Con el primer rayo tenue de luz que entró por entre los postigos del balcón, levantóse don Marcos, abrigóse e pasó a la sala cerrando luego la puerta. E no pasó un minuto cuando lo mesmo hice y, entrando en el salón, hallélo sentado e con la cabeza gacha.

Me dirigí luego a la entrada, abrí la puerta de la estancia y encontré allí apostado al guardia que miróme con asombro e pedíle diera aviso de ser servido el desayuno por no saber yo cómo hacerlo; y esto hizo.

Volví al salón de espacio e observando, mas no advertí movimiento alguno en mi compañero, e así acerquéme a él paso a paso por la grande e mullida alfombra hasta ponerme a su lado y, tomándolo por los hombros, logré se levantara y llevélo a la mesa de comedor. Y en profundo silencio restamos ambos hasta que alguien trujo el desayuno e lo dejó junto a la mesa. Cogí de esta mi jugo e serví luego a don Marcos, mas, al ver lo que yo hacía rompió el luengo silencio:

¿Servís vos a quien debería serviros? ¿Buscáis, encontráis, recuperáis, cuidáis y servís a quien os ha traicionado?”.

E no di respuesta a tales preguntas, sino que serví también lo que habría de romper mi largo ayuno. Y antes de empezar a tomar bocado, volvió a hablar:

Así como anoche os dije, he de referiros todo lo ocurrido, pues igual que el licor merma la razón y es necesario arrojarlo, nos merman las faltas y han de ser también arrojadas; mas he de vomitar esto por quitar vuestro pesar, que el mío de seguro seguirá acompañándome toda la vida”.

Vuestra razón os honra – respondí -, mas no importa ya se sepa falta alguna antes o después de llenar el estómago; después quizá sea más fácil. Comed primero e tomad fuerzas. Hacedlo por vos y por mí”.

Dimos buen cumplimiento a casi todo lo servido guardando el silencio como se guarda un tesoro e, terminado el refectorio, comenzó a hablar muy pausado:

Era mi misión, lo encomendado, obtener las firmas necesarias que obligaren a don Enrique Vargas a devolver lo que os pertenece, mas nunca encontré en mi camino a persona vil cual este Pérez; no por negarse a estampar las firmas, sino por usar este acto para ponerme contra vos, pues el día que le hice visita para ello, dióme razones – más que de peso – de que, firmando estos documentos, moriríais vos; y ya fallecido, seguiría todo tal cual estaba; como si no existierais, que en todo caso, sería más creído que veros vivo cinco siglos después. No faltaba detalle en su trazado y tan claro era, que ya os veía muerto si firmaba. Con esto, decidí yo mesmo no firmase papel alguno e que perdieseis todo, que antes os prefería vivo. Mas, vive Dios, que no pensé que llegarais a obtener vos mesmo las pretendidas rúbricas pues, al guardar los documentos sin firma, pude ver con nitidez y claridad de día en su cajón, un bote con forma y color que jamás podría confundir entre otros; un pequeño bote de tinta que es llamada «china», no por ser de color negro, sino por usarse para ciertas chanzas, de tal forma, que arrojado el líquido sobre una camisa nos parece mancillada para siempre; inútil. Mas tiene esta tinta un curioso poder, pues en un día desaparece como raposa sin dejar rastro alguno. Así hube gran enojo cuando fuisteis vos mesmo a que se os estamparan las doce firmas necesarias e vi luego la color de la tinta que había usado el villano. Mi sorpresa llegó un día después, que viendo aún los trazos en su sitio por no sé qué arte que usasteis, sabía moriríais sin remedio. Con esto, decidí dejar que el sino viniese e nos llevase a ambos, mas pasaba el tiempo e no veía yo a la muerte asomarse por do menos lo esperásemos arrastrando incluso a doña Nicolasa y al pequeño. E no fue así, por conocer don Pablo Pérez que la tinta seguía visible; y tal como seguía sin creeros vivo, no creyó tal cosa posible; y tal como llegó a ver que sus firmas eran indelebles, llegó al convencimiento de verse viviendo de la limosna y decidió segar su vida”.

Tras un poco de silencio, con su vista en la mesa e sin respuesta alguna, miróme a los ojos e advirtió que yo le sonreía. No entendía lo que estaba ocurriendo, pues sintiéndose culpable de esta y otras más cosas, pensó en mi mala respuesta; e a esto contesté:

Querido amigo, mi valido, mi hombre de confianza, que aún lo sois y seguiréis siéndolo; que si pedís la merced del perdón os la daré aunque no hallo culpa alguna en vos; poned atención y oíd lo que os digo: Cuando los ladrones asaltan las calles, hay un remedio y una solución; prohibir a las gentes salir a la calle con vestidos muy ricos es un remedio; blandir la espada de la disciplina es la solución. Salgamos pues ricamente vestidos a dar un paseo”.

Y en oyendo esto, también sonrió.

En León y a trece de diciembre del año de dos mil e cinco.

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