uedaron doña Nicolasa y Catalina, la cocinera, preparando un plato exquisito que cómese por estas fechas en Plasencia; e vi yo hacían buena amistad entrambas. Y en esto, salimos a dar paseo por Sevilla Tío Marcos, Tío Marino, “el cura” y Marinín, que algunos belenes de los que las calles adornan íbamos a mostrarle. Y era maravilla de ver al niño e la su cara en mirando tales paisajes, pues en ellos veía cuanto iba contando Su Ilustrísima, que refería la historia del misterio de cada rincón: “E viendo este y otros misterios de los belenes, vio Marinín algo que, escondido en un rincón, llamó su atención; e no atrevíase a hacer pregunta alguna; así, dijome al oído:
“Aqueste hombre que en el rincón hállase, paréceme indispuesto, pues creo que agachado está haciendo…”.
E fueron tales mis risas que esto referí a don Juan, e siendo éste hombre de grande sabiduría e santidad, no tiene nunca su lengua amarrada, e así le dio las razones que el niño no entendía:
“¿Cómo decís que no habéis visto nunca a cagón en belén? Pues habéis de saber que es uso
harto antigüo el poner un hombre destos cagando en cada uno, que no comiendo estaban todos cuando el Niño nasció e alguno estaría en tal momento en ese aprieto; así pues, podéis ver allá a los soldados en sus guardias, e acá a una mujer que la ropa lava en el río e un zagal que cuida sus ovejas acullá, en lo alto de aquel otero; este labrador tira de la yunta e aquellas mujeres recogen las aceitunas que los hombres varean; allá, a lo lejos, vense los soldados en la matanza de los inocentes y en la cueva, reunidos junto al fuego, están otros pastores cuidando su piara de cerdos”.
E miraban aquellos ojos a do señalaba don Juan e atendía a cuanto manifestaba, mas a mis espaldas oí a don Marcos diciendo quedo: “Y en alguna otra tareas los habría empeñados”.
En Sevilla y a veinte y ocho de diciembre del año de dos mil e cinco.


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