cupó la mañana don Marcos en la entrega de todo lo necesario para dar cumplimiento a cuanto trámite húbose realizado, quedando así las cosas como advirtióme don Juan; e a éste habría de ir a visitar por hacerle entrega de lo que le pertenecía.Quise hacer hoy conferencia con aquellos que estaban lejos, mas había mi sobrino, don Fernando, preparado el cónclave de los médicos, que según me manifestó, no era tal, sino lo llamado «debate» – que más me sonaba a batirse que a hablarse - donde acudirían primero cinco médicos como le pedí, yo mesmo como para dar razones y él como «moderador», que parecióme puesto de bajar humos más que otra cosa alguna.
Llegada las cinco de la tarde, entramos en la sala del hospital de Gregorio Marañón. Sentáronse a un lado de la larga mesa cinco hombres de bata blanca, a un extremo don Fernando y frente a los cinco, un servidor; e sólo con tenerlos cerca, ya veía yo no haber persona allí preparada para lo que habría de manifestar.
Todos ellos tenían papel para anotar cuanto dijese e había también dos estuches portátiles; uno dellos de un doctor y otro de don Fernando. E así habló el moderador:
“Señores, frente a vuesas mercedes hállase el Capitán Alacaída, del cual hablar habéis oído ya por lo hecho con el niño Marino García Rodríguez, de seis años de edad. E como estos e otros muchos datos ya se han hablado, quisiera dejar al capitán, nos diere una primera charla a modo de introducción al tema. Capitán – se dirigió a mí -, sentados tenéis ante vos a los doctores Andrade, Calvo, Pineda, Otero y Méndez, por si alguna palabra quisiéredes decirles antes de comenzar. Comencemos pues”.
Mas mirando yo los rostros de aquellos doctores, supe no había en ellos alguno que pudiere comprender el tema que a tratarse iba, e pidiendo mis excusas, quise tener una corta plática aparte con don Fernando, e así se me permitió:
“No puedo hablar a estos doctores – le dije en otra sala -; sólo su rostro, una sensación que percibo de todos ellos, me dice que no hay persona aquí que aprehender pueda los conocimientos que guardo”.
“¿Acaso decís que ni yo mesmo soy persona capaz de aprehender tales cosas? – dijo con enojo -. Dígame pues vuesa merced quién puede aprehender esta ciencia mejor sino los mejores doctores que han pasado examen y que en Madrid ejercen, pues no sois vos un doctor y lo habéis hecho”.
“No es ésta ciencia que pueda aprehenderse – dije con sosiego – sino por aquellos que tienen en su mente un don que no se aprehende en leyendo ni ha de pasar examen alguno. Mostradme pues a otros cinco doctores, que no creo que entre diez dellos no haya uno que sí lo tenga”.
“¿Qué cosa decís? – contestó con gran enojo - ¿Pensáis acaso que voy yo a decir a mis colegas que no han suficiente preparación para saber lo que vos sabéis?”.
“Eso no he dicho – aclaré -, sobrino, sino que yo mesmo he de darles razones, pues no sabréis vos tampoco qué decirles”.
Con esto, e disimulando su enojo, volvimos a la sala e tomamos asiento, e así dijo don Fernando:
“Estimados colegas, creo necesario que el capitán dé antes ciertas razones, e mucho temo no sean de total agrado para nosotros, mas pienso que habiéndose ofrecido él mismo a este debate, han de ser cosas importantes de oír”.
Entre los doctores hubo confusión e algunas se dijeron unos a otros en baja voz, e terminada aquella agitación, les dije:
“Nadie va a negar seáis doctores principales; mucho menos yo, que no he pisado la universidad sino para otros menesteres. Mas el tema que nos trae a este debate, no es ciencia que se estudie, sino con la que se nace e dormida está; y es menester despertarla. Y esta mesma ciencia está dentro de mí y es la que permitió que ciertos conocimientos en mí se acomodasen, como maravilloso huésped; y es también la que me permite saber con sólo una mirada, que no hay aquí persona alguna nascida ya con ella dentro. Así pues, inútil sería cualquier lición que os diera, pues están vuestras mentes bien preparadas para unos saberes, pero no para otros. Ruego con esto no se tenga en cuenta lo que digo como desprecio u ofensa, sino como lo que siento; mas sabiendo que oír cosas así produce fatiga, dispuesto estoy, si don Fernando lo está, a ponerme frente a otros cinco médicos estando vuesas mercedes presentes. Desta forma, todo habrá de quedar bien claro”.
Oyéronse murmullos entre ellos e veíaseles como insultados porque un capitán diera liciones a unos doctores. Así, pedí a don Fernando hiciera pasar a otros cinco doctores más, aunque no fuesen éstos tan principales; e más por lavar su orgullo que otra cosa alguna, salió de la sala unos minutos mientras uno de aquellos doctores, se levantó con grande soberbia e partió por otra puerta.
Volvió al poco con otros cinco que entraron en la sala confusos, pues no sabían bien qué cosa les esperaba allí. E dijo don Fernando a éstos permanecieran cerca de la mesa e quién era yo. Con esto, miré unos ojos obscuros:
“Vuesa merced puede ayudar a muchos en sus sufrimientos”.
Era el doctor Menéndez.
Me levanté del asiento sin decir palabra alguna e acerquéme a él de espacio, e al ver me dirigía a él, exclamó:
“¿Qué cosas sabéis que no alcanza mi conocimiento a razonar? Pues entiendo razones que me dais ¡y no habéis hablado!”.
“Así es – le contesté sereno -, señor doctor, que además de haber examinado en vuestras materias, tenéis otra dormida y habrá que despertarla. Decid ahora, si no os incomoda, qué cosa veis en los presentes”.
E mirando a los ojos del doctor Pineda, mudó su rostro, se acercó por su espalda, puso su mano diestra en su hombro e dijo:
“Tiene este cuerpo un mal que va a producir grandes dolores e menester sería hacer pruebas por saber es cierto lo que digo”.
“Cierto es – aseguré -, mas no hemos de decir nosotros de qué mal se trata, sino que han de usarse estos artilugios modernos por saber de qué adolece. En vuestras manos está el remedio, doctores, que cosa grave no es”.
E saliendo luego por la puerta, dije a don Fernando me tornara a llevar a casa.
En Madrid y a diez y nueve de diciembre del año de dos mil e cinco.


Muy lindo el blog. La ambientación genial. He leído poco, pero se ve bien.
ResponderBorrarSaludos