asamos el día con doña Nicolasa e Marino en paseos por la ciudad viendo aquello que hubo lugar, pues es ésta ciudad de mucho ver. Usé para ello mis modernas ropas, e vio así el niño que no deja uno de ser capitán por lo puesto, como hábito no hace fraile al que lo vista. E puse al pequeño Marino sentado sobre mis hombros e fue así viendo todo desde más alto e sin tener que andar, pues de la enfermedad tenida aún se encontraba débil. Mucho se comentó de lo acaecido e mucha pregunte hube de contestar, mas supo don Marcos a muchas dellas dar respuesta; e desta forma compartimos las tareas.Volviendo por tarde al parador, cuando veníase el frío e íbase el sol, observamos el antigüo hospital al fondo de la plaza e dijo así doña Nicolasa:
“En verdad, que nunca hubiese pensado que es aquesto un lugar donde hospedarse, sino que parecióme museo desde un principio, e siendo humilde nuestra casa, han sido estos días en Madrid y en vuestra compaña la firma del regalo que nos habéis hecho, que diciendo verdad, no sé como podría agradecerlo”.
E a estas humildes palabras, contestación quise dar:
“Si es regalo, no debe pagarse; mas ya lo habéis hecho. E tampoco sé yo cómo pagaros cuantas veces habéis agradecido lo sucedido. Disfrutad ahora de lo que tenéis e no desperdiciarlo, e así como yo he hecho con vos, haced vos con los demás”.
Y a esta respuesta cambió don Marcos su gesto, tal vez por no entender muy bien lo oído, mas, tras despedirnos luego antes de retirarnos para el descanso – pues partirían temprano por la mañana – dijo don Marcos algunas palabras como si fuese yo quien las dijera:
“No es de razón que viváis el resto de vuestras vidas por un lado y nosotros por otro, pues, de una forma u otra, están éstas unidas quizá para siempre. Sería por tanto lo más atinado que el resto de las vidas de los aquí presentes se compartiese tal como familia lo hace, pues unidas están de alguna forma”.
E así, concluí las razones dadas, pues parecióme faltaba algo por decir, e propuse a nuestros nuevos amigos viniesen a vivir con nosotros a Sevilla, que siendo lugar más caluroso, es ciudad importante, si ello no significare sacrificio en dejar la bella ciudad de Plasencia.
Pensó doña Nicolasa quería yo acaso seguir vigilando al niño por si volviese la enfermedad, mas aseguréle que moriría como todo humano, pero nunca aquella enfermedad padecida sería la causa de su muerte y no era por tanto necesaria alguna vigilancia. Y con esto, hicimos acuerdo de vernos en Sevilla un tiempo terminada nuestra empresa.
Quedaba tan solo hacer registro de los documentos firmados, e no siendo necesario volver a visitar a Pérez del Olmo, decidió don Marcos zanjar él tal asunto e recoger la licencia para exigir lo aún en poder de don Enrique Vargas; e los documentos que serían menester, habrían de ser negociados en Madrid. Con esto, parecía acabarse tanto viaje como hubo, e así se lo manifesté a mi compañero, así parecióme entender insinuaba que alguna cosa habría que no me diese mucho gusto. E deste asunto no quise haber noticia hasta que no partiese mi joven vasallo con su madre.
En León y a nueve de diciembre del año de dos mil e cinco.


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