17 diciembre, 2005

De un día de merecida holganza

río sábado en León, para andar en paseos, que hemos ocupado en otros asuntos sin del parador haber la necesidad de salir, pues sentados en los cómodos sillones de la taberna, hubimos algunas pláticas más por aclarar aún ciertas cosas.

Sería menester saber, principalmente, si terminada la empresa que tanto tiempo nos ha llevado, sería al momento de hacer visita a don Enrique Vargas, pues como bien dijo don Marcos, bien cerca están ya las fiestas de la Natividad e habría que celebrarlas en algún sitio; e pensando yo que don Fernando hállase no muy acompañado ni ocupado en estas fechas, bien pudiésemos pasar estos días en mi casa de Sevilla, pues demasiado tiempo lleva privada de mi presencia. E así, en oyendo esto, propuso don Marcos:

Es de mi gusto lo que decís, pues podéis haber encuentro con los tales médicos y partir luego ambos con vuestro sobrino a Sevilla, que he de confesaros no conozco como quisiera. E si aposento hubiere para estos invitados, un placer sería pasar algunos días juntos en aquella ciudad”.

“¿Cómo no he de tener un sitio en mi galpón – apunté – que agradaros pudiere? Estancias sobran e comodidades, e buen servicio tengo que ha de trataros como a mí me trata; e bien se puede pasear casi todo el día por la ciudad, pues aún siendo frío el tiempo, más os parecerá estar en primavera que otra cosa”.

E tanta ilusión fizo a don Marcos conocer mi casa, que llamó por teléfono a don Fernando e quísole hacer tales proposiciones; e tal como lo pensó, lo hizo, aunque dudó mi sobrino en dejar en Madrid a alguna otra parte de la familia. Mas todo el trazado habría de hacerse en Madrid, que no pudiendo restar en casa todos los días, algunos sí iría a pasar con nosotros.

Hubimos un especial almuerzo por considerarlo el último en el parador, pues al día siguiente todo serían preparativos e viajes. Con esto, nos despedimos también de don Manuel, el metre del comedor, e vi a don Marcos entregar con grande disimulo alguna cosa en su mano cerrada, e fue del gusto del metre, que aun sonriendo todo el tiempo, más sonriente se mostró con este gesto.

Un día de holganza ha sido, pues, que también habíamos necesidad de estos descansos e aún había mucho camino que andar.

En León y a diez y siete de diciembre del año de dos mil e cinco.

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