24 diciembre, 2005

De los días de la paz: Segundo en Sevilla (2)

iraba en derredor los rostros de las gentes que allí esperaban acaso a otro familiar enfermo o accidentado, y entre ellos los había con gesto grave, en llantos e también enfermos, que en esto no he duda con una sola mirada. Estaba la sala llena de tristeza que podía notar en la piel. Sonaban musiquillas de móviles por doquier e oíanse voces de dolor entre otras que murmuraban. Pasó entre nosotros una cama con ruedas e quise ver en ella a una mujer maltrecha e sin conciencia; e toda ella iba con cordones como atada y unos a modo de tubos, e gritaban los médicos porque se apartase la gente dejándoles paso franco, mas ya había visto yo en su rostro asomar el aviso de sus últimos momentos. Descubríme, púseme en pie y así permanecí, pues advertí estar en un lugar donde la muerte pasea muy a menudo.

No era posible en tal estancia haber conocimiento del paso del tiempo, e no sé cuándo – aunque parecióme larga la espera – apareció don Fernando ya con vestimenta verde e gorro, como uno otro médico más; e no parecióme ver en su cara alguna buena noticia. Mucho habló e poco entendí, mas dijo estar don Marcos ya «fuera de peligro», que no entendí aquesto de que en peligro alguno se pudiese entrar, sino que la vida parecía habérsele salvado. Con esto, me tomó por el brazo e nos entramos en otra sala diciendo no era posible entrar a la tal sala «uci» sin permiso adecuado del doctor de aquel hospital. E ya entrambos a solas, aconsejóme volver a casa por hacer buen recibimiento a don Juan, restar en la casa unas horas con los invitados e, si fuese mi deseo, volver más tarde a aquel lugar pero con ropas modernas, pues tal vez fuere posible hacer visita a don Marcos; e advirtióme ser desatino nombrar lo sucedido en casa, sino decir que había un problema que tendría su solución. Acepté lo propuesto por mi sobrino e llevóme éste hasta afuera del lugar, pidió a un cochero me trujese a mi domicilio e pagó el viaje antes; y en todo aquel viaje no hubo palabra alguna.

Me entré en la casa y llegóse a mí Chuti, que esperábame con ansias de saber lo acontecido, e preguntéle si se hubo hablado algo de aquello e di orden de no manifestar siquiera preocupación, por estar don Marcos con la persona al efecto. Pasé luego al comedor e hubimos algunas pláticas con el pequeño, pues estaba don Juan en camino y pronto a llegar e traería un regalo al joven vasallo:

Capitán – dijo el pequeño -, ¿han de tardar mucho estos hombres en venir con el cura?, pues aquí sentado me llega el aburrimiento”.

E terció doña Nicolasa:

“No estorbéis de forma alguna al capitán agora, que mucho tiene que preparar y en ayudarle deberíais poner vuestro empeño”.

No ha de ser así – le contesté –, que al gabinete pasaremos y hay allí muchos «deuvedés» esperando a que Marino los vea y escuche, que con estos discos mucho se divierte y se aprende. ¿Os gustaría tal, mi pequeño vasallo?”.

Pregunté luego a la servidumbre si no habría en la salita cosa alguna que no debiera ver el niño e fuéme asegurado que todo estaba como era menester. Con esto, cruzamos el patio hasta el gabinete, pues estando allí sentados, estaría el niño de más contento y nosotros más atentos a la llegada de Su Ilustrísima. E tomando aparte un instante a la madre, advertíle tener don Marcos un problema pasajero e no debía haber preocupación alguna ni habría de hacer comentario sobre lo sucedido.

Así pues, pasamos el resto del tiempo hasta recibir el aviso de la esperada llegada.

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