24 diciembre, 2005

De los días de la paz: Segundo en Sevilla (1)

sperábamos la llegada por la tarde de don Juan que sería traído a Sevilla por un cochero que bien le conoce, pues siendo Ronda ciudad grande e importante, conócense todos como una sola familia. E prometióle este hombre ayudarle a preparar todo el viaje e dejarlo en casa.

Salió don Fernando por la mañana a hacer visita a colega que en la Plaza de Molviedro vive, e puede irse hasta allí en agradable paseo. E así el resto de los reunidos y yo salimos a dar un paseo por que conociesen éstos los lugares más cercanos a la casa. Subimos hasta la Calle Pajaritos y bajamos por ella hasta la Plaza de San Francisco, donde se halla el Ayuntamiento de esta ciudad. Vovimos luego de espacio subiendo por la Cuesta del Rosario hasta la Plaza de la Alfalfa e de allí hacia Cabeza del Rey don Pedro, donde se halla hornacina en alto con cabeza de piedra que al rey don Pedro representa, e dispuesto estaba a referir la historia de tal lugar, cuando dijo don Marcos encontrarse mal, e mirándole a los ojos, no advertí cosa alguna. Y con esto me dijo:

No se preocupe vuesa merced, pues fue un vahído sin duda e ya pasó por ventura, mas me gustaría volver a la casa pues no me veo con fuerzas para seguir paseando. No habréis de tener cuidado, que sé que subiendo por esta calle Corral del Rey, a la casa se vuelve sin dificultad. Seguid pues vuestro paseo e allí os esperaré”.

Insistir no quise en que quedárase, pues aún no encontrando motivo de malestar alguno, sé que a veces apetece uno soledad más que otra cosa, mas no hubo pasado mucho de su partida, cuando propuse a doña Nicolasa volver y salir más tarde. No quería Marino subir por una calle, sino por otra, mas convencílo de ello poniéndolo sobre mis hombros e mostrándole de cerca la cabeza que casi se esconde en aquel lugar. Subimos luego en pláticas hasta la entrada de la calle, e siendo tranquilo aún este lugar, oyó el servicio mi voz; e mirando al portal, advertí que esperábanos Chuti con grande impaciencia e hacíame gesto de apresurarme por llegar e mostraba su rostro turbación. Viendo esto, dije a doña Nicolasa esperase en la esquina hasta que fuese avisada, pues no quería que el niño oyese cosa alguna que no debiera, e acercándome calle abajo, subía Chuti con priesa hacia mí diciendo a media voz e con rapidez:

¡Por ventura llegáis, señor!, que ha venido el señor don Marcos con la tez blanca e pareciendo no oír lo que le decíamos; y en entrando en la casa, sentóse a la mesa de camilla del gabinete y he mirado por ver que no se metieran las faldas en el brasero por no haber desgracia y echado sobre la mesa parece enfermo, e bien ventilada está la pieza, que no es posible se haya atufado con los gases. Pasad señor cuanto antes e miradlo vos mesmo”.

Ordené con esto entrase a la madre y su hijo al comedor e sirviese alguna cosa al pequeño e también dije no debería éste oír cosa alguna de lo acontecido.

Al entrar en la estancia, que entre penumbras se hallaba, víle con sus brazos extendidos y la cabeza sobre la mesa, y junto a él, descubrí un frasco de medicina y un vaso de agua casi vacío. Pensando en cualquier otra cosa menos en un dolor de cabeza, di aviso al móvil de don Fernando, e cuando referíle la escena, me pidió le leyera el nombre del frasco que contuvo la tal receta, e haciendo esto, pidióme avisar al servicio de estar preparados para la llegada de los médicos que acuden en estos casos, pues sin duda alguna, intentó don Marcos quitarse la vida con tales tósigos. Mas vi yo respiraba lento, como dormido, e no parecióme haber conseguido lo que en su cabeza llevara.

Vinieron los doctores dentro de cinco minutos e fuéme dada la orden de salir de la sala; después, salían a priesa con él en una camilla; e oí sonar con gran estruendo el gran coche que se alejaba.

No quise pasar al comedor y en el patio esperé un minuto que me pareció eternidad hasta que apareció don Fernando e dijo tenía un coche esperando, pues habríamos de ir a lo que llamó “Urgencias del Hospital Virgen del Rocío”. Dijo al cochero fuese a priesa y al hospital llegamos dentro de otros diez minutos y, entrando en una sala llena de gente que parecía casi toda enferma, preguntó por el abogado e nos fue dicho que estaba en lo que es llamado la «Uci».

E siendo él doctor, pudo pasar por unas puertas e pidióme esperase en la sala pues habría de volver a decirme lo ocurrido. Y en una de aquellas incómodas sillas sentéme e dispúseme a esperar.

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