24 diciembre, 2005

De los días de la paz: Segundo en Sevilla (y 3)

yéronse fuertes ruidos de cascabeles que llegaban de la esquina de la Calle de Argote de Molina, y en oyendo esto, salió Marino corriendo creyendo iba a ver a aquel mensajero de la Navidad que trae los regalos e ilusiones a los niños. “¡Aún no ha llegado la Navidad!”, gritó doña Nicolasa al joven. Pero no somos los adultos menos curiosos que los niños, e le seguimos, pues aún sabiendo que las tradiciones nosotros mesmos las creamos, nosotros mesmos las creemos.

E grande fue nuestra sorpresa, pues movíase una grande carroza de colores rojos con hasta seis blancos caballos enjaezados e con grandes cascabeles cantarines en la esquina de la calle; e por Estrella bajamos el tramo hasta la carroza, e vimos bajar de ella a un hombre bonachón, de ricas ropas, e tomaron los criados sus bultos por entrarlos a la casa; e miraba el joven vasallo con los sus ojos más abiertos que nunca a aquel hombre sonriente: “¡Es Papá Noel!”; mas insistía su madre – no sin asombro en su rostro – que cosa tal no era posible: “¿Qué habéis preparado capitán?, que ya empiezo a conoceros”.

Fue grande e ceremonioso el recibimiento, pues bajó del coche una mirada que yo conocía de ciudad cercana e miróme con picardía, e tomando en sus brazos al pequeño Marino, narrándole historias subió hasta la casa, mas hubo que sentarlo una pieza en cómodo sillón, que los años no pasan en balde para obispo alguno. Descansado luego, tomó unas sacas rústicas e abriólas ante la mirada de esperanza del niño e le dijo:

No es posible ver a Papá Noel, pues en la noche se esconde, e trae los regalos y la felicidad en coche como el que traigo, que volando en trineo tirado por renos suele aparecer, mas estando en Sevilla y no viendo aquí la nieve más que acumulada en neveras, habrá de cambiar esos renos por caballos blancos como estos. Aquí pues os traigo un mensaje dél, que como no ha de venir hasta la misma noche de Navidad, quiere adelantaros alguna cosa de mano de su servidor, el emisario; tomad de esta bolsa cuanto en ella viene, pues vuestro es todo”.

Y el niño estaba embelesado mirando cuanto la saca traía e decíame el obispo ijadeando:

A fe, capitán, que si me pidiérais otra vez venir a Sevilla, no sé qué cosa iba a trazar por ser sorpresa, que también nosotros necesitamos alegrías que compensen los males, y en ello he puesto cuanto empeño he podido; e no digáis ahora que falta detalle, que bien os conozco, mas mejor conozco la historia de Papá Noel y a ella me ajustado”.

¿Qué decís? – repuse – Si tan bien conocéis la historia deste personaje ¿por qué no habréis de contarla a Marino? Sepa vuesa merced que no podéis mejor haber atinado al hacer tan grande esfuerzo por traer ilusión, pues mala noticia os tengo en reserva y razones della he de daros porque es de cumplimiento, no por ser de mi gusto, que ha intentado don Marcos acabar son su vida y en el hospital está ahora recuperándose de tal despropósito. No tengáis cuidado que todo está bien atado, mas necesito ahora vuestro valioso ayuda”.

Así, pasamos el resto del día hasta la hora de la cena e fue el mismo obispo quien llevó al pequeño a su habitación e díjole debería dormir tranquilo por ver cómo dentro de dos días vendría el verdadero Mensajero de la Navidad.

E fueron las cosas luego muy distintas, pues quedóse la madre con su niño e partimos nosotros al hospital; mas antes de salir, tomé de mi equipaje los remedios que siempre llevo a provisión, que aunque estos médicos tienen buenos métodos para curar ciertos males, tampoco vendría mal algún ayuda que los reforzare.

En Sevilla y a veinte y tres de diciembre del año de dos mil e cinco.

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