22 diciembre, 2005

De los días de la paz: Primero en Sevilla

osa alguna principal aconteció en el viaje en la tortura veloz que llaman ave, aunque mucho se habló de nuestras vidas, pues cada cual muchas cosas había que referir. Así, Madre e hijo dieron razones de su solitaria vida en Plasencia; de cosa alguna podía hablar don Fernando sino de su trabajo, pues todo el día dedícase a sus enfermos y vida triste parecióme ser la que pasa junto a enfermos e muertes, mas aseguró se vive esto como vocación e no como obligación; algunos detalles de mi vida hube de dar sin manifestar cosa alguna sobre lo aún no descubierto; y el casi completo silencio de don Marcos advertimos, mas ninguno de nosotros quisimos dijese lo que no parecía querer fuere conocido.

Nos esperaba el servicio en el patio, cerca de la cancela que cierra la casa dejando sin embargo pasar el aire fresco que en verano es alivio. Fueron los criados a por los bultos al coche, después de que abrieron la puerta de la cochera, que aunque no era usada, se había preparado para esta ocasión, pues muy estrechas son estas calles de Sevilla y sitio no hay donde parar el coche. Pasamos todos por el vestíbulo hasta el gabinete, que no está dedicado sino a sala de estar e cual bufete o escritorio o recibidor, pues tiene puerta directa al patio e muy cercana a la entrada principal.

Observé al punto cómo húbose instalado una conferencia en una de sus paredes, junto al bargueño que aún uso como lugar donde escribir e que se encuentra frente a la mesa de camilla rodeada por cómodos sillones donde descansamos una buena pieza e calentamos nuestros pies en el brasero de la mesa (que es aquí llamado copa) y que aún teniendo los sistemas modernos para calentar la casa, seguimos usando.

Con esto, y siendo de por mí de natural impaciente para ciertas cosas, quise haber mi primera conferencia con Su Ilustrísima, de forma tal, que tuviésemos todos con él unas pláticas. E, por primera vez y como cosa nueva para mí, llamé a don Juan por teléfono e no tardó éste mucho en contestar. Oíanse como fondo los cánticos del los niños del Colegio de San Ildefonso, que aún cantaban los premios de la lotería que viénese jugando en España desde hace casi dos siglos e de una forma muy parecida. En esto, quedóse asombrado don Juan de mi llamada e de mis palabras ajustadas al uso e le pregunté si sería posible haber conferencia. En pocos minutos, sonaron las chirimías como las de la casa de don Fernando al iluminarse la ventana luminosa (o pantalla). Y allí, sentado también en un sillón, apareció la sala de la casa de Ronda y don Juan, que en el centro se hallaba sentado y comenzó diciendo:

Nuestra Señora Santa María a todos os bendiga, pues mucha gente veo ahí reunida y en bendiciones y saludos puede irse el tiempo, aunque déste no ando falto, que hasta la hora del almuerzo no pensaba hacer otra cosa sino leer. Buenas tardes tengan vuesas mercedes todas; capitán y sobrino, que tanto me alegra de veros en Sevilla y en vuestro gabinete, donde años ha que no entro; don Fernando, nuestro sobrino y médico que de tan útil nos ha sido en esta empresa y que no diría yo que tan bien como el capitán os conserváis mas se os ve siempre igual, como si los años por vos no pasaran y no como este servidor vuestro, que va entrando en los años llamados de júbilo e que de tanta alegría no son, que empiezan las doleras (que dicen a los achaques) y todo es calle cuesta arriba; ¡ay, don Marcos! Gallardo como siempre, ¿qué manifestaros sino mi admiración por la forma en que habéis actuado para conseguir lo que imposible parecía? Bien llegado seáis a Sevilla y bienvenido seáis en su momento a esta humilde morada de Ronda; e veo ahí al lado al pequeño vasallo del que un pajarito hablóme ciertas cosas y que no suelta su nuevo muñeco mas no sabe tal vez que en viniendo a esta Ciudad de Ronda encontrará otro muñeco más que la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo dejará ahí, junto a ese humilde belén, e ¡sabe Dios si el paso de los Reyes Magos por esta casa dejará alguna otra cosita para él!; y doña Nicolasa, ¿qué decir de vos sino felicitaros por vuestra entereza en los momentos difíciles, que ya veis que bien es cierto que Dios aprieta pero no ahoga, aunque alguna marca deja, eso sí, mas con marca o sin ella, pues seguro estoy de que ha de curarse el dolor del espíritu tanto como el del alma, también querría ofreceros mi casa por si tuviéredes a bien hacer visita a esta ciudad e a este humilde servidor de Dios Nuestro Señor y de vuesas mercedes. Parece así reunida toda una familia donde nadie es familiar de nadie y todos lo son de todos, y si no dejo de hablar me pasará como siempre, que de andar haciendo incisos uno tras otro, el momento llega en que ni yo mesmo se por dónde voy. Debe ser esto costumbre de rellenar tanto sermón a veces innecesario; excusad mi perorata”.

Son la palabras de Su Ilustrísima - dije – como bálsamo, e no como huero discurso, sino que a todos llegáis y a todos lleváis. E quería yo esta conferencia hacer no sólo por veros, sino por oír vuestras sabias palabras, que todos entendemos y a todos nos confortan. Quisiera, sin embargo, estuviéredes aquí en verdad e no asomado a esta ventana, que aunque nos acerca, nos recuerda estamos en lejanía. Invitado estáis a pasar unos días en esta mi casa, que Su Ilustrísima ya ha puesto asaz la suya, e no está tan lejos Sevilla de Ronda ni es menester aprestar tanto equipaje ni haber mucho tráfego, sino que de puerta a puerta podríais venir, pasar con nosotros esta Noche Santa como si en familia os encontraseis, e luego iríamos todos a Ronda, que es cosa que no podemos excusar”.

¡Ay, sobrino, cómo me tentáis, que ni el mismísimo diablo sabe hacerlo! Mas es ahora dificultoso de aquí arrancarme, que se acostumbra uno a unos usos e luego difícil es dejarlos”,

Mas intervino Marino, que al ver a aquel hombre bonachón que le prometía un regalo, dijo querer conocerlo.

En Sevilla y a veinte y dos de diciembre del año de dos mil e cinco.

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