idió don Marcos se avisara a un coche de los llamados ¡taxi! porque nos llevase al puerto donde llegarían, e parecióme extraño saber que en León hubiese un puerto, mas díjome mi compañero era éste el llamado «aeropuerto», pues allí llegaban las naves voladoras desde Madrid. E recorrimos bastantes calles hasta llegar a él, y allí llegados, hubimos de esperar una pieza que aprovechamos tomando café caliente, pues ha estado hoy todo el día de muy frío.No fue ni larga ni tediosa la espera y, al cabo, aparecieron entrambos sonrientes por tras unas paredes de cristal e arremetióme mi vasallo corriendo y frente a mí púsose firme e dióme saludo como a capitán, mas inclinéme sobre él, asílo y alcélo en los aires; y era la su color rosada y tenía su madre, doña Nicolasa, gran contento e también vino a mí a besarme; e vi cómo don Marcos volvíase a mirar por unas ventanas porque no fuese advertida su emoción.
Manifestó el joven Marino cuanto le habían hecho, de tal forma, que hablando estuvo todo el camino de vuelta, mas, al llegar a
“Esto es lo que da sentido a mi larga vida – dije luego a solas a mi amigo Marcos -. Una sonrisa así, un gesto; pues no todo mortal es vil, sino que son éstos los que hacen más ruido y pensamos que no existen los que agradecen, aunque sea unas palabras”.
“No son sólo unas palabras, Marino – respondió este -. Ni siquiera es la ilusión de verse como si en vuestro propio castillo estuviese, en vuestra habitación de invitados a una feliz jornada; no hay gesto de agradecimiento que pague lo que habéis hecho por él y por su madre”.
“Haylo, querido amigo, haylo y se ha satisfecho con creces. Y tiene por nombre sonrisa”.
Dejamos algún tiempo a solas a los invitados en su estancia e hubo cita para una hora más tarde en nuestra sala, pues era mi deseo leer la carta del doctor, mi sobrino, reunidos todos. E así se haría; e apareció doña Nicolasa sin sus lutos y mi vasallo con el muñeco que regalárale don Fernando. Y así como entraron, mostré a Marino la imagen que colgaba de una de las paredes, e le dije:
“Este fue mi Gran Señor y de él muchas cosas he de contaros, pues mucho se aprende de quien mucho sabe; basta con saber escuchar. E como no puede ya él narraros todo lo que sabía, yo mesmo os lo haré saber”.
Y sentados luego a la mesa del centro, leí la carta del médico, mas siendo su contenido como carta de un familiar, sólo diré que no había otra cosa en ella sino sorpresa e intención de que otros disfrutaren de los remedios que yo había puesto.
“¡Marino! – dijo Nicolasa asomándose al balcón -. ¡Está la plaza ya toda iluminada!”.
Y oyendo aquel nombre, entrambas cabezas – la del joven vasallo y la del capitán – tornáronse a la llamada.
Vueltos son los dos de nombre Marino.
En León y a siete de diciembre del año de dos mil e cinco.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario