yuntados estaban ya todos los documentos necesarios para concluir esta empresa, e no era menester sino entregallos en Madrid, así tendría don Fernando lo que le correspondía, don Juan lo pedido (que poco no era) y yo lo hallado (que más era de lo esperado). Mas quise yo conocer a don Enrique Vargas, pues quedaba en mi mente la curiosidad de encontrarme cara a cara con quien era el que habría de entregar muchas destas cosas. E a entregarlas no se podía ni quiso negar, sino que dijo entregaría cada cosa tal como se le fuere pidiendo.E siendo ya viernes, que acaba la semana de labor, decidimos restar en León acomodados en el parador para volver el domingo a Madrid. E desta forma, aconsejóme también don Marcos hubiese siempre preparado mi teléfono, pues uso dél debería hacer yo e no andar dependiendo
de cualesquiera que me rodearen para poder usarlo. Así, tal como me dio liciones de su uso, nos sentamos en el escritorio pequeño y aconsejóme usar las palabras adecuadas para él, pues dijo no se da «aviso a un móvil», sino «se llama por teléfono a alguien»; el rol que aparecía en la pequeña ventana luminosa, debía ser llamado «la agenda en pantalla»; e aquellos pequeños dibujos apuntados díjome eran flechas (aunque más parécenme puntas que otra cosa); terminada la llamada a alguien, púlsase la tecla pequeña con el dibujo rojo que termina la plática o «conversación», e a esto se llama «colgar», que más paréceme que colgar a alguien por haber hablado con él, es castigo asaz severo. Así todas estas palabras fui aprehendiendo, que no hay en mí cosa que parezca difícil aunque sí perécenme de nombre poco apropiado.
Por hacer algunas pruebas, puso don Marcos en mi «agenda» todos los nombres de personas principales a los que yo quisiere alguna vez «llamar», e hice luego una prueba «llamando por teléfono» a don Fernando:
“Hola sobrino (es el saludo) – dije -, dispuesto estoy ya para usar este artilugio cuantas veces sea menester e como lo sea, pues hame mostrado don Marcos algunos secretos más déste. Pronta será nuestra visita; ¿y cómo os encontráis?”.
“A fe, capitán – contestó – que creí que no erais vos quien llamaba, pues aún saliéndome vuestro nombre aquí, hame sorprendido la destreza que ya tenéis con el móvil”.
“Pues bien habréis de saber, sobrino, que yo mesmo sé encenderlo, elegir el nombre en la agenda con las flechas, enviar la llamada, contestar, poner el altavoz porque lo oigamos todos, despedirme y colgaros; e siento tenga que decir esto de «colgaros», que no me hallo en decirlo”.
Rióse con fuerzas al oír mis razones e prosiguió:
“En verdad sois vos quien llama y desta forma me habla. Bien pronto habéis progreso en estos menesteres y…. prometisteis haber reunión con los doctores al venir, no olvidaros desto, por ventura”.
“Así se hará – espeté – que en llegando a Madrid, el mesmo lunes podréis hacer ayuntamiento de médicos e daré cuantas razones me sean pedidas, mas…. daríaos yo un consejo, pues no quisiera tener frente a mí a más de cinco destos doctores en el primer cónclave, e ya se haría otro si ello fuere necesario”.
“Así lo pedís – dijo luego - e así se hará; no tengáis cuidado, pues soy yo el que en esto mando”.
“Vale, vengaaa; hasta luego, dió”, terminé y le colgué (muy a mi pesar).
Rióse don Marcos al así oírme hablar, e desto no tuve mucho gusto:
“Habrá que hacer mejor alguna «cosina»”, concluyó.
En León y a diez y seis de diciembre del año de dos mil e cinco.


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