29 diciembre, 2005

De la partida de los huéspedes

uy de mañana, tomamos dos coches de los llamados ¡taxi!, e fuimos como acompañamiento a la Estación de Santa Justa, pues partían don Fernando, doña Nicolasa e mi pequeño vasallo Marinín a Madrid. Hube despedida para todos – así como la hubieron don Marcos e don Juan – e a cada uno fuíles agradeciendo su estancia y los momentos felices pasados.

Mal sabor déjanme estas fiestas – dije a don Fernando – pues invitado estabais a unos días de holganza e más me parece haberos metido en entuertos que ni en Madrid habéis de resolver, mas llevaos mi agradecimiento por las mercedes que nos habéis concedido a todos, que no sé qué hubiéramos hecho sin la su ayuda”.

Un solo día en esta ciudad y en vuestra compaña – respondió – hubiesen satisfecho con holgura un placer que no estaba dispuesto a perder. Suerte os deseo ahora en la empresa en la que os embarcáis, que sin duda habréis de necesitarla; e sabed que si fuere menester mi presencia para cualesquiera cosas que pudiese resolver, no habéis más que llamarme por teléfono, que a eso ya habéis aprendido con asaz soltura”.

Amiga e familiar de por vida – dije a doña Nicolasa – tened por cosa hecha que hemos de vernos con prontitud, pues acabado lo que ahora tengo pendiente de llevar a cabo, con nosotros habréis de volver el tiempo que gustéis. Cuidad del mozo, que a los estudios debe dedicarse por hacerse hombre de provecho; e que yo he verlo si es la voluntad de Dios”.

Otra vez he de agradeceros – contestó – todo lo por nosotros hecho; e más por mi hijo que por mí mesma, que es él lo único que me da contento”.

Tiró alguien de mi capa repetidas veces, e volviendo la cabeza, parecióme no ver a nadie, mas escondida tras de mí e agazapada, oí una voz:

¡Tío Marino! Oídme, ¡tío Marino! No decid que aquí estoy escondido tras de vos por ver si parte el ave e de mí se olvidan”.

E volviéndome hacia él, espeté:

¿Qué es esto de llamar a un capitán tío Marino? ¿Acaso habéis olvidado que seguís al servicio de mi Casa? No digáis nada desto – le hablé acercándome y en baja voz -, pues ahora tenéis que marchar con vuestra madre e don Fernando, mas pronto estaréis aquí en Sevilla y os guardo sorpresa. Si no cuida un tío de su sobrino ¿quién va a hacerlo? Seguid la orden que os di de obedecer en todo a vuestra madre, e mirad bien que yo me entero desde aquí de cuanto hacéis. Id a la escuela, pues así os lo mando, e aprended todo lo que os enseñen y si alguna cosa hubiere que no entendierais, preguntad, que de otra forma no se aprende”.

¿Y me tendréis un regalo cuando vuelva? – insistió -. Todo no llevo porque no cabe, mas no volved a regalarme lo que aquí se queda, que tal cosa sería hacer trampas”.

No será lo que pensáis – contesté con misterio -, pues el regalo que os tendré ya está en camino y, cuando llegue, volveréis vos”.

En estos saludos, acabó el tiempo de la espera y pasaron hacia el sitio donde están paradas las gigantes orugas que los llevarían en un vuelo – cual ave que son – a pasar el fin de este año que se nos va cada uno en su casa.

¡Adiós, señor cura; adiós tío Marino; adiós tío Marcos!”.

En Sevilla y a veinte y nueve de diciembre del año de dos mil e cinco.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario