12 diciembre, 2005

De la orden y el desorden (2)

n la puerta estaba el guardia que llevóme a la tal casa e a él dirigíme cortésmente y sin manifestar cosa alguna, sino que si era posible me volviera al parador en el coche y, al oír mis palabras, respondió:

A fe, capitán, que he de llevaros donde digáis, pues sois vos el que ordena e así se me ha ordenado a mí, mas si me dierais licencia, bien podría deciros alguna cosa que tal vez fuere de vuestro interés”.

Licencia tenéis para decir cualquiera cosa que oportuna creáis, mas decidla sólo si es para evitar más entuertos, que de no ver yo este desorden ordenado antes del anochecer, pondré mis propios remedios aunque éstos no parezcan atinados”.

Con esto, hízome señas de ir al coche e, ya en él y en movimiento hacia el lado contrario y no hacia el parador, dijo:

Comenzado el turno de mi guardia, a primera hora de la mañana, salió del parador don Marcos e fuése en el coche a los asuntos que hubiere de resolver; e llevaba consigo lo necesario para ello. Fue un compañero a llevarle al lugar donde habría de mostrar tales permisos, que son a mi entender los que os dan derecho a recuperar vuestro patrimonio. Mas volví a recibir aviso de que al salir de tal lugar, era su rostro mudado y en él se observaba temor. Con esto, fue llevado de nuevo al parador e yo mesmo vílo entrar y al poco salir, mas diciendo al guardia no sería menester usar el coche ni ser vigilado, partió a pie y con priesa atravesando la plaza”.

Así oído y no entendiendo tales razones, pedí se me aclarase en qué cosa fue rara la actitud de mi compañero, pues al entrar son sigilo en la estancia, dejóme aviso de tardar en volver e de no esperarle allí. Y a esto, manifestó:

Bien dice vuesa merced que todo parece raro e no puede razonarse, mas cosas dificultosas he visto ya – habiendo pecunio de por medio - como para andarme asustando por comportamientos aparentes que no intentan más que ocultar el verdadero propósito, pues viniendo hacia el parador, ya dio orden de no ser vigilado; e siendo así, pensé, no habría temores de ser víctima de asalto alguno. Mas no llevaba otro papel al volver a salir que alguno con un dibujo de un cierto lugar que a la sazón me es conocido, y es así como podría yo ayudaros si os llevo al tal lugar, donde pienso puede hallarse”.

Mas pensé e manifesté mi preocupación de que al llegar al lugar citado, bien pudiera no ser el buscado o en él podría encontrarse escondido, de tal guisa, que no fuese posible con él dar. E a esto, dijo con serenidad el guardia:

¿Lleváis vos acaso ahora el teléfono vuestro?”; pues siendo así os diré la forma posible de saber dónde se halla, que hay más secretos en ellos que tal vez aún no conozcáis”.

Llegamos entonces muy cerca del lugar buscado, y dejando el coche un poco aparte, avanzamos a pié hasta una casa en calle estrecha y silenciosa del Barrio Húmedo. Hice entonces lo aprendido en las liciones por poner el móvil en funcionamiento, e sonando la musiquilla que óyese al hacer esto, pregunté al guardia cuál sería la estrategia a usar, e así, díjome pulsara las teclas de algunos números, e luego, la tecla que daba aviso a don Marcos; y esto hice. Desta manera, no podría él leer quién le daba aviso.

Mientras esperaba respuesta – que no hubo tal – oí a lo lejos, dentro de la casa, las repetidas chirimías que dan aviso al móvil de don Marcos y mi rostro quedó suspenso; allí estaba. Miró el guardia otro móvil, de mayor tamaño e distinta forma e confirmó así, con este otro artilugio, estar el teléfono en aquella casa, que no el abogado, pues bien pudiera estar en otro sitio. E dióme consejo de tener bien aprestada mi blanca por mi propia defensa, pues portaba él moderno pistolete.

Ya en guardia entrambos, nos entramos con movimiento presto en casa que parecía taberna y, casi en la penumbra del fondo, le vi sentado a una mesa con la cabeza entre sus brazos echada sobre la tabla.

En León y a doce de diciembre del año de dos mil e cinco.

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