artió don Marcos muy de mañana por terminar los trámites e así resté yo en cama hasta más tarde, pues no por haber mucha experiencia se duerme bien todas las noches, e sería presentimiento, duda o celo, que ver el final de todo tan cerca no me parecía cosa verdadera e me tuvo en vela.Trujo más tarde alguien el desayuno e dejólo en la sala y entró al dormitorio luego dejando la copa de jugo en la mesilla. Al oír la puerta cerrarse, abrí los ojos e miré la copa; junto a ella encontré un papel con aviso de don Marcos que así decía: “No me esperéis en el dormitorio pues habrá tardanza”. E no comprendí la tal razón, pues nada desto me hubo dicho antes de salir y, sabiendo habría demora, hubiésemelo advertido.
Aprestéme en menos tiempo de lo que es uso en mí, e saliendo de la habitación pregunté al guardia:
“¿Acaso visteis esta mañana temprano salir con priesa a don Marcos o quizá os dio algún aviso?”
E miróme con extrañeza el tal guardia e puso su mano tras la chaqueta por bajar, tal vez, los sonidos de su móvil de cordoncillo. Hecho esto, rogóme repitiese mi cuestión y aquesto hice e parecióme no saber éste el por qué de mis dudas. Con esto, y al poco, dijo:
“¿Esta mañana temprano? Bien entiendo que es grande la estancia, capitán, mas no tanto como para en ella perderse, pues no ha mucho que ha salido o así me ha parecido ver. Si quisiérais…”.
Quedó con su extraño y sus palabras, pues salí al punto con premura por descender a la sala de recepción del parador; e bien largo se me hizo el descenso. Hasta tres personas había allí esperando hablar con el sirviente, mas a todos ellos apartélos con prudencia e pregunté por mi compañero, e me fue dicho que salió a hora temprana mas volvió luego e partió de nuevo dentro de otro poco y no hacía mucho había salido por las puertas.
Oyendo estas razones, vi a otro guardia junto a las puertas e a él fui con priesa e lo mismo pregunté; e igual manifestó haberlo visto salir poco tiempo antes. Roguéle entonces aprestase coche e llevárame en su busca, y esto hizo, pues al punto salíamos para encontrarnos con señor Teniente Inspector, que hallábase en casa cuartel de la guardia de León, mas al verme aparecer, mudó su color e dijo:
“¿Qué cosa hacéis aquí, capitán, que háseme dicho que no vendríais?”
No hube respuesta que dar, sino mi mirada fija en sus ojos, pues si cosa hay que no pueda en mí caber, es la mentira, e cuando dos dicen cosas distintas, uno miente.
Mucha gravedad hubo de ver en mis ojos, pues siendo hombre de corpulencia e teniente de la tal guardia, parecióme asustado, asióme por el brazo e nos entramos en su bufete; e dio orden de no ser estorbados. Y ya sentados a su mesa dijo:
“¿Quiere vuesa merced decirme a qué esta aparición y esta entrada y este gesto?; pues no entiendo lo que acontece y, cuando esto pasa, voto a tal que no descanso hasta entenderlo. Órdenes tengo desde que llegasteis de velar por vos como por gran ministro, e así he hecho, que ni un segundo habéis sido perdido de vista y esto mesmo habréis comprobado. Y se me ha dicho no os molestase este día. ¿A qué la molestia que veo en vuestros ojos, capitán?”.
“¡Se os ha dicho! – respondí con gran enojo e golpeando la mesa - ¡Se os ha dicho! ¿Acaso no tiene nombre este que tanta importancia tiene como para daros órdenes a vos sobre mí o es su nombre impronunciable? A León me trujo un asunto obscuro y vive Dios que bien claro he de llevármelo; y hoy mesmo”.
“Nombre tiene, capitán – respondió sosegado e dubitando -, e bien lo conocéis, pues con vos ha estado el más tiempo que en León lleváis, e siendo así que me ha dado una otra orden, la tal obedezco. Por una vez, al ver el enojo asomar a vuestro rostro, he de desobedecer cierta orden, pues bien paréceme que alguien oculta alguna cosa y, queriendo todo tan claro como decís e queriendo yo también lo mesmo, he de aclararlo, pues ordenó don Marcos no se os dijera que, dejando ir a Pérez del Olmo a su casa por no ser reo, hase encontrado ahorcado en su estancia y, arreglados al fin esta mañana los entuertos habidos con tales documentos, dio aviso también de no ser él vigilado ni vos molestado; e como siempre suelo lo que se me dice como orden cumplir, y es don Marcos el que ordena, esto he hecho”.
Levantéme de la silla al punto sin manifestar cosa alguna e hice reverencia como despido y, antes de cerrar tras de mí la puerta del señor Teniente Inspector, volvíme a decirle:
“Quedad con Dios, «gilipollas»”.
En León y a doce de diciembre del año de dos mil e cinco.


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