28 diciembre, 2005

De la Nochebuena en Sevilla (4)

ueron grandes fiestas e alegrías por estar ya todos reunidos e vino el servicio a dar cumplimiento a don Marcos, mas veladamente, que pareció era bienvenida a todos los huéspedes y en esto ha grande experiencia Chuti.

Así estuvimos en pláticas una pieza, e díjome luego don Marcos acercándose a mí, quisiera ir a su estancia un momento e mudar sus ropas; e bien parecióme lo propuesto. Con esto, salió por el pasillo que a la cocina da por no atravesar el patio en lluvia e viendo don Fernando cómo partía, se acercó al punto e dijo:

Paréceme sabe vuesa merced a do va su compañero, mas, si ello fuere posible, acompañáralo yo porque solo no se hallase, pues algo caliente ha tomado en el hospital, mas aún debe estar débil”.

Y estas razones comprendí, no por haber temor de repetir tontería alguna, sino por si cualquier ayuda necesitare. Corrí entonces tras sus pasos y en la escalera hallélo subiendo, e acercándome a él, le sonreí y hasta su estancia fuimos. Y ya en ella, pidióme le ayudase a quitarse la camisa, pues de lo que le hicieron en el hospital alguna herida traía en el brazo. E haciendo esto frente al espejo, agachó la vista e mudósele el gesto; e le dije entonces:

¿Qué amigo habéis tenido en toda vuestra vida que como yo, creyendo como creéis erróneamente haya sido traicionado, ha seguido considerándoos amigo? No tengáis cuidado por esto, que ya bien me conocéis. E preguntasteis en León cómo un amigo traicionado puede servir a su traicionero, y aquesto mismo sigo haciendo, serviros, e no es por otra cosa alguna sino por no creeros mi traidor, que si bien yo os he relatado todo lo que me hubo sucedido, no habéis vos dicho cosa alguna; e a lo que a mi razón llega – que no me tendréis por bobo tras este tiempo – nada contáis por haber temor; y ese temor quiero desaparezca. Manifestad cuanto queráis o callad si es vuestro deseo”.

E no parecióme querer dar alguna razón, pues siguió quedo. E así le vi, así le dije:

No decís vos lo que os apena y esto puedo deciros yo mesmo, e si en alguna cosa yerro corregidme. Coincidencia, sin duda, pareció el encuentro siniestro en el puente de San Pablo de Cuenca, que estando yo desmayado, supe por otros que fue mi espada usada por no vernos cayendo al vacío; y coincidente fue también el encuentro con la mujer que os dijo adónde había huido don Pablo Pérez, y cuándo e dónde hallarle, como curiosa e repentina fue vuestra separación de doña Isabel por veniros conmigo; poco razonable fue que no me avisarais del incendio de la casa de Toledo; bien parece que prefirieseis salvar mi vida que ver los documentos firmados e la hacienda recuperada, mas viendo que obtenía yo las firmas, bien disimulasteis el temor a que fuere yo muerto, y el trazado que hizo don Pablo aún no sé; extraño parece que no creyerais que firmase con tinta verdadera e más extraño, que intentarais evitar la entrega de tales documentos, mas muerto el villano ¿qué otra cosa podría hacerse? Así por tanto, tomasteis la determinación de iros a un lugar que alguien os había aconsejado o do alguna vez ya habíais estado o acaso allí teníais alguna cita en concierto; e ¿a qué emborracharos y llorar amargamente por la muerte de quien no merecía la vida?”.

Continuó el silencio, e continué yo hablando:

De hombre vil hasta ese punto, puedo cualquiera cosa esperar, incluso llegase a un acuerdo con vos por salvar lo que había usurpado, que dándoos una parte como recompensa, todo se arreglaba. E no fuisteis vos el malvado que esto propuso ni esto fizo; e nadie intenta quitarse la vida si no siente en su pecho la culpa; y no es vuestra, no lo es, sino de un verdadero demonio que, por ventura y gracias a Dios Nuestro Señor, en los infiernos debe ya estar penando por sus culpas. No estáis aquí ahora por seguir haciendo el papel principal de una obra maestra por vos trazada, sino porque realmente queréis estar conmigo. Si es esto cierto e no yerro, acompañadnos en noche tan feliz para todos; si lo que os digo es falso, licencia tenéis para aprestar vuestro equipaje e libre sois de hacer cuanto deseéis; mas sabed que sigo sin hallar en vos culpa alguna”.

E tras un luengo silencio, afloraron sus lágrimas, e volviéndose hacia mí y abrazándome, dijo estas palabras:

Perdón no os pido porque ni lo tengo ni lo merezco, mas ¡llevadme con vos, llevadme siempre con vos!”.

E dentro de media hora, estábamos bajando al comedor para comenzar a celebrar la Nochebuena.

Sin ti, no.
Sin ti, ni un paso más.
Ni al pasado ni al olvido ni al futuro.
Sin ti sólo el grito con lágrimas,
agazapado,
trizándose la lengua,
esperando el minuto distraído en que me saltaré las sienes
una tarde de otoño;
en una de esas fugas del misterio
en que Dios se descuida, sin quererlo

(Enriqueta Ochoa, 1928)

En Sevilla y en la Nochebuena del año de dos mil e cinco.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario