27 diciembre, 2005

De la Nochebuena en Sevilla (3)

levóme don Fernando a sala aparte, como despacho, do había gran silencio e retiro, e invitóme a tomar asiento. En sus manos tenía cuanto documento pertenecía a don Marcos, e tras una pieza en silencio, dijo:

A casa podrá partir esta misma tarde nuestro amigo, pues algún otro día debería quedarse por ser observado, más su comportamiento que su salud, que quitamos de su cuerpo el veneno tomado a tiempo, pues de no ser así hubiese tenido muerte segura. Con él ha hablado una hora el médico que llamamos psicólogo (este nombre me ayudó a retener, pues es como el médico de la mente) y poco o casi nada ha podido descubrir de lo ocurrido, sino que siéntese culpable de algo hecho y no puede a él mismo perdonarse. Os toca a vos, capitán, con grande paciencia e cariño, descubrir qué es aquesto que le hace penar de tan grave forma; e sé muy bien sabréis hacer cuanto sea menester e curarle de su tristeza, que alguna cosa más dificultosa os he visto llevar a cabo”.

En esto no habréis de tener duda alguna – respondí – pues soy yo mesmo el que peno ya hasta la fatiga por sus sentimientos, y éstos anda ocultándome por razón que desconozco aún. No tengáis cuidado; es mi interés, si cabe, más grande que el vuestro en que este hombre viva. Volveremos, si esto ha de poder ser así, a la casa, e allí todo será aclarado e viviremos la Navidad todos juntos tal como pensado estaba, que empiezo yo a sentirme culpable de haceros venir estos días vuestros de solaz a Sevilla y que halláis acabado con más preocupación que de costumbre habéis”.

Capitán – concluyó -, que aún parecéis no comprender que allá donde voy va conmigo el médico que soy. Olvidad esto ahora”.

Dentro de una hora más, salíamos en coche del tal hospital hacia mi casa; e iba don Marcos con la mirada perdida, mas veíamos de vez en cuando sonreía.

Al entrar por el zaguán de la casa, vino corriendo Marino hacia nosotros, e sin saludo alguno, aferróse en fuerte abrazo a las piernas de don Marcos e quedamos todos mudos. Tomólo luego éste con sus manos y alzándolo, lo sentó en su cintura y entrambos estuvieron refiriéndose cosas; e vílos reír. Y al cabo, vino a saludarme como a capitán, mas también se echó a mis brazos e anduvo tocando mi descabellado peinado e decíame:

Hame traído el cura, como emisario de Papá Noel, muchos regalos y en aquella habitación los tengo – señaló al gabinete -, mas me trae ahora a la gente con quien quería estar. ¿Sois todos buenos aquí?”.

A fe pequeño vasallo – le dije -, que no encontraréis Casa mejor a la que ofrecer vuestros servicios, pues no manda aquí el capitán, sino que entre todos los marineros lo hacen pues es este mi barco y son estos mis deseos; y el que aquí debería ser el primero no es sino uno más. Disfrutaréis esta noche pues de la Navidad como nunca antes hubieseis pensado; con Su Ilustrísima, don Juan, que aunque podéis llamarle cura, es obispo; con vuestra madre, que a solas nunca os deja e por vos hace lo que no puede; con don Marcos, que no ejerciendo ya como abogado, es parte de esta Casa para siempre; y a don Fernando tenéis como amigo e como médico, aunque de esto no ha de serviros, sino como amigo; e a mí también. No podréis pues quejaros de soledad o aburrimiento, que muchas e interesantes historias hemos de contar”.

E acercándose a mi oído, dijo con prudencia:

¿E debo siempre llamaros capitán?; algún nombre extraño habréis que no queréis decirme”.

E con esto, miré a todos los que esperaban en el patio por pasar al comedor e dije al niño en voz alta:

Así es desde ahora igual me llaméis como capitán o como por mi nombre, que, aunque no suelo usarlo, no quiero esconderlo, pues es éste igual que el vuestro, Marino; e así quiero me llaméis si en ello habéis contento”.

¿Como yo os llamáis? – preguntó el pequeño incrédulo -. Os inventáis el nombre”.

Escrito está – repuse -, y el mismo ha de ser para toda mi vida; acaso quisierais vos llamarme tío Marino, e desto os doy permiso si vuestra madre os lo da”.

E asintiendo con gran contento, volvió a preguntar (que no es esto cosa rara en niño alguno):

¿E puedo también a don Marcos llamar tío Marcos?”.

E sonrió éste e hizo gesto de aprobación.

E con el niño apoyado en mi cintura y mi brazo diestro sobre el hombro de don Marcos, entramos en la sala, pues comenzaba a caer una fina agua de lluvia.

En Sevilla y en la tarde del veinte y cuatro de diciembre del año de dos mil e cinco.

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