26 diciembre, 2005

De la Nochebuena en Sevilla (1)

i era el lugar ni el momento ni las circunstancias ni la compañía ni la lluviosa noche tan buena como debiere, mas desto puedo contar mucho, que no llega el nascimiento, la enfermedad o la muerte el día que queremos que vengan y el veinte y tres como el veinte y cinco de diciembre no son sino otros días más de la vida de cualquier hombre; e también la Nochebuena es noche mala y destas todas cosas.

Pasamos la noche entera del veinte y tres sentados en aquella sala don Juan y yo, e venía a veces don Fernando mostrando en su rostro el cansancio del poco descanso y el poco yantar, e nos dijo podíamos haber algún descanso en sala aparte que está llena de a modo de pequeños catres donde unos gimen y otros roncan, e siendo así, preferí pasar aquellos momentos rezando rosarios (uno tras del otro), que oyendo tales graznidos en la oscura sala. Larga fue la noche entre oraciones e comentarios e no fue posible entrar al lugar donde hallábase don Marcos, mas tenía aquella sala una grande ventana e a ella nos dieron licencia de acercarnos, e asomándose a ella, se veía una cama toda vestida de blanco y no era posible ver el rostro del abogado, pues tenía puesta como máscara con tubos (como aquella que dijo en Salamanca tenían los astronautas); así pensé que tal vez no pudiese bien respirar. Los brazos y el pecho llenos de cordoncillos de colores estaban e iban éstos hasta unas pantallas donde no se veían imágenes, sino dibujos en movimiento. Y al ver esto, manifestó don Juan ser aquella buena señal, pues estando los dibujos moviéndose, se sabía estaba el enfermo vivo.

Estaba ya amaneciendo – y esto supimos por decirlo el doctor, pues no había allí ventana alguna -, cuando se nos dio aviso de «pasarlo a planta», e quise entender saldría de aquella habitación, mas no sabiendo si saldría vivo o para recibir los Santos Óleos – pues no son para mí las malvas sino plantas -, se me dijo que en poco más podríamos verle, pues el mal del tósigo se había retirado e volvía de espacio a estar normal. Con esto, entramos en una pequeña habitación muy iluminada e cerráronse las puertas solas e todas las personas que allí entramos restamos mudos; sentí el movimiento de lo que aquello era en mi cabeza; estábamos ascendiendo en uno de los llamados ascensores. Al poco, se oyó una voz decir, como por teléfono, «Planta tercera»; e abriéronse las puertas e salimos a otra sala que daba entrada a dos largos y anchos pasillos. Acercóse a mí don Fernando, e con la su voz cansada, dijo: “Está en la trescientos cuatro”. E díle las gracias por aquella información, mas no sabiendo muy bien a qué se refería aquel número, pregunté a Su Ilustrísima, e dijo éste:

Sepa vuesa merced, que aquí como en los hoteles que habéis visitado, tiene cada habitación un número; y es el primero dellos el que indica la planta donde se halla; así pues, está en la planta tercera y en la habitación cuatro, que puesta en números es la dicha. Y estoy muy acostumbrado, por mala desgracia e por mi dedicación a esto de curar almas, a visitar muchos hospitales; y nada bueno en ellos se ve, os lo aseguro, que está aquí todo aquél que algún mal adolece e otros que pasan de estar enfermos a mejor vida; e los que venimos a verlos, como así debe hacerse por caridad, tampoco muy bien andamos, que a nadie apetece estar rodeado de gente que pena; y los médicos que veis que ni sentir ni padecer parecen, es que han experiencia en el arte del disimulo, pues también sufren. Mas estad tranquilo en eso e no andéis preocupándoos por cómo están los demás si no queréis pasar el resto del tiempo en sufrimiento, pues, según Dios Nuestro Señor ha querido, no venimos a visita de caridad a enfermo ni a últimas horas, sino a ver a quien ha renacido; e ya esto es motivo de gozo para todos”.

Así será – le respondí -; no tengáis cuidado, que la sola idea de saber que no ha llegado esta cosa a otra, ya me tranquiliza; mas es la casualidad que a veces nos trae el destino, la que hame turbado un punto, pues tiene esta habitación entonces el mismo número que la que hubimos en el parador de San Marcos”.

En Sevilla y en la mañana del veinte y cuatro del año de dos mil e cinco.

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