uedóse encendida la pequeña lámpara del dormitorio cuando me disponía a entrar en sueños y puse toda la ropa sobre mi cuerpo, pues estando cálida la habitación, sentí frío por haber dicho mi nombre real por primera vez. E poco tiempo pasó cuando advertí que Marcos dejó el dormitorio a obscuras. Así, me dispuse a descansar por recuperar las fuerzas que habría menester para acabar esta empresa, que más que solución, disolución iba teniendo.Ya sin otra luz que la entrante por las rendijas del balcón, oí susurrante la voz de mi compañero pegando su boca a mi oreja:
“Marino, amigo. Acaso el joven soldado de Plasencia tenga vuestro mismo nombre, o tal vez al llamarse así le habéis dado el trato que creísteis merecía, mas, no siendo Marino nombre común, echo de ver cierta gran coincidencia”.
“Bien decís es coincidencia – respondí – pues, aunque le hubiese dado el mismo trato si hubiese tenido por nombre Antonio o Pedro o Juan, no hay mucho Marino paseando por esta España de tierra y de mar. Tenéis licencia de llamarme por mi nombre, mas sí os pediría siguierais llamándome capitán estando presente cualesquiera otras personas. Es sólo vuestro este privilegio baladí; sólo vuestro”.
“Contad con ello, Marino – respondió al punto -, pues sé es vuestra voluntad, y vuestra voluntad nos llevará a buen puerto”.
E así dicho, dióme en reír, e observé en la penumbra reía también Marcos y, mientras en risas estábamos, puso su mano sobre mi pecho y me dijo con gravedad:
“No hay puerto alguno en el Tormes; será menester viajar pronto a Cádiz. Tal vez allí haya algo que pudiera ser de vuestro interés”.
E no dijo otras palabras y se oía el silencio de la estancia.
“A vuestros pies – le dije – está lo que os llevará a buen puerto”.
E observé cómo miraba con disimulo mi espada que sobre la calzadora se hallaba.
En León y a cinco de diciembre del año de dos mil e cinco.


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