14 diciembre, 2005

De la inesperada visita del inspector

onó el teléfono que junto a la mesilla de la cama se halla e fuenos avisado haber visita del Teniente Inspector a hora muy temprana. Así, aconsejóme don Marcos ponernos las batas de abrigo e aprestarnos por recibirlo bien despiertos, pues en sueños estábamos al ser avisados. Cerramos las puertas del dormitorio y esperamos en la gran sala, pues sería acompañado el inspector hasta la entrada a ésta, que es separada de la entrada a la estancia.

Sonaron unos suaves golpes en la antigüa puerta e fue don Marcos a abrir quedando yo sentado a la mesa del despacho y, de esta guisa, entró aquí el señor Teniente Inspector sonriente y con voz fuerte como el trueno, e así le dijo don Marcos:

Aceptad nuestras disculpas por la indumentaria, pues no pensando salir aún del parador, estamos en «ropa de andar por casa»”.

Rió el teniente fuertemente, que no otra risa podía salir de tan enorme cuerpo, e no dio importancia al asunto diciendo:

En vuestra casa estáis y no he de ser yo quién os diga como andar por ella, que deste mismo modo ando yo por la mía. Buenos días tengan vuesas mercedes e disculpen la pronta visita, pues sabiendo les queda poco tiempo de estancia en León y teniendo muy ocupado el día, obligado me he visto a venir a hora tal poco adecuada, pues no quiero se vayan desta ciudad los dos hombres a los que es mi obligación presentar antes mis respetos e agradecer lo hecho”.

Con esto, invitóle don Marcos a sentarse en las cómodas poltronas del salón, e allí fui yo también a sentarme con ellos, e dijo don Marcos al sirviente se trajese hoy desayuno para tres e podía marcharse. Contestó a esto el teniente que en tomando un café caliente se sentiría servido, pues del frío de la calle traía el cuerpo destemplado.

He de agradeceros el cumplimiento que dais – le dije -, mas no entiendo en qué cosa nos estáis agradecidos, que no hemos venido a esta bella ciudad, esta vez, sino para empresa propia”.

Bien decís e ¿a qué fingir? – contestó -, que a empresa propia habéis venido, e bienvenidos sois a esta ciudad e bienvenidos seréis cuantas veces volviéredes a cualquier «asuntín», mas habéis esta vez quitado a un perro, no digo «pulguinas», sino pulgones, que era este don Pablo un mal para la ciudad e para toda Castilla, y que desde León a Cuenca tenía su reino e sus crueles vasallos e traía a toda la guardia de cabeza. Así paréceme ahora que muchos de mis hombres van a tener más tiempo de holganza o trabajo menos arriesgado”.

Y habló don Marcos sin saber aún algunas cosas:

Nada tenéis que agradecer, pues él mismo, aún pareciendo hombre fuerte y de poder, vio mermada su regalada vida y suicidóse cobardemente”.

E vino entonces sirviente que trujo abundante desayuno y a la mesa de comedor se sentó el tercio, e de no ser por apresurarnos en el yantar, hubiésemos comido lo dejado por este hombre, pues cuerpo de tal tamaño y movimiento, le pedía llenar bien su estómago; e siguió éste diciendo:

Don Pablo Pérez del Olmo, «metroochenta», cuarenta y cinco, raza blanca, corpulento e peligro primero del reino, que no pudo ser reo en muchos años por dictar las leyes que habría de ser capturado in fraganti; e cosa tal nunca fue posible e dicen que esto de su afición a la pendencia de familia le venía. Muerto está por ventura e descendencia no tiene, pardiez, que es su única hija un ángel; e así de claro lo digo por saber que mis palabras no pueden atravesar esos muros ni saldrán por esas viejas puertas. Hízose lo ordenado según las leyes, pues le fueron curadas las heridas de su atravesada mano izquierda, la diestra profundamente marcada, su cuello levemente cortado y su cara rasgada, e no teniendo prueba alguna de delito, nos vimos obligados a dejarle marchar a su casa dentro de dos o tres días; que no se puede encerrar en mazmorra a quien no tiene probados cargos”.

Miró entonces don Marcos al teniente e luego a mí, preguntándose qué era aquello de las heridas curadas, e desta manera lo manifestó:

“¿Qué hombre se hace tales heridas a sí mismo pensando en colgarse luego?”.

E a esto no hube ni quise dar respuesta, mas el teniente la dio:

Amigo abogado, que no quiero penséis sois inexperto en vuestra labor; sabed que de tal zaragutero todo podía esperarse, hasta la propia tortura por no conseguir lo codiciado; e así lo hice constar en el informe de su muerte; aún siendo incierto”.

E de otras cosas hablamos luego hasta llegar la despedida, e viéndome en ropa de casa, volvió a hablar el teniente estrechando mi mano con fuerza y golpeando mi hombro con [demasiado] orgullo:

¡Ay, capitán, que donde vos mandáis no manda marinero! Que siéndoos sincero, sin querer con ello ser indiscreto, he de deciros que más de una dama suspira por vos cuando paseáis por estas calles, e muchos os toman por loco o por disfrazado primero al ver vuestro atuendo añejo, mas sabiendo luego quién sois, se os admira; e a alguna dama cercana le he oído suspirar por vos diciendo: «con tan gallardo hombre tendría yo unas cosinas». Os pediría me concedieseis la merced de daros un paseo de vez en cuando por León, mas os ruego lo hagáis sin mucha tardanza, que si volvéis dentro de cien años, no he de poder estrecharos la mano y agradeceros de nuevo vuestro arrojo. Mi saludo formal a ambos – llevó la su mano a la frente – es muestra además de mi admiración por vuesas mercedes. ¡Tened buen viaje!”.

La puerta estaba ya casi cerrada, cuando volvió a abrirse e, tornando a asomarse al interior, apostilló el teniente:

…Y poned una vela de mi parte al Gran Poder de Sevilla por enviar tal bendición”.

En León y a catorce de diciembre del año de dos mil e cinco.

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