15 diciembre, 2005

De cuán mágicas fueron las artes para obtener lo propio

ube hoy una luenga plática con mi compañero don Marcos, que aún sintiéndose aliviado de su culpa, no entendía muy bien las razones que nos dio el teniente, pues se pensaba cobarde por haber caído en la trampa de Pérez y haberse rendido ante la amenaza de mi muerte; e desto de las heridas tampoco entendía mucho, y así le dije:

Os pensáis mi traidor por no obligar al villano a la firma; y esto hicisteis por no querer verme muerto; e aceptasteis e preferisteis morir conmigo luego al ver las firmas en su sitio; ¡e bien disimulasteis vuestro temor a que muriéramos! No veo en ello traición, sino entrega plena a quien servís hasta la muerte, mas, tomé yo el timón; así fue; e de tal forma lo hice, que si don Pablo Pérez tenía trazado perfecto para acabar conmigo en firmando, tracé yo otro que su plan eliminó, pues advertíle que cada vez que se negare a estampar una rúbrica, perdería una parte de su cuerpo. Desta forma, y decidido yo sin duda alguna a hacerlo, comenzó a ver con claridad de día que por cada negación a la firma, perdería un miembro de su cuerpo y, al cabo, quedándole ya tal vez sólo la mano diestra para permitir la firma – e pedir limosna -, seguiría vivo, mas tullido, manco, cojo, ciego. Así, fui pidiendo firmase y a cada negación hice lo dicho; y éstas son las heridas de que hablaba el inspector. Rindióse al cabo viéndose ya tullido, con los documentos firmados, en vida de pobre y pidiendo caridad a la puerta de alguna iglesia. ¿Cómo iba a pensar entonces en llevar a cabo su plan de matarme? Y a esto hizo oídos sordos e vista ciega el teniente, que sabía que siendo así podría remediar para siempre el mal que llevaba a cuestas. Mas nadie pensó fuese este hombre indeseable un cobarde que acabase quitándose la vida antes de verse viviendo de la limosna. Y su cobardía estaba en su sangre y no en la nuestra; así pues no es de razón sentirse responsable de su voluntario acto de cobarde”.

Mas seguía don Marcos preguntándose cosas, pues habiendo visto el prodigio realizado con el pequeño Marino, quiso saber el hecho para volver tinta que desaparece en tinta que permanece por siempre; y estas razones díle:

Pudo hacerlo, e pienso era su intención llegar al tal engaño, de forma, que pensase yo que me llevaba las firmas y así podría huir antes de hacerse la tinta invisible, o desaparecer como vos decís. Mas poneos en su lugar, pues haciendo esto, sabía quedarían los documentos sin rúbrica al día siguiente, y ese mismo día me tendría frente a él cortándole miembros sin piedad – que no es tan grande ni tan secreta Castilla como para esconderse de mí - hasta obtener las doce; una a una. Así pues, no vi usase el tintero inconfundible que decís, sino una destas plumas que la tinta ya lleva dentro: auténtica tinta china de color negro. No hubo pues receta mágica”.

E a todo esto quedó don Marcos suspenso.

En León y a quince de diciembre del año de dos mil e cinco.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario