aseamos de mañana don Marcos y yo por
uitecto don Antonio Gaudí en el mismo centro de la ciudad e que fuera encargada por sociedad importante y es ahora Bajó del coche un par de guardias e acercóse uno dellos y el otro quedó atrás observando y acechante. Pidió el primero nuestra documentación (que es llamada ahora «deneí») e quiso luego llevar la mano a mi acero por retirarlo de mi cinto; mas a esto respondí con prudencia y paso atrás, obedeciendo siempre las órdenes como fuéme advertido por don Marcos. Con esto, entregó mi compañero el salvoconducto real que me daba licencia de portar armas (e incluso usarlas), mas púsose el guardia primero en risas e fue luego a mostrárselo al otro, que también rió. Acercóse al punto al coche por dar aviso por teléfono (que debería ser muy valioso pues parecióme estar atado al asiento del coche) y llegó al poco otro coche destos de estruendos y relámpagos con otros dos guardias. E oí cómo uno se burlaba por ser yo de nombre Alacaída e por mi atuendo. Acercáronse pues, e nos pusieron con las manos en la pared y las piernas abiertas, e aprovechando un poco de lejanía, advirtióme don Marcos estuviese sereno, pues había guardia secreto observando lo que allí ocurría.
Llegó al otro poco otro coche de la guardia aún más grande e con ventanas llenas de rejas, e así estuvimos hasta que apareció coche negro como el que usamos para nuestros viajes y al cual dan nombre de mujer; Mercedes. E deste coche vi bajar al hombre corpulento que paróme a la salida de la casa de don Pablo Pérez del Olmo en
“¿Pero qué habéis hecho Gil y Pollas? ¿Acaso aún no sabéis las normas a seguir antes de estos procederes?”.
Y tirando con rabia al suelo su cigarro lo pisó con fuerza aplastándolo e acercóse a nosotros pidiéndonos disculpas por lo ocurrido, presentóse como señor Teniente Inspector, e hubimos luego algunas palabras entre los tres. Con esto, pedíle me diese licencia de hablar a la guardia, e así fue concedida. Y saludéles a todos en voz alta y diciendo, por primera vez en mi vida, mi nombre completo:
“Es este que os habla el Capitán don Marino Alacaída y González Cabeza de Vaca e Marqués de Fuentefría, que aunque lleva sangre de «león» en sus venas, no es leonés, mas entiende que no hay aquí este tipo de costumbre en el recibimiento, sino que son los leoneses gente acogedora y de bien. Por tanto, pido al señor Teniente Inspector, no tenga en cuenta nada de lo ocurrido e no se aplique pena alguna por el yerro cometido, pues toda guardia aprende de sus errores, o acaba criando malvas. Sea pues esta una experiencia más para vuesas mercedes”.
Acerquéme luego a don Marcos que observaba suspenso toda la escena, e despidiéndonos del señor Teniente Inspector con máximo cumplimiento, aceptamos una vez más sus excusas. Mas, al volvernos para seguir Calle Ancha hacia
“¡Id con Dios, partida de Gil y Pollas!”.
E sin más, continuamos el camino e partieron los coches, y al poco, torcimos la primera esquina, e diose en tal risa don Marcos, que no podía otra cosa hacer sino reír, golpear las paredes, sujetarse el vientre y llorar. E viéndole en tal contento, esperé poder hablar con él, e díjome al cabo, aún entre risas, estas palabras:
“¿Acaso no sabéis que llamando a ese guardia Gil y Pollas le llamáis idiota? Pues no son esos sus apellidos, sino insulto que le ha dicho el teniente; y se dice gilipollas al idiota”.
Mas pensé entonces, que a veces, siendo uno demasiado experto en cosas complicadas, acaba uno siendo en otras cosas simples un verdadero gilipollas.
En León y a ocho de diciembre del año de dos mil e cinco.


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