30 octubre, 2005

Domingo: Del despertar

brí los ojos antes de ser llamado en la mañana, pues oíanse al otro lado de la puerta los repetidos cuartos del reloj que en el pasillo cercano se halla e pensé que algún criado estuviese acaso moviendo las manecillas hacia atrás por ajustar la hora a la nueva que hoy tenemos; dejaba sonar cada melodía antes de atrasar cada cuarto hasta que se oyeron dar las siete.


Y a esto estaba atento mientras recordaba a Su Ilustrísima, don Juan, que debería ya a estas horas estar preparándose para asistir a la misa de domingo en la Iglesia de Santa María de Ronda, e sentí grandes deseos de tener con él algunas palabras e pedir algunos consejos, pues tanto cambio de vida ponían algunas de mis ideas confusas; y estas ideas quisiera se me aclararen.

Con esto, sonaron tres golpes suaves a la puerta que comparte mi dormitorio con el de don Marcos, e oíle decir en voz clara y alta:

Dominus tecum.

Et cum espiritu tuo, respondí al punto.

Sursum corda, prosiguió.

Habemus ad Dominum.

Gratias agamus Domino Deo nostro.

Dignum et iustum est, concluí. Venite.

Entróse entonces de espacio hasta mi cama e manifestó su intención de acompañarme a la misa de domingo, si ello fuere mi deseo, e no habiendo agora costumbre de asistir a misa diaria, pensé que debería dar gracias por ver cómo las cosas venían. Inclinóse luego sobre mí dándome los buenos días y besó mi frente, e retirándose un momento, trujo él mismo el jugo de naranja que siempre hube de tomar por costumbre.

Estando ya preparados, salimos caminando hasta la Parroquia de San Francisco de Borja, la iglesia de los jesuitas que hállase cercana a la casa, en la calle de Serrano. E manifesté entonces mi deseo, tal vez por aviso al móvil, de hablar con don Juan hoy mesmo. E desta manera fueme dicho que al volver de la misa habría de hablar con él ¡y verle!; e no comprendí estas razones.

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