olvimos a la casa dando un corto paseo y estaban las calles de Madrid más tranquilas de tráfego de coches e más silenciosa e corría un viento fresco del norte que parecióme traería lluvia o nieves. Nos entramos luego en la casa e nos recibió don Fernando invitándonos al desayuno que habría de ser servido al poco en la pequeña mesa redonda de la ventana; y refirió don Marcos durante la colación mi deseo de haber algunas pláticas con don Juan, mas usaron tales palabras que no entendí nada de lo dicho.
Pasamos luego a la sala e tomamos asiento cómodo frente al mueble donde se abría la gran ventana luminosa (que dijéronme debía llamar monitor o pantalla) e fue avisado don Juan usando el móvil e pensé sería de mucho gusto oír otra vez la su voz, mas dijeron una hora luego para hablar.
Encendió don Fernando lo llamado monitor e allí se vieron dibujos e sonaron chirimías por toda la habitación como se oyen desde deuvedé. E todas estas máquinas no entiendo e propúseme entenderlas, que en esto del gusto por artilugios he gran parecido como lo dicho del Emperador don Carlos.
Sonó al poco la musiquilla del móvil de don Fernando e apuntó este al monitor con pequeña arma de igual forma de estuche como móvil e que llamó mando, e ¡bien que mandaba! pues al instante aparecióse ante mí sentado don Juan e llamóme sobrino e dióse luego en grandes risas por ver mi espanto.
“¡Ay, sobrino y querido capitán! ¿Quién os dijere que alguna vez hablaríais con alguien en la distancia e mirándole a los ojos? Cosas increíbles como estas habréis de ver, mas serán al cabo para vos cosa de uso acostumbrado. No vaciléis. Buenos días nos dé Dios a todos, don Fernando y don Marcos, que a lo que veo, tratáis a este gentilhombre a cuerpo de rey, cual se merece, e bien gallardos se os ve a entrambos… Y vos, decidme, capitán; ¿acaso no queríais comentar conmigo alguna cosa?”
Seguí suspenso hasta que puso don Marcos su mano en mi hombro como dándome aliento: “¡Hablad, que os ve y escucha!”
Vacilé otro poco, tal como pensó Su Ilustrísima me pasaría, e vine luego a decir balbuciendo: “¿Do estáis, que tan bien os veo como si aquí mesmo estuviéredes?”
Y con esto, saliéronse mis acompañantes del salón por dejarme a solas con el obispo e hubimos conversación larga, pues al poco acostumbréme a tenello como enfrente e fuimos hablando de forma tal, que parecióme estar con él en Ronda.
E fuéme dicho luego que tenía esto por nombre conferencia; y a don Marcos di órdenes de poner una conferencia destas en cada casa e de darme liciones de su uso.
En Madrid y a treinta de octubre del año de dos mil e cinco.


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