ello es el claustro de este monasterio de San Marcos para gustar del silencio y el recogimiento lejos de estos ruidosos coches y estas vociferantes gentes de hoy. Di esta mañana unos paseos por la parte alta y la baja, que es como museo de piezas aquí encontradas en la que di con una losa de un tal señor don José Escobar Quadrillero, marqués de Villadangos y Señor de Rioseco y Tapia de
de sus quehaceres y vino a comunicarme que habría de mudarme a Ronda durante algunos días por ser requerido por Su Ilustrísima hasta que hubiere menester volver a León.Me invitó amablemente a pasar a la taberna para tomar algún vino antes del almuerzo, y sentados en cómodos sillones, dióme razones de la tardanza en recibir la firma de Pérez del Olmo. Y viendo y diciendo yo acaso que éste Pérez parecía mal bicho, manifestó don Marcos sus razones:
“¿Quién soy yo para daros liciones de vivir? Bien decís que es mal bicho, y a estos bichos hacemos comparación con los hombres según su categoría, pues es cerdo el que anda sucio o guarro el mal aseado; es burro el terco y el torpe; es una mula el hombre de fuerza mal empleada; un gallo (o gallito) el que saca mucho pecho por poca cosa; un gallina el cobarde y cotorra el que mucho habla; una cabra el que tiene la cabeza perdida y un corderito el que parece noble; perro el vago y zorro el astuto; y entre las aves hay muchas y malas comparaciones: cuervos, buitres, patos y ocas. Hasta en los peces, la trucha tiene su igual humano. Y entre esta fauna nos hayamos todos mezclados”.
Mas pensando que también yo mesmo habría de tener comparación con animal, no quise imaginar cuál fuere, ni preguntallo, sino que cambié a otras pláticas por parecerme de más interés y supe al punto que el día siguiente de mañana nos partiríamos hacia Madrid y de allí a Sevilla.
En León y a ocho de octubre del año de dos mil e cinco.


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