04 octubre, 2005

Del encuentro con Pérez del Olmo y otras cosas de este día (y 5)

uisiera yo – dijo don Marcos un tanto enojado – que nos dijese vuesa merced a dónde fueron esos caudales obtenidos de la venta, pues lo vendido era mucho más que dos casas y una industria; esa hacienda es tan grande que no hay lugar en España donde no se encuentre una parte della; mas no veo aquí lujos ni paréceme que los tenga escondidos bajo la tierra”.

Y respondió con temor y con llanto don Pablo:

Debajo de la tierra están; que hube de malvender casi todo a quien por ello no daba casi nada, por ver que mi hijo enfermaba de gravedad si no pusiese remedio, y busqué a los mejores médicos y a las Américas lo llevé por quererlo vivo; mas murió”.

Hubo un grande silencio y, tras una plática corta, pidió este hombre, al que yo creyese vil, firmar todo papel que se le exigiese. Y en ello aclaré que constara mi voluntad de ser suyo lo que hubiere mientras viviese; y así lo hizo constar don Marcos.

Nos salimos de la casa pasado ya el medio día y fue mi voluntad volver a la taberna de La Sacristía que en la esquina de la calle Herreros se encuentra, mas al entrar en la plaza por tomar la calle de la Capilla, preguntó don Marcos con asombro:

¿Puede vuesa merced decirme de dónde ha sacado tal documento y cómo ha compuesto tan deshecha historia y cómo ha convencido a este hombre con tan poco esfuerzo?; pues llevo en ello demasiado tiempo para no haber constancia de lo que habéis narrado ni destos papeles”.

Ninguna ciencia moderna – dije – ni ninguno artilugio que se lleve cruces y cadenas por los aires, tiene la fuerza de la mente, pues no eran estos papeles sino un as escondido en la manga, que quien con tahúres cree que juega, no juega claro y ha de haber siempre un farol que lo alumbre; y no es esto sino el farol que ha dado luz al caso”.

Y en aclarar el resto, ocupamos lo que quedaba del día.

En León y a tres de octubre del año de dos mil e cinco.

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