e entró en la casa una mujer joven, de hasta edad de diez y ocho años y, un poco asombrada de vernos, habló a su padre:“Padre – dijo -, salid al punto a la plaza, pues es maravilla de ver cómo el sol se ha ocultado tras la luna en el eclipse y parece como la noche en pleno día. ¡Salid!”.
Hubo miradas entrambos e luego miróme Pérez con ojos tristes como si en la tal mirada preguntáseme qué hacer, e viendo también los ojos de la moza brillando y que esperaban alguna respuesta, dije:
“Salgamos a ver tal fenómeno, pues hace dos cientos y cuarenta y un años que pude ver cosa tal y no es de razón dejar de ver tan bello acontecimiento agora”.
Con esto, nos salimos de la casa y parecía la luz de la calle como si hubiese llegado la tarde siendo de mañana y la moza, que vióme antes pasar hacia su casa, sonrióme con dulzura y acercóse por darme un cristal negro para que yo lo viese mas, tal vez, con otros pensamientos. E mientras miraba la tal maravilla me dijo dulces palabras e fue así que pensé que hubo puesto sus ojos en mí. Le entregué su cristal negro por que ella mirase, mas restó queda mirando mis ojos y sin soltar la mano que le tendía. Por un instante quedé embelesado con su rostro mas, al poco, advertir ser desatino aquellas miradas y cómo don Fernando pendiente estaba de cuanto sucedía.
Al poco, volvimos a la casa que aún tenía luces por no haberse aclarado el cielo y, al pasar a la estancia, nos rogó don Pablo Pérez (que así era su nombre), que tomásemos cómodo asiento al otro lado de la sala, e llamando a la servidumbre, pidió vino y chacinas de la tierra para sus invitados.
“No he de ser yo como fueron mis antepasados, ni es mi intención negarme a entregar lo que agora sé no es mío, mas ha de saber acaso vuesa merced, capitán, que vime en situación dificultosa e hube de vender la gran parte de esta hacienda a don Enrique Vargas Herrero, no siendo mis pertenencias más que dos casas, una industria y poco dinero, de lo cual vivo; mas si ordena la ley que está en mis manos devolveros lo usurpado, no he de negarme a ello, pues no soy hombre de codiciar lo ajeno. Acaso sea imposible que recuperéis lo por mí vendido, pues las leyes no son ahora las mismas de antaño”.
E viendo en sus ojos ser verdadero lo dicho, respondí:
“No puede moverse camino real alguno en el reino de España ni dos pasos al este ni tres al oeste, ni es título de nobleza cosa de compra y de venta, sino que va en la sangre; y tal como lo fuere, lo sigue siendo. Y si es cierto esto que decís de la necesidad que hubísteis de vender, no ha de ser esa venta tenida en cuenta, pues cosa robada no pertenece sino a su dueño. E si es así que dispuesto estáis a devolver lo que os queda para poder haber vida digna, he de perdonar yo mismo la falta cometida y dejaros de por vida lo que os queda; pues tampoco es mi intención dejaros a vos y a vuestra familia viviendo de la limosna”.
Los rostros de don Marcos y don Fernando parecieron trocarse en mármol y don Pablo, dejando la copa sobre la mesa con mano temblorosa, rompió en llantos.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario