esabotoné sin priesa el pecho y las miradas quedaron clavadas en mis manos, que sacando un contrato con varias páginas, púseme a hojear mientras hablaba. “La razón viene conmigo – dije -, pues no habréis de negar que vuestra familia estuvo en Ronda y no con muy buenas intenciones, sino que pasando antes por Cazalla, fueron a visitar a un hombre que no era sino de la Orden de los Cartujos, que a la sazón controlaba entonces todo aquello que pasaba al Andalucía o salía de allí. Y era este hombre de apellido Pérez del Olmo, que acaso conozcáis. Escribió este cartujo documento con dobleces por sacar partido de ello, mas luego no fue cosa fácil convencer a mi hermano don Pedro de lo que en él se leía y de entregar lo que era suyo. E vio toda la ciudad de Ronda a mi hermano con gran disgusto e lo creyeron enfermo de amores, mas no era otro que este el problema. Siéndole mi hermano estorbo para conseguir lo aquí dicho, don Andrés Pérez del Olmo tomó la determinación equivocada de acabar con su vida y arrojarlo por el Tajo durante la noche, encontrándose su cadáver dos días después e diciéndose se había suicidado. Por ello no pudo tomar su sepultura en tierra santa del cementerio y fue enterrado en el mismísimo sótano de nuestra casa, la de la Gran Rosa de la Puerta de Hierro. E yo mesmo he visto su tumba, mas profanada. Pasó algún tiempo y parecióle a este don Andrés necesario quitar dos páginas de este documento, pues en ellas se daban ciertas razones que acaso lo delataran. Mas como el destino pone a cada cosa en su sitio y a cada uno en su asiento, venían tal vez olvidadas estas dos páginas entre tanto papel que nos entregó vuesa merced en Cuenca, y teniendo yo, además de muchos años, buena memoria, y sabiendo el diablo más por viejo que por otra cosa, puse estas dos páginas donde debieren y leí al cabo la verdad”.
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