e llegué a la casa de espacio atravesando la empedrada plaza, no por haber priesa por llegar desde el aviso, sino por ser dificultoso el andar con estos zapatos por suelo tan relevante. Al entrar en la calle de Juan II y notar el suelo más amistoso, aligeré el paso ya sin apartar la vista del portal que me esperaba y, llegando a éste, y sin otros pensamientos, me entré en el zaguán de la casa y abrióse al punto una cancela que dejóme ver una sala como en penumbras; sentado tras una mesa, en el centro, estaba suspenso Pérez del Olmo y en pié y ambos lados Don Marcos y don Fernando; el primero al lado izquierdo y el otro a mano diestra.“Helo aquí – comentó don Marcos -, y con drisfraz, como decís, pues no es esta vestimenta sino un disfraz para él y no la que ha uso en llevar”.
Y no sabiendo que habría de hacer o si debiere hablar, resté quedo y con la mirada fija en sus ojos, que pareciéronme tristes más que amenazantes, hasta que habló.
“Bienvenida sea vuesa merced, capitán. No he de poner en duda vuestro existir, a lo visto y lo leído, mas no he de disimular mi asombro, que no sois titerero sino verdadero. E quisiera yo saber, si no es mucho estorbo, cómo es posible que llaméis a este hombre sobrino si no es de tan larga vida como vos, pues esto no se me ha dicho”.
Miré luego con prudencia y con respeto y afeto a don Fernando y, no viendo señal en él que me impidiera hablar con libertad, respondí:
“Bien decís que no es este mi sobrino, sino que así lo llamo por ser el heredero directo del que lo fuere otrora; como así llamo tío a Su Ilustrísima don Juan de Lobo, que no es tal tío, sino el descendiente directo del que otrora lo fuere, don Álvar de Lobo y González Cabeza de Vaca; pues en vida tan larga, ve uno pasar a mucha familia e se siente la soledad”.
E no hubo respuesta inmediata, sino que calló y bajó la vista como más entristecido, quedando todos en silencio y tornándose la estancia cada vez más obscura, como si viniese la noche a media mañana, hasta el punto, que uno de los sirvientes hubo de encender las luces.
“Mas hay algo que aún sigo sin entender – continuó al cabo Pérez -, pues ¿cómo habréis de demostrar que fue mi familia y no otra la que usurpó tales bienes si de ello no se me dan buenas razones?”.
Y fue entonces cuando entró en juego la carta que llevara yo a colación escondida en la camisa.


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