visado muy de mañana, no habiendo aún luz del día, hube de prepararme para lo que sería importante jornada en todo este viaje. Púseme el traje que para hoy tenía reservado, más obscuro y más grave e, a lo que me dijeron, más lujoso que todos los otros que llevaba en el bagaje, e puse el pelo a la usanza (así como descabellado); y antes de que volviese don Fernando a verme, escondí bajo la camisa, junto al costado izquierdo y en parte no visible por taparlo la chaqueta, el as de oros que para el encuentro reservaba.
Tras un copioso desayuno por tomar fuerzas, nos partimos en coche con cochero hasta la Calle Ancha, que también llaman Generalísimo, donde no han paso los carruajes. E fuimos luego andando por otras callejuelas que parten desde el ayuntamiento y se adentran en el que llaman Barrio Húmedo, que no
tiene este nombre sino por ser León zona de abundante agua y por haber en estas callejuelas muchos bodegos donde viénense las gentes (día y noche) a humedecerse por dentro. Y en la calle de nombre Juan II, tiene este vil Pérez casa (que según creo me pertenece); y es ésta calle ancha y muy corta y tiene su salida a la Plaza del Grano (Santa María del Camino), en cuya esquina, se encuentra una casa de antigüo que es maravilla de ver. Pasamos pues con presteza por mostrarme el portal donde debiera acudir al ser llamado y, doblando por debajo del soportal de la casa a mano diestra, nos llegamos por la calle Capilla hasta la puerta de la Capilla del Mercado, que está en la calle de los Herreros y en cuya esquina debería yo estar esperando aviso.
Fuéronse pues de espacio hacia la casa, e viendo yo que en aquella esquina había una taberna de nombre La Sacristía y lléndoseme el santo al cielo, me entré en ella por esperar sentado. Y estaba el tabernero algo solo y un mucho aburrido e púseme con él en unas luengas pláticas, por ver éste acaso que no era mi acento de aquella región, e ficimos amistad mas no le dije qué me traía a León. Dentro de una hora, e no recibiendo aviso, me mudé a la otra esquina de la capilla con la Calle del Mercado e vi en el suelo una a modo de concha dorada que acaso señalase algo e pregunté a quien pasaba e fuéme dicho que ésta señalaba el Camino de Santiago que por allí pasaba. Con esto, eché de ver a unas gentes que parecióme miraban al cielo, que aún estando sin una nube, veíase cada vez menos alumbrado, como si llegara la noche; mas no hubo pasado tanto tiempo desde el desayuno y extrañóme. E yéndome hacia ellos por preguntar qué hacían, se movió como ratón el móvil.
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