28 octubre, 2005

Del anillo misterioso

cercóse Alberto a mí con prudencia estando sentado a la mesa que junto a la ventana se halla y, haciendo grande reverencia, dijo en voz baja:

“¿Acaso vuesa merced no ha echado a faltar el anillo que habría de llevar al dedo?”.

Y estas palabras no entendí con claridad y sin ocultar mi asombro, le dije dudoso:

A fe que no sé qué decís, pues el anillo guardado está, según creo recordar; mas aún así os agradezco la advertencia”.

Sin otras palabras, retiróse al punto Alberto por el pasillo del servicio por el que ya traían los preparativos para la cena; y en poco más, se llegaron el licenciado y mi sobrino hasta mí y me anunciaron la visita que se haría por la mañana a las tres casas que en Madrid tengo.

Sentáronse ambos a la mesa por esperar que la cena fuera servida e manifestó don Marcos la necesidad que habría de visitar también algunas otras casas de mi hacienda por ver su estado y, si fuere menester, reparar alguna cosa en ellas. Y son estas casas las de Toledo, Plasencia, Jarandilla de la Vera, Béjar, Salamanca, Benavente y León, que en los listados aparecen y las cuales todas no he visitado.

Excusóse don Fernando e retiróse luego volviendo al poco y, estando otra vez en estas pláticas, se llegó el criado a servirnos vino en cuanto se preparaba la mesa y repasó luego las sillas y no apartaba don Fernando dél la vista y le dijo al cabo:

“¿Habéis visto acaso un anillo que echa a faltar el capitán?”

No tal, señor – contestó Alberto tan sorprendido como yo -, y sobre ello he preguntado al marqués al ver que no lo lleva puesto y hame dicho que lo tiene guardado.”

“A buen recaudo, sin duda – prosiguió don Fernando -, que ni yo mesmo lo he visto hasta ahora; mas visteis vos acaso alguno en su mesa y os pareció dél. Mas ni él ni yo somos desmemoriados, pues nadie ha olvidado anillo alguno en sitio alguno, sino que yo mesmo puse un alto sello, con un escudo y una piedra negra que os era desconocido, sobre la mesa del escritorio del capitán; y ya no está. Acaso lo hayáis mudado de sitio, o de dueño, al ver que de nadie era.”

Mudó la color de Alberto y quedé yo suspenso y me pidió entonces disculpas don Fernando por haber entrado en mis aposentos sin mi permiso a poner tal señuelo e ordenó al punto a Alberto devolviese lo hurtado, recogiese sus cosas y saliese de aquella casa sin tomar otras medidas. E fuese el talaverano e fue servida la cena.

En Madrid y a veinte y ocho de octubre del año de dos mil e cinco.

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