27 octubre, 2005

De la vuelta de un capitán

o he andado muy sobrado en tiempo para escribir cada día lo acontecido, mas no he de dejar tampoco en el tintero lo que sobre papel debería ya estar; y es así que ha pasado ya una semana y no he escrito línea tras de otra.

Nos llegamos don Marcos y yo a Madrid y quedé de nuevo hospedado en casa de don Fernando, mi sobrino, que al verme hubo gran contento e dióme fuertes abrazos e preguntó muchas cosas que quería saber. Y tuvimos visita de algunas gentes e se celebró una comida importante con invitados. Y dedícase don Fernando como médico casi todo el día y don Marcos en sus asuntos que son muchos y complicados, que aunque a esta España mermada llaman tierra de libertades, a mi razón no alcanza que algunas de ellas sean poco tenidas en cuenta por políticos y gente que dícese a sí misma cultivada, pues hay quien escribe y hace dibujos en monumentos, en importantes fachadas de palacios, en las puertas y hasta en el mismísimo suelo.

Quedéme en la casa por la mañana y sentí olor a vinagre dulce, a especias y otros aderezos y acerquéme a la cocina por ver quién andaba en tales guisos; y era una mujer joven de nombre Margarita que tenía el rostro cual una flor, como su nombre, y el cabello dorado y cantaba con voz suave como de ángel mientras preparaba las viandas; y al verme sonrió y me dio los buenos días y me llamó capitán. Tuve con ella unas parlas mas guardando las distancias tal como aconsejárame don Fernando e sirvióme luego el desayuno en una mesa que cerca de una ventana se halla, e observé cómo llovía. Se obscureció al punto la casa y encendió Margarita las luces de la sala. Terminado el desayuno, fui a buscar mis ropas, pues quería asegurarme de que todo allí se encontraba guardado, y viendo el traje que había llevado siempre, mudé mis ropas modernas por éstas decidido a seguir mis costumbres.

Tomé uno de aquellos discos que llaman deuvedés y abrí la pequeña tapa donde se colocan éstos y luego, cerrándola con primor, encendióse la gran ventana luminosa y sentéme ante ella viendo y oyendo cosas tales que no advertí la presencia de Margarita que me miraba con ojos de espanto:

A fe – dijo – que no he visto en toda mi vida tales ropas ni tan gallardo hombre y no es mi costumbre decir estas cosas; mire vuesa merced que soy verdadera y perdone mi atrevimiento, pues no se ven capitanes todos los días paseando por las calles ni sentados en salón de casa alguna”.

Agradecí tales palabras mientras se entraba en mi dormitorio para hacer sus tareas y seguí mirando unas historias que se contaban sobre las conquistas y parecióme volver en el tiempo.

Se acercaba el medio día cuando llegaron juntos don Marcos y don Fernando y púseme en pié por saludarlos, mas al verme vestido otra vez de tal guisa, manifestó don Fernando las siguientes palabras:

Cúbrase vuesa merced, pues no hay Grande en la nobleza obligado a descubrirse bajo techo, por muy noble que éste sea”.

Tomé pues mi sombrero y cubríme; y fuéme dicho que habría almuerzo luego y do habría que viajar y a quién habría que visitar en algunas ciudades de Castilla. Quise escribir algunas de las cosas que se me dijeron y me entré en mi estancia, y sobre la cama, encontré mi espada que puso allí Margarita; y acerquéme a tomarla con fuerza y así volví a sentirme ser el capitán que nunca hube dejado de ser. Con esto, comenzaba una otra parte de mi vida que he de narrar con detalle.

En Madrid y a veinte y siete de octubre del año de dos mil e cinco.

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