a noche pasé en vela de solo pensar en el viaje de vuelta, y caí en sueños faltando poco para la partida. Entróse don Marcos a mi estancia e fue hablándome hasta que vióme en pie, y tras prepararlo todo, volvió con alguna premura. Viéndome casi en sueños y con tanto movimiento por delante, pensé que tal vez sería menester tomar doble cantidad de la medicina que diérame don Fernando para los vértigos, pues doble habría de ser el viaje.Nos partimos de León a las ocho de la mañana y dentro de tres horas, y media más, fuimos llegados a Madrid, a la que llaman Estación de Atocha, y esperamos allí todavía una hora; e pensé que de la dura tapa de la mesa de la taberna bien podría hacer tierna almohada; tal era el sueño, que me impedía ver y oír. Tomamos al cabo el tormento llamado ave y pude en éste dormir algo recostando la cabeza en el cómodo asiento. Avisóme don Marcos de la llegada a Sevilla, a
Poca cosa llevaron hasta el coche y restaron allí todos hasta que éste partió. Y nos dejó este coche en el lugar que llaman Prado de San Sebastián (que no es ya tal prado, sino que son jardines), e allí pasaron los bultos a otro coche y en este nos partimos hacia Ronda; y dentro de poco más de una hora, aquí llegamos.
Nos esperaba atento Su Ilustrísima en la esquina del callejón de los Tramposos con la calle de Armiñán, e teniendo más sueño que hambre, ganas de parlas u otras cosas, heme retirado pronto a mi estancia. Mas no sé si habré de hacer buen repaso de lo escrito de mañana, pues paréceme que la mesa, la silla y la cama se mueven también como todo se ha movido hoy.
En Ronda y a nueve de octubre del año de dos mil e cinco.


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