09 octubre, 2005

De la vuelta de León a Ronda en un solo día

a noche pasé en vela de solo pensar en el viaje de vuelta, y caí en sueños faltando poco para la partida. Entróse don Marcos a mi estancia e fue hablándome hasta que vióme en pie, y tras prepararlo todo, volvió con alguna premura. Viéndome casi en sueños y con tanto movimiento por delante, pensé que tal vez sería menester tomar doble cantidad de la medicina que diérame don Fernando para los vértigos, pues doble habría de ser el viaje.

Nos partimos de León a las ocho de la mañana y dentro de tres horas, y media más, fuimos llegados a Madrid, a la que llaman Estación de Atocha, y esperamos allí todavía una hora; e pensé que de la dura tapa de la mesa de la taberna bien podría hacer tierna almohada; tal era el sueño, que me impedía ver y oír. Tomamos al cabo el tormento llamado ave y pude en éste dormir algo recostando la cabeza en el cómodo asiento. Avisóme don Marcos de la llegada a Sevilla, a la Estación de Santa Justa, y luego de este tormento vino otro, pues en coche con cochero, al que don Marcos llamó ¡Taxi!, fuímos hasta mi casa del centro de la ciudad, la que encuéntrase en la calle de la Estrella, por tomar de allí algunas ropas de las que he uso a diario. Paró el coche en la esquina de la calle de Argote de Molina e fui hasta la casa, donde dijéronme me esperaba la servidumbre con todo preparado. Al entrar en el zaguán, vime sorprendido por acercarse José (el lacayo principal de la casa, al que llamo Chuti por ser francés), en grandes voces y con gran enojo, pidiéndome saliese de allí al punto si no quería que fuese llamada la guardia. Mas al oír mis razones, miró con cuidado mi rostro y hubo gran asombro, pues no habíame reconocido con tales máscaras. E vinieron luego todos a saludarme y a presentar sus excusas por lo acescido.

Poca cosa llevaron hasta el coche y restaron allí todos hasta que éste partió. Y nos dejó este coche en el lugar que llaman Prado de San Sebastián (que no es ya tal prado, sino que son jardines), e allí pasaron los bultos a otro coche y en este nos partimos hacia Ronda; y dentro de poco más de una hora, aquí llegamos.

Nos esperaba atento Su Ilustrísima en la esquina del callejón de los Tramposos con la calle de Armiñán, e teniendo más sueño que hambre, ganas de parlas u otras cosas, heme retirado pronto a mi estancia. Mas no sé si habré de hacer buen repaso de lo escrito de mañana, pues paréceme que la mesa, la silla y la cama se mueven también como todo se ha movido hoy.

En Ronda y a nueve de octubre del año de dos mil e cinco.

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