29 octubre, 2005

De la visita a las casas de Madrid

stán las tres casas que en Madrid poseo muy cambiadas por el tiempo; dos de las cuales son humildes, mas confortables; y es una de ellas en la que he habitado en mis viajes; y otra tercera era galpón y ha sido trocado en casa de vecinos y es habitado por tres familias y habría de ser vuelto a su estado, pues hanse quitado della numerosas cosas importantes. Y de reponer todo esto di orden.

Manifesté a don Marcos mi sorpresa por ver cómo ha cambiado la ciudad con los tiempos y entre las modernas casas que en ella se ven se conservan las otras antigüas y es maravilla de ver cómo sobre algunas no parece haber pasado el tiempo; y es esta ciudad siempre cambiante desde que trasladó Felipe II la Corte aquí desde Toledo en 1.563. Y viendo el licenciado mi interés y mi emoción por visitar de nuevo tales lugares, preguntó acaso con curiosidad:

Sabéis ahora cuál es una gran parte de vuestra hacienda en España, y aunque parte de ésta está aquí mesmo, habrá que administralla toda. ¿Mudaréis entonces vuestro domicilio aquí o lo haréis tal vez a otra ciudad?”.

Entre todas las ciudades que visitemos – le dije – habré de pasar el resto de mis días, si es que Dios tiene alguna fecha establecida para mi fin; mas si lo que queréis saber es si tengo algún afeto especial por alguna dellas, sabed que prefiriere vivir en Sevilla más tiempo que en las otras ciudades, que siendo todas singulares y de mi gusto, tengo allí más cosas que quisiere tener cerca; y si es esto motivo que os preocupe por haber de dejar familia y casa, os rogaría me lo hiciéseis saber para encontrar un remedio”.

No es aquesto que decís – contestó -, pues allí donde vayáis he de ir con vos y aún si estando lejos me necesitarais para cualquier menester, podremos hacer uso del teléfono y de otros artificios que han de sernos de grande utilidad. E no debéis temer por mi familia o por mi casa, pues he tomado la decisión de separarme de mi esposa, por ser este matrimonio donde no hay amor”.

Fueron estas palabras graves y profundas para mí, pues no heme acostumbrado aún a estos nuevos usos donde disuélvese como azucarillo sacramento que no acaba sino con la muerte; mas, pensé, acaso hubiere muerto el amor que entre ellos había.

Al llegar a la casa y bajar del coche, quise hacer observación a don Marcos de cómo iban pasando aquellos vértigos que hubiere al principio al viajar en estos coches tan veloces; acaso estos últimos tiempos de tráfego continuo estaban obrando maravillas en mi cabeza, que cada vez sentía más asentada sobre los hombros.

Bien me parece que así sea, capitán – comentó don Marcos –, pues habrá que viajar también en algún navío; y no precisamente destos que van flotando sobre las aguas del mar”.

E no quise imaginar unas otras cosas nuevas.

En Madrid y a veinte y nueve del año de dos mil e cinco.

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