10 octubre, 2005

De la primera jornada con don Marcos en Ronda (1)

í de mañana la llamada de la servidumbre: “Buenos días nos dé Dios”. Y sonaron a la puerta varios golpes e así también los oí sonar a la puerta de la estancia de don Marcos. Mas no hubo otro sonido pasado un rato e fuéme dificultoso despegar los ojos en tal silencio y con tal cansancio. Pasado algún tiempo más, volví a oír otra llamada más fuerte: “¡Levantemos el corazón!”. Y un tanto a lo lejos, le siguió una respuesta con gran enojo: “¡Lo tenemos levantado hacia el Señor! ¡Dejadnos dormir, por caridad!”.

Llamó don Marcos a mi puerta e hícele entrar, y en voz baja, manifestó: “A fe, capitán, que me haya parecido oír una llamada ¡y a estas horas! ¿Acaso es costumbre aquí no dejar dormir a los huéspedes o es que ya no recuerdan que venimos de largo viaje?”

Dióme tal risa su sorpresa, que me incorporé en la cama y, con el mismo tono de voz, le contesté: “Vuesa merced ignora que hombre que se levanta temprano y se acuesta temprano, es hombre sano; y en esta casa se cuida de la salud del cuerpo y de la del alma, que por ello vive en ella persona dedicada toda su vida al servicio de Dios e son estas sus costumbres tanto como sus obligaciones, e mientras aquí estéis hospedado habréis de cumplir tales normas; dispongámonos pues de buena gana a asistir a la misa de ocho”.

¿A misa de ocho decís? – replicó con voz más fuerte - ¿Y ha de ser así todos los días?”.

Así ha de ser – contesté con paciencia y un tanto de burla -; a misa de ocho, y en ayunas; mas luego daremos buena cuenta de unas tostadas, que en eso del yantar aquí no se escatima. Aprestaos, no os hagáis esperar”.

E volvióse relatando y de mala gana y nos vimos luego para bajar las escaleras hasta la sala principal donde nos esperaba don Juan: “Buenos días tengan vusesas mercedes – dijo al recibirnos -. Hemos de salir en seguida pues poco tiempo tenemos ahora para otros cumplidos, que más tarde tendremos todo el tiempo necesario y más; porque hay muchas y sustanciosas cosas de que hablar. ¡Partamos!”. Y se adelantó un tanto a nosotros que caminábamos como en sueños y bajo una fina lluvia y mirando al suelo.

Por ventura – dijo don Marcos – no he de estar aquí más de cinco días, mas necesitaré otros tantos en Madrid para recuperar el sueño”.

Por ventura – respondíle – en tres días estaréis habituado, que no es todo aquí como os parece; e luego no desearéis partir”.

Y en llegando a la plaza, nos entramos en la Iglesia de Santa María.

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