10 octubre, 2005

De la primera jornada con don Marcos en Ronda (4)

legado el medio día y no habiendo tomado más que una copa de vino, algo de chacina y mucho papel desde el desayuno, fue don Juan quien dio muestras de un cierto cansancio y manifestó la necesidad de hacer un receso, dar un paseo por algunas calles de la ciudad por que la conociese don Marcos y pasar luego el Puente Nuevo hacia el restaurante.

Quedóse admirado don Marcos de la grande belleza destas calles, pues son sus casas señoriales como galpones y palacios, con el escudo en cima de la puerta de piedra y enjalbegadas con cal que deslumbra del resol – que no son como aquellas de Castilla que pintadas están en colores o dejan ver el muro de piedra – y las grandes ventanas con rejas de hierro, o cierres que hasta el suelo llegan, y las estrechas calles y las plazas pequeñas y los entrañables rincones, que recuerdan acaso alguna serenata bajo un balcón. Quise ver en su rostro una sonrisa que no hube visto antes, pues siendo abogado es lógico en él ver el gesto severo, y miraba mientras hablábamos a las rejas y balcones que se observan de las casas a lo alto hasta que nos llegamos al final de la calle de Armiñán donde se abre la vista al puente y al impresionante Tajo.

Esto, vive Dios – dijo al verlo -, no podía imaginarlo; pues son esas casas de ahí enfrente como las que se ven en Cuenca y es este tajo en la tierra profundo y estrecho y es el puente señero como no he visto otro y la brisa fresca de poniente trae aromas a heno desde la era y queda el pecho henchido de emociones”.

Con esta vena poética que salió al abogado, se adelantó de nosotros con priesa por asomarse al primer balcón del puente. Y de tal forma hubo cambiado su humor, que le mudó el rostro. Trabajo nos costó que adelante siguiera por ver aún otras cosas; tal era el embeleso que mostraba. Cruzando luego la Plaza de España, pasamos a la calle de la Virgen de la Paz hasta el restaurante y entró primero don Juan.

“¡Rafa! ¡Manué! – dijo con gran contento – Aquí os traigo a un castellano de nombre don Marcos que nunca ha venido a Ronda, mas que sí conoce, y muy bien, la bella ciudad de Cuenca. Y ahora que conoce algo deste parecido con aquella ciudad, está en sazón de probar nuestra comida, que no digo yo, y Dios me libre, que no sea bueno el morteruelo conquense, sino que tenemos nosotros acaso pasión por lo que conocemos, e siendo así, ha de llevarse una buena parte de esta pasión, como la que por Cuenca tiene”.

Salieron los hermanos Flores al punto a saludar a don Juan y se arremetieron luego conmigo a mostrar sus parabienes:

Pase señor don Marcos a esta su casa, pues habremos de mostrársela con gusto y con gusto también cataréis nuestros exquisitos platos”.

E parecióme que aquestos hermanos no hubiéronme conocido vestido de esta guisa e hube de aclarar con respeto que no era yo el tal don Marcos, sino aquel otro hombre que con nosotros se llegaba y yo era el capitán sobrino de Su Ilustrísima. E oyendo éstos mi voz, no daban crédito a sus ojos al verme con tales ropas modernas, mas repitieron con igual entusiasmo la bienvenida al verdadero don Marcos, que de no dejar la sonrisa desde lo visto antes, pasó a quedársela por el resto del día.

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