ajamos de espacio por
vimos cuán maltrechas estaban, tomó desto buena nota don Marcos e dio a don Constantino razón de hacer lo que había menester y con esto bajamos otra pieza en paseos hasta llegarnos al Puente de Alcántara donde habría de llegarse el coche que nos volviera al parador. Y está agora este puente de forma tal que no parecióme el mismo, e manifestó el cochero que así parecía por tanto ser abatido y vuelto a construir.
Llegando pues la hora del crepúsculo a temprana hora, nos retiramos a la habitación hasta llegada la hora de la cena e refiróme don Marcos lo siguiente:
“Sabréis vos mejor que yo, capitán, cómo son estos toledanos, pues hame parecido acaso que don Constantino y el huésped de la casa visitada no son en verdad hospitalarios; y este huésped nos miraba con ojos amenazantes e hube temores de que terciárais; e parecióme por momentos ver en su rostro al mismísimo diablo”.
Eché de ver cuán asustado estaba por aquello e dióme la risa:
“Dicen las malas lenguas de Toledo, querido amigo, que es ésta ciudad posesa y que de una forma u otra habita en ella el mismísimo Diablo. Y dícese con ello que siempre fue habitada por brujas y hechiceros, aún siendo ciudad de más religiosos que habitantes. Así os sorprenda tal vez saber que en ciudad tan religiosa hubo siempre como a escondidas un cierto culto al Maligno, pues cómo si no explicáis que exista en ella un Callejón del Diablo e otro del Infierno, más
En Toledo y a treinta y uno de octubre del años de dos mil e cinco.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario