31 octubre, 2005

De la presencia del Maligno

ajamos de espacio por la Calle del Pozo Amargo e subían por ella los coches, habiendo cuidado de no ser arrollados por alguno déstos e llegando luego a dos casas que no recordaba yo fueren de mi hacienda; e habló el abogado con un hombre viejo que en ella vivía, mostrándole las escrituras de ser mías, mas sin decir que debiere abandonarla, sino pidiendo nos dejase en ella entrar por vella. Mas mirábanos aquel hombre con malos ojos como diablo e no quise en esto entrar por no tener pendencia, tal como fuéme aconsejado. Y así que vimos cuán maltrechas estaban, tomó desto buena nota don Marcos e dio a don Constantino razón de hacer lo que había menester y con esto bajamos otra pieza en paseos hasta llegarnos al Puente de Alcántara donde habría de llegarse el coche que nos volviera al parador. Y está agora este puente de forma tal que no parecióme el mismo, e manifestó el cochero que así parecía por tanto ser abatido y vuelto a construir.

Llegando pues la hora del crepúsculo a temprana hora, nos retiramos a la habitación hasta llegada la hora de la cena e refiróme don Marcos lo siguiente:

Sabréis vos mejor que yo, capitán, cómo son estos toledanos, pues hame parecido acaso que don Constantino y el huésped de la casa visitada no son en verdad hospitalarios; y este huésped nos miraba con ojos amenazantes e hube temores de que terciárais; e parecióme por momentos ver en su rostro al mismísimo diablo”.

Eché de ver cuán asustado estaba por aquello e dióme la risa:

Dicen las malas lenguas de Toledo, querido amigo, que es ésta ciudad posesa y que de una forma u otra habita en ella el mismísimo Diablo. Y dícese con ello que siempre fue habitada por brujas y hechiceros, aún siendo ciudad de más religiosos que habitantes. Así os sorprenda tal vez saber que en ciudad tan religiosa hubo siempre como a escondidas un cierto culto al Maligno, pues cómo si no explicáis que exista en ella un Callejón del Diablo e otro del Infierno, más la Torre de los diablos que otrora aquí se encontrase en el Cerro del Bú. E dícese que la Travesía del Diablo lleva este nombre por ser allí ultrajados aquellos acusados por el Santo Oficio, pues a quien cayere el sanbenito, Dios le tuviere en misericordia, que perecía en pública vergüenza y era quemado en el brasero toledano y sus ropas colgadas a la vista de todos en la parroquia del desdichado. Y está bien glosada toda esta historia en documentos de la Santa Inquisición; de casas encantadas y sótanos y cuevas con duendes, brujas y hechiceros. E viendo que el cuello se os pone como gárgola, apartemos este tema para otros días y otros lugares, pues es mañana día de Todos los Santos y luego Noche de difuntos e no quisiera yo veros en una noche toledana”.

En Toledo y a treinta y uno de octubre del años de dos mil e cinco.

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