28 octubre, 2005

De la confianza depositada en otros

lamó un criado a mi estancia a la siete de la mañana, e pasó a descorrer las cortinas e trujo un vaso de dulce jugo de naranjas tal como pedí se hiciera y, estando ya en los postreros días del mes de octubre, era noche cerrada y aún tardó en romper el alba. Comenzó entonces a sonar por las paredes el Cancionero de Palacio, que tan gustosos recuerdos me traía, e fue esta una idea de don Fernando para que hubiese buen despertar. Y a poco que comenzaron aquellos sones, vino de nuevo el criado, que habría de preparar cada cosa necesaria para el día; e se llama éste Alberto y fue nascido en Talavera e desta ciudad me refirió alguna historia.

Preparado ya al despuntar el día para visitar al notario, apareció don Marcos con premura e traía su equipaje e pensé que habríamos de partir pronto a Toledo, mas dióme razones que no entendí, pues viviendo cerca desta casa, se vino con todo lo necesario para quedarse en ella hasta el lunes. E tomó los aposentos que junto a los míos se hallan y que tienen entrambos paso al mismo bufete.

Antes de entrarnos en la cochera, advirtióme de la conveniencia que habría en dejar la espada en la casa, pues no parecióle acertado llevarla por ser así ordenado en las leyes modernas; y, como valido que habría de ser en toda empresa, oí atento sus consejos.

Fueron la lectura y la firma del documento rápidas como es costumbre, tardando más lo segundo que lo primero, pues hasta veinte veces hube de poner mi rúbrica en cada copia. E luego desto nos llegamos a otros dos lugares en los que hube también de darle poderes; e así pasó la mañana.

Hubimos larga reunión vespertina en la que dijéronse muchas e interesantes cosas sobre el nuevo viaje que habríamos de emprender y no era empresa fácil; por éste y otros motivos, roguéle hiciere lo que fuere menester sin dar demasiadas razones, pues a entender muchas dellas no alcanzo y mi confianza en él deposité a todo efeto.

Dentro de tres horas, se llegó don Fernando y pasamos a la sala principal donde hubimos otras pláticas y dijo mi sobrino con grande respeto:

Permitidme un consejo, que aun siendo más joven, menos culto y menos ilustre que vos, con grande diferencia, creo tener mejores conocimientos deste mundo de agora, que es por un lado mejor y por el otro peor que cualesquiera de los que hayáis vivido. Y no es otro el consejo sino que andéis con buen ojo puesto siempre en los cuales os rodearen, mas no así en don Marcos en quien podéis y habréis de haber fe ciega y confianza de que hará tal cual penséis o deseéis; y si deste modo no fuera un solo segundo de los que a vuestro lado esté, hágame vos a mí responsable de sus yerros; tal es la confianza que deposito en él. Mas no habéis de creer aquello que os dijeren otros, sino después de consultarlo, pues es tanta la maldad que en algunos anida, tanta la envidia que crece en muchos corazones, tanta la insidia, que bien pudiere alguno osar haceros daño por cuatro cuartos, que sigue siendo el dinero caballero poderoso aunque le hayan mudado el nombre varias veces. Decida vuesa merced tomar en cuenta lo cual os digo, o no tomarlo, pues no es otra mi intención que seros de un ayuda en el camino que emprendéis”.

Dicho esto, y viendo verdadero tal consejo y ofrecimiento de don Fernando, puse mis manos sobre las suyas e dije a ambos:

No hay ni más pícaros ni menos ahora que en todos los años que he vivido; no son estos tampoco ni más malvados ni menos que aquellos; mas en una cosa superáis mis conocimientos, pues colijo que estos pícaros de ahora usan artes que desconozco; y no es sino aquesto a lo que temo, que cosas increíbles he visto hacer e decir por haber beneficio aún a costa de otras vidas, de tal modo, que si las refiriere no se me creyere; no habéis de tener cuidado en mi confianza en don Marcos y en vos, que ya la habéis, y plena, mas recordad que ya en la Biblia se usaron tales artes por un plato de lentejas”.

En Madrid y a veinte y ocho de octubre del año de dos mil e cinco.

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