estido y despeinado, como es el uso, bajamos a una sala grande en cuyo centro se hallaba una mesa redonda a la cual se sentaban los doctores, para hacer sus cónclaves, e a ella nos sentamos con los otros tres médicos que ya allí se hallaban.De todos ellos, era uno llamado el forense y fue dándome de espacio algunas explicaciones, rodeando acaso su jerga científica, pues hube entendimiento, y con claridad, de cada cosa que manifestaba.
“Señor capitán y marqués de Fuentefría – comenzó solemnemente -, tengo el placer de comunicaros que este grupo de doctores y yo mesmo, no salimos del asombro y el respeto que vuestra presencia nos causa, pues no hemos visto en nuestro ejercicio caso alguno parecido al suyo e tampoco de ello hemos tenido noticias en nuestras prolongadas lecturas de la historia de la medicina y del hombre. Siendo así, que su cuerpo parece de hasta edad de treinta y dos años, sino que indicios científicos tenemos de que fue nascido hasta hace quinientos. E son todos sus órganos sanos hasta la perfección, no habiendo señal alguna de cualquiera tipo de dolencia y, al referirme a todos, hablo también de su piel, que es aquesto para nosotros un órgano del cuerpo como frágil coraza e que a veces es dañada por no haber daño en los de dentro, mas tampoco en su piel encontramos seña alguna del paso del tiempo, ni cicatriz severa, ni arrugas de viejo; tan solo un lunar que habéis en parte oculta e no es éste tampoco muestra de enfermedad alguna”.
Escuchada la voz del forense, vinieron todos estos a hacerme amables e sinceras preguntas, no por haber mejor conocimiento científico, sino por haberlo de mi persona e de las cosas vistas e vividas; mas, dando por terminadas las principales preguntas por no hacer la reunión interminable y habiendo firmado todos los documentos necesarios, volvimos a la casa ya con la confianza de que la ciencia daba por cierto lo que a mi vida tocaba.
En Madrid y a treinta de septiembre del año de dos mil e cinco.


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