01 octubre, 2005

De cuán extraña es ahora esta ciencia de la Medicina (y 2)

venido a las razones que dióme don Fernando, púsome éste la bata e hizo una lazada a mis espaldas porque no se abriese, e desta guisa, pasamos a otra sala e invitáronme a sentar a una pequeña mesa al cuyo otro lado se hallaba una mujer joven y muy bella que no era sino una de estas ayudantes a las que llaman enfermeras – o ate ese - que pidióme descansar mi brazo diestro sobre una blanda y pequeña almohada y, ciñendo una cinta apretada en derredor de mi brazo, preparó un instrumento pequeño e agudo como aguja mientras me decía que apretase el puño; e aquesto hice. E sin dejar de decirme agradables palabras, punzó con la aguja en mi brazo e otras cosas hizo mientras teníame embelesado con su mirar y sus palabras y su suave voz.


Terminado esto, que debería ser una de las pruebas – y a fe que agresiva no era -, hiciéronme pasar a otra sala contigüa e muy bien iluminada y fresca aun no habiendo en ella ventana alguna, sino la que daba a otra sala donde se encontraban a la sazón los médicos y alguno otro más; todos ellos con el tal uniforme. E dos mozos de estos llamados “ate ese” diéronme liciones de cómo debería yacer, boca arriba e inmóvil, en una estrecha, dura y limpia camilla que en el centro de la sala se hallaba y cerca de un grande orificio que en una pared se abría. Fuéme colocada una pieza bajo el cuello donde quedaba ajustada mi cabeza y, cada uno a un lado, hicieron intento de sujetarme con correas de pies y manos a la tal camilla, e hice tales aspavientos, que vinieron a dejarme tal cual estaba prometiendo no moverme; e comprendí yo por qué tal vez eran llamados desta forma. Al poco, se entraron en la otra sala a la que la ventana daba, dejándome solo; y al otro poco comenzó a moverse la camilla de espacio hacia el agujero e fui viéndome como en ataúd encerrado e rodeado de velas encendidas y en ello púseme a gritar y a dar golpes con los puños y grandes patadas, porque me sacaran de tal infierno. Mas vino al punto a pararse tal movimiento de la camilla e tornó esta hacia la salida de aquella tumba, e vinieron los “ate ese” a consolarme e a calmarme, pues tan nervioso e furioso estaba. E sentí entonces un suave pinchazo que dióme uno dellos en el brazo e fuíme tranquilizando hasta tal punto, que al cabo me hube dormido.

Despertando del sueño, colegí que aún estaba vivo y en una cama me hallaba habiendo otra vacía a mi lado diestro, y al fondo una ventana por la que podían verse las copas de unos árboles movidas por el viento y el cielo. Vime desnudo y cubierto por una sábana y en mi cuello llevaba el colgante con el crucifijo. Vinieron luego a visitarme dos personas y, al cabo, don Fernando, que ayudándome a vestir las ropas nuevas, prometióme volver a la casa en breve.

En Madrid y a treinta de septiembre del año de dos mil e cinco.

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